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Las Siete Palabras de ECCLESIA Digital – Cuarta Palabra (bis) Imprimir E-Mail
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Escrito por Aurelio García Macías, delegado diocesano de Liturgia de Valladolid   
lunes, 30 de marzo de 2009

Si en algo se distingue el ministerio público de Jesús es porque revela el amor preferencial de Dios a los más pobres y abandonados. Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré (Mt 11,28). Jesús se presenta como el consuelo de Dios para quien no lo encuentra en esta tierra.

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Él mismo cuida y acompaña a sus discípulos y amigos, incluso en las circunstancias más adversas. Calma su desconcierto en la temible tempestad del lago, acompaña y llora con Marta y María la muerte de Lázaro, se compadece de la muchedumbre desorientada que lo sigue... Y sin embargo, ahora, cuando más lo necesita, cuando se consume  clavado en el madero de la cruz, el que no abandonaba a los suyos se siente abandonado de todos.

         Jesús experimenta el abandono de su pueblo. Antes le había buscado para aclamarlo como Rey, le había recibido exultante y curioso en Jerusalén... Ahora lo expulsa de la ciudad santa al lugar de la vergüenza. Fuera de la viña de Israel, fuera de la sociedad políticamente correcta, fuera de la creación de Dios. Desechado del reino de los poderosos y expulsado al basurero de los criminales. Colgado en una cruz, sujeto por los clavos, desnudo ante la gente, expuesto a la deshonra. Jesús es herido por la tortura física de su cuerpo y ofendido en su dignidad. Ser desnudado en público significaba no ser ya nadie. Ser ajusticiado en cruz suponía maldición de Dios, tal como enseñaba la ley judía: Maldito todo aquel que cuelgue de un madero (Dt 21,23). El pueblo abandona a Jesús. Pueblo mío, ¿por qué me has abandonado?

         Jesús experimenta el abandono de sus discípulos. Se fiaba de ellos porque los amaba. Eran su familia... pero le dejan sólo. Le seguirán de lejos, perdidos y asustados; marcados por la infidelidad y la cobardía. La pasión de Jesús es amistad traicionada. Ya en el momento de su agonía en Getsemaní, mientras todos dormían, Judas, el único despierto, última la traición. El beso de amor se transforma en signo de odio. Es el auténtico traidor, que inicia la cadena de entregas hasta el nefasto desenlace del discípulo y del Maestro, de Judas y Jesús. La perdición de Judas fue la avaricia, el ansia de poder y la ambición de dinero, la complicidad con los poderosos y la prepotencia reinante en el corazón de todo hombre, que desde el inicio de la historia se llama egoísmo. Judas fue vulnerable al dinero y la traición. Judas, amigo mío, ¿por qué me has abandonado?

Pedro tampoco está. Es víctima de su propia presunción. Se cree fuerte, y es débil; se cree seguro, y va a fallar; se cree único, y es como todos. Jesús presiente la debilidad del más fuerte, pero Pedro está seguro de seguirle hasta el final. Cuando en el camino nocturno de casa en casa y de juicio en juicio, Pedro encuentre la mirada de Jesús y entre en sí mismo descubrirá su negación traidora y llorará amargamente. Lágrimas de humildad para ahogar su orgullo. Lágrimas más por sí mismo que por el Señor. Jesús es víctima del miedo paralizante del que se quiere sólo a sí mismo, de la cobardía de quienes no quieren exponerse al juicio de los demás, del temor de aquellos que viven de la opinión engañosa e hipócrita de la gente. Pedro, ¿tú también? ¿por qué me has abandonado?

         Jesús experimenta también el abandono de la justicia. Pilato gobierna sin otra verdad que su poder. Sabe que ese condenado es inocente. Su corazón está dividido y sometido a enorme presión política que obliga a pronunciar sentencia. Pero, prefiere su posición social al derecho. Halaga a la muchedumbre para canalizar su ansia de poder y ambición. Sigue la cruel sabiduría de los dominadores que entregan chivos expiatorios a las masas. Pilato, representante del poder, juez injusto, ¿por qué me has abandonado?

         En esta extrema desolación, Jesús se dirige al Padre y grita el dolor de su abandono: Dios mío, ¿por qué? ¿Por qué me has abandonado?  ¿Por qué soy entregado al horror de la muerte? ¿Por qué te siento ausente ahora? ¿Por qué? Es grito de queja y angustia, no desesperación. Jesús experimenta el silencio del Padre. Con esta lamentación del salmo 21, Jesús asume en sí el Israel sufriente, la humanidad que padece el desgarro del sufrimiento y el drama de la oscuridad de Dios. Es un diálogo íntimo entre Dios y Dios, entre Padre eterno e Hijo Encarnado.  No me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación (Sal 26,9). Pero, en la cruz, Jesús manifiesta la fidelidad a un Dios que parece ausente e indiferente a nuestro dolor; que ama silencioso en el sufrimiento; que no se defiende en su respeto infinito al hombre. 

Jesús experimenta el desprecio de su pueblo, la traición del hermano, el abandono de sus discípulos, la cobardía del gobernador y hasta el silencio de Dios. Es la misma experiencia de muchos otros discípulos suyos que continúan gritando: Dios mío, ¿por qué nos has abandonado? Y la respuesta está en Jesucristo. Permaneció en la cruz confiando en Dios. La fe nos salvará.

 

ORACIÓN:

 

Señor Jesús,

el abandonado de los abandonados.

 

¿Por qué, a veces, quien más reivindica palabras de tolerancia

se muestra como el más intolerante con todos?

 

¿Por qué, a veces, quién más sonríe triunfante en sus negocios

es quien se siente más desdichado?

 

¿Por qué, a veces, personas sencillas que socialmente no cuentan

son las personas más queridas y amadas por los demás?

 

Señor, en cada mirada siento tu presencia y tu dolor.

 

Aurelio García Macías, delegado diocesano de Liturgia de Valladolid

 

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