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Santa María, la madre del Enmanuel, la panagüia, la llena de gracia, la Purísima, la toda Santa. En ese estado se encontraba María para recibir al Hijo, para recibir a nuestro salvador, que viene a romper con esa enemistad entre los hombres y Dios, para traer el mensaje de paz y de amor. 
María, madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad” de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. En este lugar, Ella, que pertenece a los “humildes y pobres del Señor”, lleva en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella “gloria de la gracia” que el Padre “nos agradeció en el amado”, y esta gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece así ante Dios y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviable de la elección por parte de Dios de la que habla la carta paulina: “Nos ha eligió en el (Cristo) antes de la fundación del mundo,… eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos” (Ef. 1, 4-5) En esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura. Parece que este privilegio (La toda Santa) la separa de nosotros, de la raza humana, raza de pecadores. Pero no ¡Ella también ha sido redimida por Cristo! ¡Ella precisamente por este privilegio, es el testimonio más preciosos de lo que Dios ha querido para el hombre! ¡Ella es la más prefecta realización de la salvación de Cristo! Si no pensamos en que esta mujer sencilla nos trajo al salvador, que esta mujer sencilla acompaño a su hijo en los momentos de su vida en la tierra, desde el nacimiento hasta su muerte y el día de Pentecostés. Es la imagen de una mujer que supo responder a la voluntad de Dios con su Fiat. Igual que Santa María dijo “Hágase”, que nosotros también aceptemos esa voluntad de Dios, que recibamos al Salvador y que le dejemos habitar en nuestro corazón para hacer en nosotros su voluntad.
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