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“José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón” (Lc. 2, 4-7). 
¿Tenemos sitio en nuestro mesón interior para Jesús? ¿Atendemos al Niño-Dios particularmente presente en tantos y tantos niños que, en brazos de su madre, nos miran desde esos pesebres de cualquier calle en cualquier ciudad, hechos con cartones de cajas vacías? ¿Pasamos de largo ante Maria que, vestida con harapos, dirige hacia nosotros su mirada suplicante? Es acogiendo a la Madre y al Hijo, con este compartir lo que tenemos con nuestros allegados (en los cuales están también presentes Jesús y María) y con los más necesitados, aquellos que no conocemos y que su presencia nos hace vencer un primer movimiento de alejarnos de ellos, como hacemos sitio en la posada del corazón a la Virgen y el Niño. Este hacer sitio es, en palabras de Lucas, lo mismo que el recibir al Verbo en la voz de Juan (Jn. 1, 12), recibimiento que nos hace hijos de Dios. Si volvemos la espalda a Jesús hambriento en los brazos de María, sin leche para darle el alimento que necesita por no haber comido ella; si ignoramos a un silencioso José que nos señala con los ojos a la mujer y al bebé; si nuestra fe consiste en un distraído cumplimiento exterior pero sin vivencia interior; ¿cómo podemos llamarnos hijos de Dios? Sagrada Familia: poned en nuestras almas una oración de arrepentimiento sincero, una oración que transformando nuestro interior nos haga veros en esta Navidad, y en la Navidad de cada día, en estos pesebres de las calles. las chabolas y las barracas, y totalmente convencidos de que es en el dar como recibimos, entreguémonos, sin ningún tipo de reserva, a vosotros presentes en los ignorados, los necesitados, los solitarios de esos desiertos que son, como dice el presbítero Pierre-Marie Delfieux, fundador de las Fraternidades Monásticas de Jerusalén, las ciudades; esos hormigueros donde las gentes se cruzan sin verse, tan necesitadas de que vuestra Luz los ilumine. Ayudadnos a ser lámparas encendidas, transparencia del amor de Dios.
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