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Jesús tiene que
morir. Muere entregando al Padre su vida: “Padre, en tus manos deposito mi
espíritu, y dicho esto expiró” (Lc 23,46).
Al
reflexionar sobre la muerte de Jesús en la cruz, nos encontramos con que en ese
momento se produce una entrega filial al Padre, pero es el momento en el que
Cristo vence, obtiene una victoria sobre la muerte, consumada en la
resurrección. Esta victoria es desde luego una victoria de Amor, que
podemos ver en las siguientes líneas. 
Una muerte
que destruye la muerte no es una derrota, sino una victoria. Es una categoría
que habrá que añadir a las de: redención, satisfacción, sacrificio y merito, que
de algún modo la reclama. La victoria del amor sobre la muerte y sobre
su raíz, el pecado, o con una forma personalística, sobre el incitador al
pecado, el homicida y seductor desde el principio “Satanás”.
Así su
victoria sobre Satanás en base a sus palabras: “Confiad, yo he venido al
mundo” son, según Juan, las últimas palabras de la despedida de Jesús en la
Ultima Cena. Para Juan, “mundo” es la suma de todas las fuerzas del mal: “El
poder de las tinieblas”. Cuando Jesús sea alzado en la cruz, “El príncipe de
este mundo será expulsado”. La sentencia contra él y contra “el mundo”
tiranizado por él está ya pronunciada en Jn 12,31: “Ahora es el juicio de
este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será derribado”.
Cristo
vence en la cruz al no dejarse vencer por la tentación de Satanás y del mundo.
Vence en la debilidad y necedad de la cruz, porque éstas ponen de manifiesto la
impotencia del poder raquítico y el error de la sabiduría ramplona del “mundo”.
Contra Satanás, que invita a adorarle a él, que es adorar a la sinrazón de la
autosuficiencia, vence el amor del que sólo adora a Dios, porque ha venido a
servir y dar la vida por la redención de todos los hombres.
La victoria del amor
La victoria
de la cruz es la victoria del amor, que es más fuerte que la muerte. El
acto supremo de entre total al Padre: “Padre, en tus manos pongo lo que soy”,
que simultáneamente es el acto supremo de entrega por los hombres: “Padre,
perdónalos” (Lc 23,46), solo puede realizares plenamente en la muerte por eso
es victoria. Amor y felicidad y valor al otro; es morir para dar vida. Cuando
ése es el amor de quien es “el Hombre”, y cuando ese amor sale completamente de
si y muere, entonces es cuando todo hombre comienza a tener vida, vida
abundante y eterna. Así la muerte, y con ella el poder de las tinieblas y
el pecado, cuyo efecto y signo ella era, “ha sido absorbida por la victoria”
del amor de Cristo en la Cruz.
Finalmente,
su muerte es victoria porque es el acto escatológico, definitivo e irreversible
de parte de Jesús como hombre, de su entrega total en manos de Dios “A fin de
que Dios sea todo en todos” (I Cor 15,28). Así la muerte de Cristo es, por lo
tanto, la supresión del pecado, la destrucción del reino de Satanás, la
victoria sobre el mundo y sobre el poder de las tinieblas.
Que esta
muerte la sintamos en nuestras propias carnes, que su sacrificio merezca la
pena porque nosotros somos conscientes de ese gesto, que aprendamos a vivir
como hijos de Dios, que aprendamos a vivir en el mandamiento que nos dejo en el
AMOR, para que su victoria sobre la muerte sea una “victoria del amor”,
que vence al mundo y a Satanás.
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