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¡Tengo sed! Era Jesús en aquella tarde del primer Viernes Santo el tronco seco del árbol de la Vida. Había sufrido mucho. Sólo un hombre joven con más que probada fortaleza hubiera podido soportar el continuo tormento de la Pasión. Ahora tocaba morir para ver consumada la obra redentora que ya se había anunciado en el Paraíso. El sagrado cuerpo de Jesús era un cuerpo sin sangre: la flagelación, la corona de espinas, el peso de la Cruz camino del Gólgota, los clavos que durante largo rato le mantenían cosido al madero. “Mi garganta está seca como el barro cocido y la lengua se me pega al paladar”, había escrito el salmista con clara referencia a estos momentos cumbre de la Pasión de Cristo.

Jesús tenía sed, una sed irresistible. No pidió agua para beber; sólo dijo: Tengo sed. Una sed de amor que le estaba acercando hasta el extremo. Era la compensación más que cumplida por los pecados de los hombres de todos los tiempos. Señala el Evangelio que uno de los soldados tomó una esponja, la empapó en vinagre, y sujetándola al extremo de una caña, le ofreció de beber. Para los romanos el vinagre se empleaba como narcótico en determinados momentos, como un calmante en situaciones de intenso dolor. Acercó sus labios, lo probó, y rechazó beberlo. Quiso agotar hasta el final el cáliz del sufrimiento. “Tengo sed”. Sed de almas, Señor. La misma sed que veinte siglos después sigues padeciendo en tu Iglesia por un mundo que te desprecia, que te persigue, que continúa padeciendo tu mismo dolor en miles de criaturas inocentes, como correspondencia a ese amor infinito que te llevó a la muerte más ignominiosa que haya inventado la maldad humana con el hierro candente del pecado, del pecado personal y del pecado social, más cruel y con un alcance todavía mayor. “Tengo sed”. Sed de justicia, en un mundo que día tras día te vuelve a crucificar cobardemente en el cuerpo y en el alma de tus criaturas. Convierte, Señor, a lo que todavía nos consideramos hijos tuyos, en torrentes de amor que sacien esa sed que te atormenta, y que enseguida habrá de concluir en un acto sublime de entrega total. José Serrano Belinchón, profesor y escritor, laico.
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