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Queridos hermanos y hermanas:
Hemos llegado al corazón de la Cuaresma, tiempo especialmente fuerte
del año litúrgico que nos prepara para
celebrar el Misterio Pascual, misterio de amor y don de gracia inconmensurable,
fruto de la amorosa iniciativa por la que Dios Padre envía a su Hijo al mundo para
nuestra salvación. En el Misterio Pascual, Dios se inclina con benevolencia
sobre nosotros para redimirnos y para hacernos, por medio del Espíritu,
partícipes de su misma vida e introducirnos en su intimidad, haciéndonos
miembros de su familia. El camino cuaresmal nos conduce hacia la Pascua, la
noche más santa del año, en la
que Cristo resucitado sale victorioso del sepulcro y en la
que nosotros renovamos las promesas bautismales. 
Pero, como nos sugieren la liturgia de estos días de
Cuaresma, para llegar a la Pascua hay que pasar por el desierto. Así fue en la
vida de Jesús. Antes de comenzar su ministerio público, fue llevado por el
Espíritu al desierto, donde oró y ayunó durante cuarenta días y cuarenta
noches. Y así debe ocurrir también en la vida de quienes, como seguidores y
discípulos, queremos vivir su misma vida. El desierto es en sí mismo un lugar
árido, seco, vacío, duro y áspero para quien en él se adentra, pero la Biblia
lo describe también como un espacio de gracia y salvación, un lugar de silencio
y meditación, de escucha de Dios que nos habla al corazón, de reencuentro con
nosotros mismos y con Él, y en consecuencia, de conversión y plenitud.
Todos, de una forma u otra, tenemos la experiencia del
desierto interior, el desierto en el que nos introduce la tibieza, la
superficialidad, la dureza de
corazón y la resistencia sorda a la gracia de Dios, que nos
conducen a la aridez y al vacío espiritual. Pero, como acabo de decir, hay otro
desierto, incomparablemente más rico y fecundo, en el que en medio del silencio
es posible constatar nuestras miserias y cuán lejos estamos del plan que Dios
ha diseñando singularmente para nuestra felicidad. En la soledad sonora del desierto
es posible escuchar la voz potente del Espíritu, que nos invita a convertirnos,
a volver sobre nuestros pasos errados, a cambiar de criterios y de conducta,
pidiendo al Señor una conciencia pura.
El Miércoles de Ceniza la liturgia nos sugería tres armas
para triunfar en el combate interior que hemos de librar en esta Cuaresma para
lograr nuestra reforma interior y la vuelta a Dios: la oración, el ayuno y la limosna. Con estas
armas saldremos de la aridez espiritual y de la vida frívola y sin norte. Con
ellas se fortalecerá nuestra fe, crecerá nuestra esperanza y renovaremos
nuestra caridad hacia Dios y nuestros hermanos. De este modo, renacerá en
nosotros la alegría pascual y el entusiasmo en el seguimiento del Señor. Sólo
así, nuestro desierto se convertirá en tierra fecunda que produce frutos de
gracia y de santidad.
Hemos llegado al ecuador de la Cuaresma. Aprovechemos
en los días que restan hasta la
Semana Mayor todos los medios que nos ofrece la Iglesia para
ahondar en nuestra conversión: las conferencias cuaresmales, los triduos y
quinarios, en los que se nos exhortará a reordenar nuestra vida. No olvidemos
el ejercicio del Vía Crucis, devoción eminentemente cordobesa, que tanto bien
ha hecho a muchas almas. Ojalá que encontremos la oportunidad de practicar unos
buenos Ejercicios Espirituales, siquiera sea en un fin de semana, práctica
ascética que no ha perdido actualidad y que tanto bien nos hace. Todos,
sacerdotes, consagrados y laicos, necesitamos retirarnos, como nos pide el
Señor en el Evangelio, a un lugar tranquilo y apartado para estar a solas con
Él y para repensar los grandes temas de nuestra vida, para romper con ídolos
que nos atenazan y que nos impiden volar hasta las alturas de Dios, y para
relanzar nuestra fidelidad al Señor y decidirnos, de una vez por todas, a
seguirle sólo a Él.
En el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los
miembros de la
Congregación General 35 de la Compañía de Jesús calificó los
Ejercicios Espirituales como “un instrumento valioso y eficaz para el crecimiento
espiritual de las almas, para su iniciación en la oración y en la meditación en
este mundo secularizado del que Dios parece ausente”. Habla después el Papa de la confusión que provoca en
nosotros la multiplicidad de mensajes que nos brindan los medios de
comunicación, y de la celeridad de los cambios y situaciones que dificultan una
vida ordenada y una respuesta alegre y determinada a las llamadas que el Señor
nos dirige a cada uno. En este contexto, “los
Ejercicios Espirituales constituyen un camino y un método particularmente
valioso para buscar y encontrar a Dios en nosotros, en nuestro entorno y en
todas las cosas, con el fin de conocer su voluntad y de ponerla en práctica”.
A todos os deseo una Cuaresma verdaderamente santa y
santificadora. Contad también con mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan
José Asenjo Pelegrina - Administrador Apostólico de Córdoba
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