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Tras tanto tiempo de silencio tengo un deseo inmenso de contar lo que me ha pasado. Como si el ejercicio de la memoria recuperara lo mejor, lo más bello y más profundo que he vivido. Tras este ímpetu comunicativo experimento la serenidad confiada de la que ha perdido mucho pero también ha sido encontrada. 
Cuando en abril celebré mi boda con Joan no podía suponer el inesperado giro que tomarían los acontecimientos. Nos habíamos conocido en un campo de refugiados en África, yo como corresponsal de guerra, el como cooperante de una ONG reconocida. Las situaciones límites hacen emerger lo peor y lo mejor, extraña paradoja. Allí, en medio de la violencia, de tantos seres heridos, descubrimos un camino de felicidad. Pronto nuestro compromiso fue creciendo. Por entonces había perdido la fe, había visto demasiado mal para creer en nada. Con Joan aprendí por lo menos a creer en el otro. Él me hablaba de la presencia de Dios en su vida, de su cercanía y de su abrazo. Yo le escuchaba pero en lo único que creía era en su cercanía y en sus abrazos. Mi fe comenzó en él, ya que mi natural prevenido descubrió la certeza de un amor resistente. El ponía el sentido de lo ideal, la atracción por lo imposible. Por mi parte yo ponía el sentido de lo real, la pasión por lo pequeño y el instante. A finales de agosto, por sorpresa, se declaró una situación de emergencia humanitaria y Joan tuvo que marchar rápido y lejos. Su disponibilidad fue inmediata, la mía también. Tenía sentido esperar un poco cuando se tiene toda la vida por delante. Y más cuando la causa merecía la pena. En una semana nos despedíamos. Él marchó a vivir en una tienda de campaña asumiendo la coordinación de las ayudas médicas, yo me centraba en la redacción donde las noticias de la guerra nos mantenían en un ritmo frenético al equipo de internacional. Aprendí la relación por e-mail y el messenger. Descubrimos cómo se puede estar cerca en la distancia. A pesar de los límites aprendimos a reconocer las posibilidades. La discusión era más difícil, los inevitables roces cotidianos desaparecían. Nuestros trabajos nos apasionaban y nos robaban todas las energías. Y además la relación se mantenía en un plano tan virtual que casi parecía ideal. La crisis en la redacción vino de una exigencia de Fran, entre nosotros Murdoch, el director jefe del diario. La cosa empezó con los compañeros de la edición digital que informaron de un bombardeo aliado con amplias víctimas civiles, las imágenes llegaban con elocuencia avasalladora. Cuando se estaba confeccionado la edición de papel llegó el conflicto, aquella noticia estaba vetada. Era necesario filtrar aquella información, por lo menos había que esperar a que llegara la confirmación de lo evidente. Rápidamente me sumé a la rebelión, varios redactores se negaban a dejar el espacio de primera plana a los deportes. Pero, el asunto, por la visto, no era negociable. La línea editorial de la casa estaba marcada. Sin embargo, en el calor del enfrentamiento, se nos recordó quien nos pagaba, y la batalla dialéctica se convirtió en tormenta de redacción. Varios dijimos que no pasábamos. La reacción fue inmediata. Al volver del almuerzo teníamos una caja de cartón en la mesa y una carta de despido. Al volver a casa, ya siendo una rebelde parada, le escribía un e-mail contándole la pelea del día. A la mañana me encontraba este e-mail: “Querida Ana, por fin ha terminado un día agotador. El campo está trastornado por las noticias de los bombardeos de la última semana. Aunque hay una especie de la barrera que impide la comunicación con los cooperantes extranjeros sabemos, a través de los compañeros locales, que han tenido noticias y que muchas de sus aldeas se han visto afectadas. Por la tarde llegaban los nombres de algunos heridos y de muchos muertos. En algunas zonas del campo se escucha una especie de llanto colectivo, como una queja que se confunde con un grito. Y el silencio crece entre los que se mueven como sombras llegando hasta nuestro dispensario o recogiendo el avituallamiento. Este silencio trágico se nos contagia como si pesaran las palabras, como si decirlas invadiera la incertidumbre o violara el dolor. Al anochecer me he retirado a orar como tantas veces. Hoy el silencio venía solo, como prolongación del día. Recordaba tus noticias, la crisis en la redacción, tu enfrentamiento y despido. La verdad es que desde aquí se hace todo más pequeño, ante el drama colectivo que me sobrecoge. Tuve la intuición de releer un viejo texto de Pablo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza” (2 Cor 12,9). Arropado por su lectura me he puesto a contemplar tanta debilidad, tanto dolor y tanta impotencia. Allí se concentraba la densidad de todas las noches. Y allí, en medio de la noche, me encontré una vez más con aquella extraña fortaleza, que no viene de dentro pero que sí está dentro como una Fuente amiga, personal e íntimamente cercana. De ella he bebido para volver a empezar mañana. Un abrazo tan ancho como el mar que nos separa, Joan. Dos días después una llamada al móvil me sorprendió en mitad de la noche. Un accidente había ocurrido en el campamento y las noticias eran confusas. Los responsables de la ONG me decían que no podían localizar a Joan. Varios compañeros suyos vinieron a nuestra casa. La incertidumbre pronto se vio confirmada. Un bombardeo había asolado el campamento. Tras un momento de duda me confirmaron que Joan estaba entre las víctimas aunque no se sabía bien su estado. Dije que quería volar inmediatamente. Y sólo mi insistencia logró que me dijeran la verdad. Joan había muerto esa mañana. Mi cuerpo se desconectó de la mente y me derrumbé. Sólo recuerdo la sedación y el sueño. Y el dolor de despertar a la realidad. Comenzó una noche que duró más de dos meses. Asistí como una autómata al funeral, a las noticias de prensa y a las entrevistas. Todo desfilaba ante mí como si yo no estuviera. Mis padres se trasladaron a casa, los amigos no abandonaban, aunque si lo hacían mis fuerzas. Un día empecé a despertar y descubrí que me movía. Entonces convulsivamente me puse a abrir y releer los mensajes de correo electrónico de Joan una y otra vez. Sobre todo aquel último escrito que ahora tenía valor de testamento. Aquello de la debilidad nunca lo comprendí tan bien como ahora, pero ¿dónde estaba la fortaleza? En aquel lento despertar una fecha fue especialmente significativa. Mis padres, los amigos querían que pasara la Nochebuena con ellos. Pero yo les insistí que aquella noche quería estar sola. Después de cenar bajé para dejar que el aire helado despertara mi corazón. Un grupo salía animado de una iglesia entre saludos y música que se vertía desde el interior. A través de una decisión inaudita e incontrolada me ví dentro. El calor me reconfortó, la música me atrajo. Entonces me senté en uno de los últimos bancos. Pocos quedaban e iban saliendo. Solamente allí adelante, tres personas rezaban de rodillas y en silencio. Cuando se cerraron las puertas me sentí más tranquila. Me puse a esperar cuando repentinamente, como una presa reventada, un torrente de lágrimas reventó la compuerta. Así lloré, silenciosa y largamente, algo que no había conseguido hacer. Tras largo rato aquel e-mail que ya sabía de memoria me vino al recuerdo. Como una voz que venía de más allá, una voz inspirada y cálida me decía “Mi gracia de te basta”. Aquella presencia misteriosa que “no viene de dentro pero que si está dentro” se me hizo familiar, como una voz conocida que ya no era la de Joan. En aquel momento me invadió una inmensa paz. “Et in terra pax hominibus bonae voluntatis”, cantaba al fondo un villancico en providente casualidad. Ante mi asombro caminé unos pasos por el pasillo central. Junto al altar había un pesebre con un niño casi de tamaño natural. Llegué ante él, me arrodillé y nuevamente lloré. Una de las personas que oraba se levantó y me ayudó a incorporarme: ¿Está bien? ¿Necesita algo? Entonces le dije un secreto que a nadie había confesado: “Estoy embarazada de cuatro meses”. El rostro sonrió con una mirada franca y un gesto de victoria. Entonces me di cuenta que estaba sola en la iglesia. Lentamente me incorporé y salí a la noche, la luz ya era tan clara como la alborada. Y extrañamente comprendí que “cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte”. Era el día de Navidad y había recobrado la fe. Ahora me sentía viva, dolorosamente viva, aunque doblemente viva. Por Peio Sánchez
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