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El refrán dice que todo depende del color con que se mira. Mario Benedetti ha escrito que todo depende del dolor con que se mira. Cuando uno se fija en la mirada de María se puede decir: todo depende del amor con que se mira.

Un amigo, hace unos días, me ha enviado un buen número de imágenes sobre cómo han pintado los grandes artistas el nacimiento. Y, al escribir estas líneas, he repasado las miradas de María hacia Jesús. Hay una gran coincidencia. Todos los pintores expresan una mirada llena de asombro y de ternura a la vez. María, reverente ante el Misterio que tiene en sus brazos o que se halla en el pesebre, abre su corazón en la mirada hacia el Niño, Hijo de Dios. Se halla extasiada y le parece poco, muy poco, lo que había cantado en el Magníficat.
María contempla, adora y sueña. También se la ve satisfecha, contenta. Se halla ante la nueva vida que trae una vida nueva. El Salvador ya está aquí. Ha llegado la misericordia divina al mundo en este hijo salido de sus entrañas. Y está entre los pobres, los excluidos, entre los que no tienen techo. Entrevé que van a caer los poderosos por su soberbia y van a ser exaltados los humildes.
Nos acogemos, Santa Madre de Dios, a tu amparo y protección. Introdúcenos en la luminosa nube de tu contemplación. Juntos adoramos a Jesús, el Redentor. Enséñanos a guardar en el corazón, como tú lo hiciste, lo que van diciendo de tu Hijo y cuenta con nosotros para hacer eco del mensaje de los Ángeles: ¡Paz a los hombres que ama el Señor!
Aquilino Bocos Merino, C.M.F.
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