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Tanto
los Evangelios sinópticos
como el de San Juan nos describen
como fue el enterramiento de Jesús. Todos ellos
hablan de José de Arimatea, persona que despierta una gran
simpatía. Mateo dice: “Vino un hombre rico de Arimatea,
de nombre José, discípulo de Jesús”. 
En Marcos podemos leer: “Vino José de Arimatea,
ilustre consejero del sanedrín, el cual también esperaba el
reino de Dios”. Lucas describe al buen amigo de Jesús con
las siguientes palabras: “Un varón de nombre José, que era miembro
del consejo, hombre bueno y justo, que no había
dado su asentimiento a la resolución y a los actos de aquellos,
originario de Arimatea, ciudad de Judea, que esperaba el reino de Dios”.
Finalmente transcribo la explicación de Juan, que
dice: “Rogó a Pilato José de Arimatea, que era
discípulo de Jesús, aunque en secreto por temor a los judíos, que
le permitiese tomar el cuerpo de Jesús,
y Pilato se lo permitió. Vino pues y tomó
su cuerpo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a El de noche
al principio, y trajo una mezcla de mirra y aloe, como unas cien libras”.
A los ajusticiados que morían en la cruz, los
romanos dejaban sus cuerpos, colgados del madero, para alimento de
buitres y cuervos. El miedo hizo huir a los discípulos, pero la valentía
de José de Arimatea y Nicodemo enfrentándose a sus correligionarios, José era
un ilustre consejero del sanedrín y
Nicodemo un fariseo, principal entre los judíos,
permitió que el Señor recibiese digna sepultura, pues estos
dos prohombres tomaron el cuerpo de Jesús, lo envolvieron
en una sábana, lo fajaron con bandas y aromas y lo
pusieron en un sepulcro nuevo, propiedad
del de Arimatea, que se encontraba en un
huerto cerca del sitio donde fue crucificado.
La Orden Canonical del Santo Sepulcro, y
de los Caballeros encargados de su custodia y defensa, fue fundada en
Jerusalén, poco después de la conquistada de la Ciudad Santa por
Godofredo de Bouillón en julio del año 1099. Los
actuales miembros de la citada Orden, unos 25.000 en todo el mundo, son personas
destacadas de nuestra sociedad, con una posición similar
a las de José de Arimatea y Nicodemo, de los que se puede decir que son
sus dos primeros Caballeros, aunque nunca fueron investidos como tales.
Cuantas veces nos hemos
acercado a Jesús, medio escondiéndonos, con miedo a ser
criticados, ocultándonos como Nicodemo, o siendo tímidos discípulos, de forma
secreta, como José de Arimatea. Pero hoy
el Señor es insultado y perseguido en su Iglesia,
recibiendo las afrentas de aquellos
que, debido al lugar que el
electorado les ha confiado, debieran ser
los más respetuosos. Asimismo, un número demasiado elevado de
medios de comunicación, que tanta
influencia tienen en la sociedad, dan noticias erróneas
o manipuladas con el fin de crear
confusión. Es precisamente hoy que los actuales descendientes
de Nicodemo y José de Arimatea,
debemos ponerlo todo en juego y sin importarnos
en absoluto las consecuencias que de ello puedan derivarse,
sabiendo que la finalidad del Caballero es el amparo de los débiles, en los que
Jesús está particularmente presente, y su
misión la defensa y protección de la Iglesia de Cristo, vivir la
verdad de esta con un profundo espíritu de entrega y servicio.
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