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“¡Salve, cuerpo verdadero que has nacido de la Virgen!” (Himno latino, ca. siglo XIII). Siempre por estas inolvidables fechas, cuando el corazón se empapaba de nostalgia, recordaba la joven María los destellos luminosos de aquella noche, donde el amor ganó una Vida de la incierta noche del abandono y la desgracia. Destellos fugaces que anidan en el mar insondable de una mirada que sabe que su pasado –¡Y su presente! ¡Y su futuro ¡Y su todo!– es gracia. 
Vísperas eran solemnes de Navidad y dicen que en una de esas noches de caminos mojados, frío incipiente, mostradores de tabernas huérfanos de voces que encumbren soledad y levantisca niebla, llamaron a la puerta de tantas vidas un pobre matrimonio joven y en apuros pidiendo pan y cobijo. La joven madre, a punto estaba de dar a luz el fruto de sus entrañas y el padre –de humilde profesión y obligado al censo que mandaba el emperador– ningún recodo de grandeza podía ofrecerle al vástago que Dios había puesto a su cuidado. Y con la confianza puesta en el único que nos sostiene, se atrevieron a comenzar de nuevo el camino de las ilusiones y a surcar con brío y valentía los horizontes de una alborada que no conoce el ocaso. Una ocasión más, perdona María el rechazo y la incomprensión ante un vientre encinto que encierra el precioso tesoro de la Vida para el mundo, y se olvida de aquellos sollozos de joven, que ya vislumbraban en el verde de sus ojos la esperanza que no defrauda. Un Hijo que, contempla entre sus manos tras una dura noche de parto, donde sirvieron de improvisadas matronas, las manos de su fiel esposo. Un Niño que Dios ha mandado para liberar a su pueblo y que nace –una paradoja más– en el candor de dos miradas de fe, en la sencilla gruta de un recodo de pureza y en la lumbre que no cesa de la caridad. Un año más, la Virgen Madre abraza con unción el Niño Dios, lo besa, le reza, lo adora, le musita piropos, le canta nanas de antaño, lo recuesta sobre su pecho y lo cubre con aquél viejo manto, oscuro y raído ya, y zurcido con mil remiendos de sacrificio y entrega en el telar del servicio; aquél viejo manto que le regalaran sus padres Joaquín y Ana el día de sus desposorio con el varón bueno de José y que ella puso en la llaga del despojo cruel del establo como refugio generoso, sería la mejor herencia que le dio abasto de ejemplo para el futuro. Una víspera más, recuerda la Iglesia agradecida que en esa noche de trueque donde un portalico para los animales de Belén se convirtió en el Monte Sión –la ciudad del Dios vivo– la posada generosa donde sí hubo sitio para unos padres primerizos en aquella fría noche de invierno y pobreza. Una Navidad más sus lágrimas de madre son manantial grande donde beber el agua fresca de una historia que no pasa, que está siempre a la vera de nuestras vidas, que regresa siempre por estas fechas: porque allí donde hay amor, de la entrega de Santa María nace siempre el Señor. ¿Qué mejor pesebre que sus manos? ¡Feliz Natividad del Señor! ¡Felices fiestas en familia!
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