|
“Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu Madre" Nunca una Madre había sufrido tanto. Pero allí estaba Ella, firme, fuerte, decidida: "Stabat mater dolorosa. juxta Crucem lacrimosa, dum pendebat Filius". Dolida, sufrida, destrozada, pero fuerte. Y de pie. Dando ejemplo a todas las generaciones de como una Madre debe saber sufrir. Ella también bebió el cáliz del sufrimiento hasta el final. Allí al lado, el Hijo de proporciones perfectas, -no, el Hijo que era la perfección,- estaba convertido en un despojo de heridas y de vejamenes y pronto iba a morir para renovar la faz de la tierra y operar la redención del género humano. 
También estaba el discípulo amado. El mismo que pudo colocar su oído en el Divino pecho del Salvador. El mismo que huyó vergonzosamente del Huerto de los Olivos y que también lo había abandonado. Sin embargo es de imaginar que la Virgen fue atrás de San Juan en su búsqueda. Hasta que por fin lo debió de haber encontrado. ¿de qué manera?, avergonzado sin duda, por el pecado que había cometido abandonando al Señor. Pero Ella, Madre de los Pecadores obtuvo la gracia para que San Juan se arrepintiera y le acompañara al Calvario en seguimiento de Jesús. Y los dos estaban al pie de la Cruz. En cierto momento el Señor les mira. ¿Cómo habrá sido la mirada de NSJ para Ella? y la mirada para San Juan ¿qué no le habrá dicho?. !Cómo sería interesante! que un gran artista pintase un cuadro, que trasmitiera esa escena en todos sus pormenores. Que tranquilidad habrá tenido S. Juan al sentirse perdonado, al percibir que el Señor, en medio de todos los indecibles tormentos por los que pasaba, tenía hacia él, una actitud de bienquerencia, de acogida, de perdón. Y ¿Ella?. No es difícil imaginar que todos los años de convivio con su Hijo le pasaron por su mente en las tres horas de la agonía. Ella sabía que ese era el plano del Padre Eterno, y que lo que acontecía desde un cierto punto de vista era lo mejor. Pero !qué drama tremendo!, a pesar de Ella desear que se cumpliera la voluntad de Dios, !cómo era duro ver a su Hijo en esas condiciones!. María lloraba, pero de pie, con valor, dando ejemplo a todos de como se debe ser obediente a los planos de Dios. El Divino Redentor les mira a los dos que allí están. Ella, con una fidelidad absoluta, sin mancha. San Juan representándonos a todos, con nuestras virtudes y con nuestras miserias. Con nuestras caídas y nuestros arrepentimientos. Y a ambos el Señor miró y amó. En ese momento cuando ya nada más tenía casi a dar, quiso dar el mayor regalo que podía dar. Nos dio a su propia Madre. Para que a lo largo de toda la Historia de la Humanidad, todos acudamos a Ella, con confianza, con certeza de ser siempre atendidos, de ser siempre acogidos, de siempre perdonados. Y a partir de entonces el discípulo la acogió en su casa. En este abril de 2009 sepamos acoger a María, nuestra Madre, en nuestras casas que son nuestras almas. Preparemoslas como se prepara una casa para una gran visita. Se limpia, se arregla, se acomoda. Limpiemos nuestras almas con el sacramento de la reconciliación. Acudamos al confesionario, queriendo "limpiar" la casa, y así llegaremos a la Pascua con nuevos deseos de entrega, de servicio, de dedicación, en una palabra, con nuevos deseos de alcanzar la Santidad.
José Alberto Rugeles Martínez Laico, Delegación de Apostolado Seglar de Madrid
|