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Nos unimos a la Pascua de la Iglesia Ortodoxa, a quienes, hermanos nuestros, siguen el calendario juliano y celebran el Nacimiento de Jesús. Hoy en Belén es Navidad. Aquí en Buenafuente, hoy nos ha visitado la nieve, la belleza, el silencio, la calma. Los caminos están sin huella, nadie se ha acercado hasta el lugar. 
El recinto permanece extasiado, aunque las campanas no dejan de llamar a la oración en las horas litúrgicas, y las monjas rezan bajo la cubierta tapada de nieve.
Es un privilegio contemplar los caminos inéditos, asomarse por la ventana y desde el resguardo mirar, a través de los cristales, cómo rinden sus ramas los abetos. Pero aún es más fascinante echarse a la calle y pisar por primera vez, como si fuera un estreno de la propia historia, el sendero, y marcar la dirección de los pasos.
Ante las noticias sociales de tanta intemperie y precariedad laboral, comentaba con los sacerdotes, con los que vivo en comunidad, todas las renovaciones espirituales han pasado por el retorno a la vida austera, un tanto autárquica, fraterna, solidaria, trascendente.
Compartir la fe, la mesa, el trabajo, la esperanza. Celebrar cada día la Liturgia, atender a los necesitados, acoger, esperar. Construir cada día en la mirada de Dios, en la invocación a Nuestra Señora, con las manos puestas en la tarea de la misión recibida es un destello de luz en momentos en los que asalta el nerviosismo, la desesperanza, la violencia, o la resignación por impotencia.
Hoy también es Navidad, y un Niño pequeño, colocado en un pesebre sigue siendo revelación de una forma de vivir encarnada, próxima, entrañable. Ante el Nacimiento vivo del Sistal, os recordamos con afecto. Desde Buenafuente, arropada por la nieve, en soledad y oración, en comunidad y servicio, con el don de poder cantar: “Nieve y hielo bendecid al Señor”.
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