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Las escenas de la Pasión de Cristo de ECCLESIA Digital - El descendimiento: Jesús y su Madre María Imprimir E-Mail
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Escrito por Alfonso Ramírez Peralbo, capuchino   
viernes, 05 de marzo de 2010

Muchos recordarán aquel bello cuento en el que José María Sánchez Silva, nos dio, en la persona de Marcelino Pan y Vino, el símbolo más cabal de la humanidad sin madre. Son muchos los que viven sin conocerla. Ella está en el cielo. Por eso es hermosa la figura de este aprendiz de fraile, hombre diminuto, que engañó a Fray Papilla y buscó el seno cálido de la madre por las tapias de un convento o los grillos de un camino... El Señor le cerró los ojos y conoció a su madre. Acaso porque para conocer de verdad a la madre haya que cerrar mucho los ojos y ensimismarse. Acaso, también, porque para verla haya que frecuentar un poco más el desván de nuestro olvido y subir mucho pan y mucho vino a todos los cristos abandonados y llenos de polvo de nuestros hermanos los pobres. Así se nos irán durmiendo, poco a poco, muchos deseos y ambiciones y hambres y fiebres y codicias que no nos dejan ver límpiamente a la Señora.

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Alguna vez se había preguntado a sí propio Marcelino por su origen y familia; por su madre y su padre, y aún por sus hermanos, como él sabía que los más de los chicos tenían. Y también había llegado a preguntárselo a más de dos o tres de sus frailes favoritos, sin obtener otra respuesta que la de su hallazgo a las puertas del convento, o, si él insistía mucho y particularmente sobre la existencia de su madre, un gesto que se le antojaba muy vago, acompañado de estas pocas palabras: --“En el cielo, hijo; en el cielo”.

Marcelino comprendía que las personas mayores lo saben y lo pueden todo; pero como era observador, también comprendía que las personas mayores, a veces, se equivocan. ¿Por qué no podían equivocarse asimismo en aquello de su madre y del cielo, al cual había mirado tanto por si la veía? Era un niño muy listo Marcelino por haber estado solo la mayor parte de su vida, se había vuelto muy observador...

Una vez que se había familiarizado con aquel Cristo del desván, un día el Señor le dijo: --Ayer te conté mi historia y tu aún no me has contado la tuya. Marcelino abrió mucho los ojos y miró al Señor con sorpresa. –Mi historia  -- dijo el niño --  dura muy poco. No he tenido padres y los frailes me recogieron cuando era pequeño y me criaron con la leche de la cabra vieja... No he tenido madre y, tras dar un fuerte suspiró, preguntó al Señor: ¿Tu tienes madre, verdad?. –Sí, repuso aquel. –Y ¿dónde està? Preguntó Marcelino. –Con la tuya –dijo Jesús--. –Y, ¿cómo son las madres? – interrogó el niño --. Yo siempre he pensado en la mia y lo que más me gustaría de todo sería verla, aunque fuera un momento. Entonces el Señor le explicó cómo eran las madres... –Bien, Marcelino, has sido un buen muchacho, y yo estoy deseando darte como premio lo que tu más quieras... Marcelino le miraba... De todas las propuestas que le hacía el Señor ninguna le satisfacía... Luego, Marcelino, como si estuviera ausente, pero fijando sus ojos en los del Señor, dijo: --Sólo quiero ver a mi madre y también a la tuya después.

El Señor le atrajo entonces hacia Sí y lo sentó sobre sus rodillas desnudas y duras. Después le puso una mano sobre los ojos y le miró suavemente: --Duerme, pues, Marcelino...

 

¿Por qué Cristo sufrió tanto?

Existe un precioso texto de uno de los primeros libros que escribió José María Cabodevilla, es la respuesta, en forma de carta, escrita a un joven que acababa de perder a su madre: “Por qué Cristo, -- dice -- que había querido pasar por todas las amarguras humanas, se había evitado una de las más atroces: la de perder a su madre. La respuesta obvia, que fundamenta precisamente en la supervivencia de María, en su asistencia a la muerte del hijo, nuestra confianza en la propia muerte igualmente asistida y aliviada por tan dulce presencia, no satisfizo a aquella alma tan terriblemente herida por la orfandad.

Existe un verso medieval que describe asi la hora postrera de Jesús: Ab amicis relictus, /a Patre derelictus / a Matre ploratus. Los amigos lo abandonaron; el Padre lo desamparó; la Madre lo lloró y permaneció a su lado. ¿Por qué El, que quiso gustar toda la hiel de un infinito desamparo, no probó el acíbar de la orfandad? Por qué permitió que su corazón encontrase, en el corazòn de aquella criatura que era su Madre, un consuelo humillante, pero suavísimo?”.

Jesús, tras haber dicho su última palabra en la cruz, “Todo está cumplido”, dice el evangelista que “dando un fuerte grito, expiró”. Cuando Jesús murió ocurrieron cosas portentosas. “Tembló la tierra y las piedras se partieron”. “Y toda la turba que había concurrido a aquel espectáculo, al ver las cosas sucedidas, se volvía golpeándose el pecho”. “Los sepulcros se abrieron y resucitaron muchos cuerpos de santos que habían muerto”. “El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo”...

“Los judíos, como era el día de la Parsceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen...”. Jesús, como ya había muerto, lo bajaron de la cruz y, antes de colocarlo en un sepulcro nuevo, descansó en los brazos de su madre, sobre los mismos brazos que lo mecieron un día en Belén, que lo habían acariciado tantas veces en Nazaret, descansaba ahora el hijo virginal de sus purísimas entrañas, frío, muerto, ya cadáver... La Piedad, la de Miguel Ángel y tantas otras, todas las pinturas y esculturas que a lo largo de tantos siglos de historia cristiana del arte, han recogido ese momento en el que se funde el dolor de la madre que llora con el hijo que acoge muerto entre sus brazos, esa mezcla de compasión y ternura, por muy bellas que sean en el arte, son incapaces de explicarnos ese profundo sentimiento de amor y de dolor en el que se funden María y el cuerpo sin vida de Jesús en el Calvario, a los pies de la cruz.

Jesús ha muerto. Murió muy joven, es verdad. Podía haber tenido una vida más larga. ¡Qué más da! La Redención se ha cumplido en todos sus pormenores. Las profecías se han realizado plenamente. Los hombres están a salvo. El Hijo ha satisfecho al Padre por todos nuestros pecados. La deuda contraía por el pecado de Adán ha sido cancelada. La iniquidad ha sido borrada de la tierra. Todo está cumplido cabalmente. Sólo nos queda esperar ya la vuelta del Señor, su segunda venida.

Señor, sólo los brazos de tu madre, María, constituyen el único refugio adecuado para tu cuerpo. ¡Que sean también tus brazos, Virgen Santa, nuestro último refugio! En nuestra hora suprema, acógenos en tus brazos y llévanos a la casa del Padre.

 

 

 

Fr. Alfonso Ramírez Peralbo

Roma – Postulación General OFMCap.

 

 

Comentarios
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Anónimo   |83.39.239.xxx |2010-03-07 22:59:10
gracias por hacerme más facil acudir a nuestra Madre.
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