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Las Siete Palabras de ECCLESIA Digital – Sexta Palabra Imprimir E-Mail
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Escrito por Ángela C. Ionescu   
lunes, 30 de marzo de 2009

Todo está cumplido

Mucho más que el dolor supremo, de estas palabras me llega inmensa paz.

Ahí, en esa muerte, en esa cruz, en las heridas y los golpes de ese cuerpo están mis pecados. Puedo verlos claramente, uno por uno. Las espinas hincadas en la carne son pecados míos, cada una. Los clavos que le taladran las manos tienen nombre de pecado. Mío, cada uno. Y el que le sujeta los pies.

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        Cada uno de los latigazos, cada golpe, cada caída, tienen el nombre de pecados míos. Le miro y los veo, los reconozco, me son familiares. La sangre coagulada alrededor de las heridas tiene mi pecado bajo la costra. En sus pupilas opacas, fijas y sin vida, se reflejó mi pecado y se quedó en ellas impreso.

        Está muerto por mí.

        Es extraña tanta paz ante la muerte. ¿Quizá porque ya está consumado el más grande dolor y ya no hay otro? Miro su rostro de cadáver, lo que fue Vida y Amor, entregado a la muerte. Y se extiende la paz sobre mi alma, y una niebla suave de serenidad me invade.

        ¿Por qué esta paz al terminar el sufrimiento? Es sereno el dolor cuando ha llegado a colmo. Los llantos, los gemidos, las quejas desgarradas son un dolor menor, no tan profundo. Es mayor la paz del mayor dolor. Ya no hay más hondo.

        En el más profundo dolor, si es asumido libremente, si se opta por él pudiendo rehuirlo, está la semilla de la paz suprema, la paz del corazón por cumplir lo que el Padre quiere. Es una extraña felicidad. Tiene sabor amargo, sabe a llanto caliente, a sollozo en silencio, a lágrimas ocultas. Sabe a soledad, a largo trecho oscuro, sin luz en la lejanía, sin guía ni mano tendida que apoye o dé seguridad o calor al menos. Es una felicidad que sabe a dolor no compartido, a niebla densa, a tierra en la que se han confundido todos los senderos. Y también el sabor único de la libertad verdadera, sabor de divinidad, sabor a ti, Señor, que pudiendo rehuir la cruz, la tomaste.

        Todo está cumplido, cumplida mi redención, cumplido y consumado tu amor de Hijo y el amor del Padre fundidos en el Espíritu sobre mí.

        Todo está cumplido.

Concédeme, Señor, que ésta sea mi última oración en mi última hora.

Que pueda decir al final “Todo está cumplido” porque a pesar de tantos tropiezos y caídas, haya podido cumplir lo que esperabas de mí y haya podido completar mi andadura por el camino que Tú me has trazado.

Dame para mi último momento que pueda repetir estas palabras tuyas. Si en mí todo está cumplido, sé que en el instante postrero habrás restaurado todas mis negruras, habrás enmendado todos mis errores  y de nuevo resplandecerá en mí tu imagen cuando me miréis desde la Trinidad.

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