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Una maravilla llamada familia Imprimir E-Mail
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Escrito por Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos   
viernes, 25 de diciembre de 2009

Hace unos días, un amigo me comentaba la impresión que le había causado la asistencia a una boda en la parroquia de su pueblo. Se hacía lenguas de lo bien que había salido toda la ceremonia. Pero lo que a él le había impactado de manera muy especial era la fórmula que actualmente emplean los novios cuando se casan por la Iglesia. Le pregunté por qué y él, a su modo, me vino a decir que era muy serio y muy bonito lo que se habían dicho el uno al otro en el momento de intercambiarse el consentimiento.

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No le faltaba razón. Porque lo que en esos momentos se dicen uno y otro es esto: «Yo, te recibo a ti, como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida». La novia repite lo mismo. Ciertamente, es impresionante casarse para siempre, entregarse y prometer fidelidad a una persona pase lo que pase y, además, no sólo cuando se tienen pocos años y se tiene el vigor y la belleza de la juventud, sino cuando llegan los achaques y la vejez. Esto es tan maravilloso, que es capaz de hacer completamente feliz a quien lo viva.

Ahora bien, sólo quien no tenga experiencia de la vida real puede pensar que esto es sencillo. Porque la vida es un cuadro donde abundan las luces y el color, pero donde también hay sombras y nubarrones. Con todo, incluso las sombras son mucho menos intensas y duraderas que cuando una pareja se mete en los caminos tortuosos del divorcio. Las heridas que éste crea son siempre agudas y, en muchos casos, no cicatrizan nunca, especialmente en los hijos.

A mí siempre me ha impresionado ver a una pareja de ancianos ir cogidos por la calle. Sobre todo, cuando son evidentes las huellas y cicatrices físicas y psíquicas que ha dejado el paso de los años en aquellos rostros. Son un poema de fidelidad, que me emociona y me estimula. Supongo que no seré el único. Me parece que ese amor es como el vino añejo de la ribera del Duero. No tendrá, quizás, el empuje y la alegría de una gaseosa. Pero los buenos catadores escancian vino añejo, no gaseosa con burbujas.

Este amor de por vida no viene rodado ni es fruto del enamoramiento pasajero. Es una conquista diaria y un fruto de muchos enamoramientos. Tantos como duran los años de una vida. Está hecho de pequeñas cosas, de detalles, de actos casi invisibles de servicio, de perdón y amor. Algunos –quizás muchos- lo olvidan. Y se van desenamorando poco a poco y de modo casi imperceptible. Hasta que viene el derrumbe total. Entonces, ya no se encuentran con suficientes ganas de luchar y librar la batalla.

Pero ese enamoramiento diario no se logra sólo a base de buena voluntad y de esfuerzos personales. Sin la gracia de Dios, las mujeres y los hombres damos poco de sí. Lo tengo bien experimentado en mi ya larga vida de sacerdote. El matrimonio no saldrá adelante si no hay vida de oración, si no curamos las heridas en el sacramento de la penitencia y nos fortalecemos en la misa y en la comunión. Ya sé que algunos se sonríen y hasta se ríen de estas cosas. Sólo diré lo que decía aquel sabio profesor a un colega suyo más brillante pero menos inteligente: “Oiga, las dificultades se resuelven con razones, no con sonrisas”.

Hoy celebra la Iglesia la Fiesta de la Sagrada Familia. Una familia humilde y sin excesivas comodidades, pero profundamente creyente y profundamente rezadora. En esa familia brillaron todas las virtudes domésticas de una familia santa: el trabajo, la paz, la convivencia, el amor, la limosna, la oración, el sacrificio, la transmisión de las virtudes al Hijo de Dios hecho hombre, y un largo etcétera. Le pido que bendiga a todas las familias de esta diócesis; sobre todo, a las que estén pasando un mal momento en su relación.     

                                                                                                 

                                                                                              (27 de diciembre de 2009)

                              

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