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En sus conversaciones con Joseph Ratzinger que dieron origen al libro Dios y el mundo, el periodista Peter Seewald se hace eco de una imaginativa aproximación a la historia del universo. En ella se compara la edad de la Tierra con la duración de un año. 
Según este modelo, el 1 de enero habría surgido la Tierra; el primer pez aparecería el 27 de noviembre; los dinosaurios el 12 de diciembre; los mamíferos el 27 de este mes…y el hombre el 31 de diciembre. El actual Papa contesta a esta observación dudando de esas cifras, sólo estimativas, pero añade que la sucesión cronológica coincide con lo que dice la Biblia sobre el ser humano, que aparece al final como para completar la creación y dominarla. Señala también Benedicto XVI que el centro de la historia es el nacimiento de Cristo, ya que el Hijo de Dios viene al mundo en el tiempo. Al comienzo de un nuevo año, el 2010, me permito reflexionar sobre la importancia del tiempo en el Cristianismo. Bastaría con ver que el calendario de muchas naciones cuenta los años a partir del nacimiento de Jesús en Belén, que marcó un antes y un después en la vida del mundo. Pero hay muchas más pruebas de la importancia que la Iglesia concede al paso de los días y uno de ellos es este ritmo semanal en la celebración de los domingos como Día del Señor y en la rotación anual de las témporas en las que se contempla la realidad de nuestra fe, el Adviento y la Navidad, la Cuaresma y Pascua a través del hilo conductor discontinuo que la liturgia denomina “tiempo ordinario”. En efecto, el tiempo ordinario es el que ocupa la mayor parte del año litúrgico, igual que las actividades ordinarias llenan la mayor parte de nuestra vida. Esto tiene un significado: la vida ordinaria tiene una importancia que, paradójicamente, podríamos llamar extraordinaria, porque para quienes aman a Dios todo el tiempo es un regalo y una oportunidad. Los fuegos artificiales de fin de año duran poco, lo que tardan en apagarse las bengalas que iluminan la noche. Lo que queda es nuestra voluntad de comenzar un nuevo año para gloria de Dios y servicio a los demás. Esa es la clave de nuestra felicidad. Os he deseado Feliz Navidad y hoy me permito felicitaros el año recién comenzado. Podemos tomarlo como un cambio de calendario sin mayor trascendencia o como un cambio más profundo. Que acojamos con ilusión y responsabilidad este tiempo nuevo. Y que lo hagamos de la mano de la Madre de Dios, con cuya fiesta se inaugura el calendario. Que Ella nos proteja y nos conduzca, a través de las alegrías que vendrán y de las penas —si las hay—, hacia el amor de su Hijo, alfa y omega de la historia y de nuestras propias vidas.
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