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Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? El Señor ha experimentado, en el momento más trascendental de su existencia humana, la angustia de la soledad total. Abatido por nuestras iniquidades, siente el vacío, la soledad, la nada. ¿Dónde estás Dios mío? ¿Por qué me has abandonado? Esta pregunta la sigue repitiendo hoy desde el dolor, incomprensible e injusto, que padece en todos aquellos que, víctimas del egoísmo, la prepotencia y la codicia de un mundo demasiado inhumano, sienten la ausencia de Dios.

En su profundo amor y entrega a los hombres, Cristo ha querido experimentar en si esa sensación de vacío, de angustia, de soledad; ese sentimiento que, desde el abismo, pregunta con desespero ¿por qué me has abandonado? Pero esta pregunta no es la última de las palabra desde la Cruz, es la cuarta. Es aquella que, después de perdonarnos, de acoger nuestro arrepentimiento y de entregarnos a su Madre para que la recibamos en nuestra casa como Madre nuestra, en el dar y darse se ha quedado sin nada. Y ahora, después de su queja, de su oración desesperada al Padre, sin dejar de sufrir, mientras aumenta el dolor, llega nuevamente la paz a su interior y manifiesta su sed de amor, su haber cumplido hasta el final la voluntad del Padre y su abandono a Él en el reposo del tránsito. Esta cuarta palabra que, tal vez, muchos hemos pronunciado en algún momento de nuestra vida, que nos provoca ese mundo extraño e injusto que no entendemos, que la grita nuestra angustia interior. Esta cuarta palabra abre la puerta a la esperanza. Tiene respuesta desde la Cruz. No estamos solos. Emitida por el Señor, ha adsorbido nuestra zozobra y en Él y con Él, la luz y la paz llenan todo nuestro ser, y el dolor, la incomprensión, la injusticia, pierden su fuerza destructora. Ahora es la fuerza del Amor la que nos renueva, la que nos une profundamente con Dios, Uno y Trino, la que en la esperanza de la fe somos moradores del Reino que esta ya entre nosotros, la que nos permite ver al hermano con la mirada de Dios, resaltando ante nuestros ojos lo que el Señor desea para él, la que nos hace trabajar con la plegaria y la acción para que el hermano pierda las escamas de todo tipo de egoísmo, colectivo o individual, y la brisa de Dios acaricie amorosamente su ser. Jacinto Maristany, Lugarteniente en España Oriental (Barcelona) de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén
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