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Las escenas de la Pasión de Cristo de Ecclesia Digital- La Virgen al pie de la Cruz Imprimir E-Mail
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Escrito por Jesús Simón   
jueves, 04 de marzo de 2010

                  La escena la cuenta el Evangelista S. Juan: [1] Estaban, junto a la cruz de Jesús, su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.



[1] Jo. 19,25-27

En la Cruz es donde desemboca toda la trayectoria de Jesús. Es la meta hacia la que encaminó su vida desde el momento mismo de su nacimiento en Belén o, mejor, desde el instante en que fue concebido en las entrañas purísimas de la Virgen Santísima. Es el punto de convergencia de todos sus actos; la consumación de la misión para la que había venido al mundo.

Desde un punto de vista humano es el acabamiento, el final de la vida de Jesús en la tierra, el fracaso más rotundo que cualquier líder  puede nunca imaginar; es la muerte más ignominiosa: el patíbulo, la cruz, a que podía ser condenado un ser humano, reservada para esclavos y extranjeros y agravada, en el caso de Jesús, por ser ajusticiado entre dos reos convictos de  delitos comunes, condenado por las autoridades romanas, previa condena de las autoridades religiosas de su pueblo.

Ningún final más triste que la cruz. Y allí, junto a la cruz de Jesús,  estaba la Virgen, contemplando su sufrimiento, viéndolo todo, escuchando los insultos, las burlas, del populacho y el gozo, nada disimulado, de los fariseos y gerifaltes del pueblo; permitiendo que el dolor y la humillación, la desolación de su hijo, la penetrase hasta lo más íntimo del corazón, cumpliéndose a  la letra lo anunciado, hacía más de cuatrocientos años, por el profeta Jeremías[1] ¡Oh vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor, al dolor con que soy atormentada!

Sin duda la Virgen recordaría aquellas otras palabras que treinta años atrás pronunció el anciano Simeón en el Templo de Jerusalén:[2] una espada atravesará tu alma. Entonces veía hecho realidad lacerante y sangrante, aquel anuncio que enturbió la alegría de la Virgen recién rescatado su Hijo, tras la presentación al sacerdote, del Templo en cumplimiento por lo dispuesto en la ley de Moisés.

Los Apóstoles, pese a su promesa de fidelidad hasta la muerte, habían huido. Sólo Juan, el adolescente, acompañaba a María y a las santas mujeres junto a la cruz.

Es la Madre, oculta a la hora de los grandes milagros o de la entrada triunfante en Jerusalén, la que está junto al Hijo agonizante y ensangrentado, rodeado de tinieblas, sin consuelo posible, humillado por el sarcasmo de sus enemigos que están en plena euforia  por su triunfo.

No hubo tragedia ni declamación. Sí hubo, y sólo eso, aceptación de la voluntad de Dios.

No existe mortal que pueda pensar que Dios no quería a la Virgen, que era su Madre, y, sin embargo,  no la dispensó del calvario, haciéndola partícipe de la Cruz.

Y nosotros, ¿qué?

Acostumbrados a los productos alterados, a los productos light,  de los que se han eliminado no pocas de las características que les dan fuerza y vigor, buscamos un cristianismo también adulterado, rebajado en sus exigencias, eliminando del mismo la contrariedad y el dolor, desprovisto de la cruz salvadora desde la que nos redimió Jesucristo.

Para tantos de nosotros  sigue siendo   real la afirmación de S. Pablo a los cristianos de Corinto[3]: la doctrina de la cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan;  o lo  escrito a los filipenses[4]: son muchos los que andan,  de quienes frecuentemente os dije, y ahora con lágrimas os lo digo, que son enemigos de la Cruz de Cristo. El término de esos será la perdición; su dios es el vientre, y la vergüenza será la gloria de los que sólo aprecian las cosas terrenas.

Buscar un cristianismo cómodo, acomodaticio, a la carta, fraguado más a nuestro gusto que al querer de Dios, no entra en los planes del Señor.

El Papa Juan Pablo II ha escrito[5]: El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y, al mismo  tiempo, es una gran promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas.

En el Evangelio está contenida una fundamental paradoja: para encontrar la vida, hay que perder la vida; para nacer, hay que morir; para salvarse, hay que cargar con la Cruz. Ésta  es la verdad esencial del Evangelio, que siempre y en todas partes chocará contra la protesta del hombre.

Siempre y en todas partes el Evangelio será un desafío para la debilidad humana. En ese desafío está toda su fuerza.

No son pocos los que huyen de la Cruz; para los que la palabra mortificación es ininteligible; para los que la palabra  penitencia  responde a una mentalidad estrecha, supersticiosa,  propia de mentes enfermas y alejadas del pensamiento moderno; y, sin embargo, siguen teniendo vigencia las palabras de S. Pablo a los romanos[6] si vivís según la carne, moriréis; más, si con el espíritu mortificáis las obras del cuerpo, viviréis. O aquellas otras que escribió a los cristianos de Galacia[7] Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias.

La mortificación no es masoquismo. Es, por el contrario, señorío, dominio de nuestros instintos, de nuestras tendencias hacia lo bajo y lo rastrero, a lo que en cada uno de nosotros hay más de animal y menos de racional, y de animal lastrado por el pecado.

El Señor nos invita en el Evangelio  a seguirlo, pero nos advierte que para hacerlo, para seguirle, es preciso tomar la cruz de cada día[8], porque sólo perdiendo la vida por el Señor se salvará el hombre y, añade, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida?.

Y esa cruz,  señala S. Agustín,[9] que el Señor nos insiste en llevar para seguirle más deprisa,  ¿qué significa sino la mortificación?.

La mortificación no es otra cosa que la práctica ascética que nos lleva a renunciar  a cuanto puede ser obstáculo para amar a Dios y al prójimo, dominando las tendencias desordenadas hacia nosotros mismos o hacia las cosas, facilitando con ello que la gracia de Dios actúe más eficazmente en nosotros.

La necesidad de dominar esas tendencias rastreras que nos impiden el señorío sobre nosotros mismos es lo que origina la necesidad de la mortificación hasta poder afirmarse que  donde no hay mortificación, no hay virtud.[10]

 Mortificación no es pesimismo, afirma en otro lugar el autor de Camino,[11] ni espíritu agrio. La mortificación no vale nada sin la caridad: por eso hemos de buscar mortificaciones que, haciéndonos pasar con señorío sobre las cosas de la tierra, no mortifiquen a los que viven con nosotros. El cristiano no puede ser ni un verdugo, ni un miserable; es un hombre que sabe amar con obras, que prueba su amor en la piedra del amor.

La mortificación es fruto directo del amor, porque sólo es capaz de privarse de algo, de sufrir, el que es capaz de amar. Los santos  que han mortificado su cuerpo no lo han hecho por masoquismo, como arriba dijimos, sino porque su amor a Dios los llevaba al deseo de unirse a Jesucristo que, también por puro amor, se dejó clavar en la Cruz.

No se ha inventado otro camino para ir al cielo que el de la Cruz de Cristo.

El alma mortificada no es la que no ofende, sino la que ama. El amor la lleva a controlar su imaginación y su memoria; a sujetar su sensibilidad y su tendencia al aburguesamiento y al hedonismo; a mortificar la pureza; a no desparramar la vista; a ser sobrio en la comida y en la bebida.

La Virgen podía haberse quedado en su casa de Nazaret; haberse refugiado en compañía de las santas mujeres; haber esperado el final de los acontecimientos en casa de los padres de S. Marcos, en el Cenáculo, lejos del Calvario, del dolor, del sufrimiento, pero no lo hizo porque quiso solidarizarse  con su Hijo y sufrir con Él.

Y estando allí, al pie de la Cruz escuchó las palabras más consoladoras para nosotros que Jesús dijo desde aquel lugar de tormento. Nos las cuenta S. Juan, que estaba  presente, junto a la Virgen:[12]Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Tal vez fue la última mirada de Jesús a su Madre antes de su gloriosa resurrección y lo mismo podríamos pensar de aquel discípulo al que tanto amaba Jesús, que en aquel momento nos representaba a cuantos a lo largo de los siglos habríamos de ser sus discípulos.

Esta fue la segunda Navidad, dice un autor.[13] María había dado a luz en la gruta de Belén a su Hijo primogénito sin dolor alguno; ahora da a luz a su segundo hijo, Juan, entre los dolores de la Cruz. En este momento padece María los dolores del parto, no sólo por Juan, su segundo hijo, sino por los millones de otros hijos que la llamarían Madre a lo largo de los tiempos.

La plenitud de la vocación maternal de la Virgen tuvo entonces su coronamiento. Mientras vivió Jesús en la tierra, Él era insustituible  cerca de sus discípulos, pero ahora que se dispone a dejarlos encarga de esa misión a su Madre. A Ella corresponderá  desempeñar el papel más importante en la aplicación de los frutos de su Redención.

El Papa se dirigía a la Virgen en la Basílica de Guadalupe, en México, con estas palabras:[14]A Ti, María, el Hijo de Dios y a la vez Hijo Tuyo, desde lo alto de la Cruz indicó a un hombre y dijo: “He ahí a tu hijo”.  Y en aquel hombre te ha confiado a cada hombre, Te ha confiado a todos. Y Tú, que en el momento de la Anunciación, en estas sencillas palabras: “He aquí  la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”, has concentrado todo el programa de Tu vida, abrazas a todos, Te acercas a todos, buscas maternalmente a todos.

María veía en las palabras de Jesús una prueba de su amor hacia aquel apóstol que, al ser el benjamín de todo el grupo, también sería su predilecto. Juan sabría apreciar  la muestra de confianza de Jesús y correspondería con todo su amor.

Toda la vida y toda la actividad de la Virgen estuvieron encaminadas a cumplir con la mayor perfección posible  el destino divino, la vocación para la que la eligió el Señor, pero esa misión maternal no habría de terminar con la muerte de Jesús, sino que debería continuar  en la Iglesia, donde Cristo sigue viviendo en los redimidos.

La Iglesia naciente, aquellos primeros  discípulos de su Hijo, necesitaban de unos cuidados maternales que sólo Ella les podía dar  y por eso a Ella le fueron encomendados en la persona de S. Juan.

Tras la muerte de Cristo, relatan  los Evangelios,  que  éstos  se encontraron derrumbados, anonadados, desalentados y tristes y, algunos como los discípulos de  Emaús, dispuestos a desertar.

La Virgen fue el puente de unión con Cristo desde su muerte hasta su resurrección. En torno a Ella se agruparon y Ella les enseñó a confiar y a esperar y, tras la Ascensión, desde un segundo plano, discretamente, les acompañó a la espera  de la venida del Espíritu Santo.[15] Todos éstos perseveraban unánimes  en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús.

La Virgen recogió a los apóstoles, a los discípulos y cuidó de ellos, como ellos, no sólo S. Juan, cuidarían de la Virgen, como han cuidado todos los cristianos a lo largo de los siglos de la que saben que es su Madre, pues no otra cosa es la devoción mariana, fruto del amor filial hacia la madre.

La Iglesia aplica a la Virgen estas palabras de la Sagrada Escritura:[16] Cuando Él extendía los cielos estaba yo con Él. Cuando encerraba dentro de sus límites los abismos, cuando en lo alto consolidaba el firmamento y suspendía las fuentes de las lluvias, cuando rodeaba el mar con las riberas y ponía ley a las olas para que no traspasasen sus linderos, cuando asentaba los cimientos de la tierra, con Él estaba yo concentrándolo todo, y me deleitaba constantemente holgándome siempre cerca de Él en la redondez de la tierra, y mis delicias eran estar con los hijos de los hombres, enseñándonos que Ella es señal y prenda de salvación. A Jesús siempre se va y  se ”vuelve “ por María[17]

 



[1] Jeremías. Lamentaciones 1,12.

[2] Lc. 2,35.

[3] 1ª Cor. 1,18.

[4] Fil. 3,18-19.

[5] Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza.  Madrid 1.994. pág. 117

[6] Rom. 8,13.

[7] Gal. 5,24.

[8] Mc. 8,36.

[9] S. Agustín. Carta 243, nº 11.

[10] S. Josemaría  Camino. Nº 180.

[11] idem.  Es Cristo que pasa.  Nº 37.

[12] Jo. 19, 25-27.

[13] F.J. Sheen. Desde la Cruz.  Ed. Subirana. Barcelona. 1.965. pág. 18.

[14] Juan Pablo II. Homilía. 27-I-1.979. México.D.F.

[15] Hech. 1,14.

[16] Prov. 8,22-23.

[17] S. Josemaría. Camino.  Nº 495.

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