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El trato con los ángeles es una cuenta pendiente que muchos cristianos solemos tener con nuestra fe y con nosotros mismos. Los ángeles son criaturas de Dios, lo mismo que los somos nosotros; así nos lo dice la fe, la Iglesia lo proclama, y la Sagrada Escritura lo testimonia repetidas veces, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, siempre en momentos y circunstancias cruciales que todos conocemos. 
Un ángel, el Custodio de cada uno, nos acompaña día y noche sin separarse de nuestro lado ni un sólo instante, desde el momento en que nacemos hasta la hora de presentarnos ante el juicio de Dios, momento decisivo en el que también lo tendremos a él junto a nosotros, sirviéndonos de abogado. Y está ahí, como el mejor amigo y compañero de viaje para que nos sirvamos de él. Una verdad de fe, de la que tan poco se habla, y que rara vez, muy rara vez, advertimos en el comportamiento diario de los cristianos. Los motivos por los que el hombre debería tener un trato frecuente con los ángeles en general, y muy en particular con su Ángel Custodio, son infinitos. Es el ser más cercano a él a lo largo de toda su vida. Los ángeles son los mensajeros de Dios, sus ministros ordinarios, criaturas glorificadas que contemplan al Señor cara a cara y cumplen sus mandatos con celeridad. Ellos son las criaturas más perfectas de la creación, los encargados de velar constantemente por la Iglesia, custodios de los hombres y de los lugares santos, de los Sagrarios, cuando a Cristo Eucaristía lo dejamos solo durante tantas horas en el silencio de nuestros templos. Son cómplices valiosísimos en nuestro vivir diario, en los quehaceres apostólicos, colaboradores eficaces en el trato con las almas. Los ángeles, criaturas más perfectas que los hombres, comprenden nuestros deseos con sólo una simple insinuación de la voluntad, sin que medie siquiera el humano recurso de la palabra. Ellos, en fin, se encargan de presentar a Dios nuestras oraciones y nuestros deseos nobles; amigos fieles y generosos, constantes en su empeño por librarnos del mal, orientadores del hombre en las horas oscuras a lo largo de toda su existencia. Un valiosísimo regalo de Dios, cuyos servicios no siempre sabemos valorar.
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