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Si hay algún lema que resuma mejor el espíritu del Adviento es Maranata. En la misma lengua que habló Jesús, el arameo, aparece transliterada al griego del Nuevo Testamento en una carta paulina, 1 Corintios 16, 22. Un poco más tarde lo menciona también la Didajé (o Doctrina de los Doce Apóstoles), un texto compuesto entre los años 70 al 90 del primer siglo de nuestra era para servir a modo de catecismo de la doctrina cristiana a los conversos de la gentilidad que se preparaban para recibir el bautismo. En ambos casos la expresión ocurre en un contexto litúrgico. Se trata, pues, de una antiquísima fórmula usada para manifestar la esperanza escatológica de la venida gloriosa de Cristo por parte de los creyentes.
Según la interpretación más probable, Maranata se compone del nombre arameo mar (señor), el sufijo pronominal -ana (nuestro) y la forma verbal ta (ven). Significaría, por consiguiente, «Señor nuestro, ven». Petición en la que resuena el eco de la misma oración de Jesús «que tu Reino venga» (Mateo 6, 10). La que recitada a su vez por los cristianos vendría a decir: que tu Reinado, inaugurado ya en Jesús, se realice en nosotros definitivamente. Lo mismo que sugiere también San Pablo cuando, en referencia a la celebración de la Eucaristía, señala: «Así pues, siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga» (1 Corintios 11, 26). O una de las últimas frases de la Biblia, la conclusión del libro del Apocalipsis, que reza: «Dice el que da testimonio de todo esto: 'Sí, vengo pronto.' ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (Apocalipsis 22, 20). Aquí, Jesús, respondiendo a la llamada de los creyentes, confirma que su venida está cercana y el Amén de la Iglesia expresa su ferviente deseo. Pero, ¿qué significa esa venida gloriosa y por qué la celebramos en el Adviento con la invocación del Maranata? Los cristianos no esperan el retorno de un Cristo que haya estado ausente, sino la irrupción definitiva de una presencia que ha estado actuando en nosotros y en el mundo por medio del Espíritu Santo. Se trata de la esperanza fuerte en el futuro que el Padre ofrece al mundo en su Hijo Jesús. Esperamos que toda nuestra existencia, así como el Universo entero, sea finalmente trasfigurada a imagen del primogénito de la Creación: Cristo. Que su obra de salvación sea, por fin, completa. Adviento es el tiempo litúrgico en el que, partiendo del hecho ya realizado de la venida histórica de Cristo (cuya celebración constituye la Navidad) nos orienta hacia su venida definitiva. El Adviento estimula esta espera reconociendo a la vez el «ya» de la presencia permanente de Cristo en su Iglesia y el «todavía no» de su manifestación definitiva en el ámbito personal, colectivo y cósmico. Dicho de otra forma, mientras los cristianos perciben ya en sus vidas la presencia gozosa de Jesús Resucitado, sienten la urgencia de su perfección a todos los niveles en la totalidad del mundo y de la historia. Eso significa la venida gloriosa de Cristo. Eso es lo que pedimos cuando rezamos: ¡Maranata! ¡Ven, Señor Jesús!
Alberto Núñez, SJ Fuente: “Mensajero”, Nº 1.406. Diciembre 2009-12-09
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