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Hay momentos en la historia en los que hablar de la alegría parece una frivolidad. Hay tantas personas que sufren a nuestro alrededor que mostrar en público nuestra alegría suena como un odioso escarnio. Sin embargo, la alegría es el signo de la paz de los espíritus. Y el fruto más evidente del amor. 
El domingo tercero de cuaresma está marcado por el signo de la alegría. El profeta Sofonías invita a Jerusalén a regocijarse en el Señor como el Señor se goza y se complace en ella (Sof 3, 14-18). También San Pablo exhorta a los fieles de la ciudad de Filipos a estar siempre alegres en el Señor. Su alegría habrá de ser modesta y pública, a la vez. Tendrá su fuente en la oración e irá acompañada de la paz de Dios (Flp 4,4-7). Habrá que tener en cuenta estos mensajes. Siempre, pero especialmente cuando parece que todo invita al pesimismo. De todas formas, habrá que recordar que la alegría no equivale a la satisfacción que puede ofrecer este mundo. LO QUE HAY QUE HACER Pero la alegría tiene un precio. Muchos acuden a escuchar al Bautista (Lc 3, 10-18). Por tres veces se repite la pregunta que le dirigen: “¿Qué hemos de hacer? Juan propone tres acciones que han de reflejar la voluntad de conversión de los distintos grupos sociales. • Compartir con el prójimo los propios bienes. Esa renuncia a la avaricia supone el descubrimiento de las necesidades ajenas. Y, además, revela la grandeza misma de la persona. • No pretender de los demás lo que no es justo. Esa actitud implica no colocarse ante ellos como quien abusa de un poder. Y, sobre todo, significa aceptar como un don gratuito lo que los demás pueden ofrecer. • No hacer extorsión a nadie. Esa dignidad en el trato revela al que ha descubierto la fragilidad de la persona. Es una renuncia a la violencia. Pero, más habitualmente, exige evitar la altivez y la indiferencia ante los otros. Es evidente que estas actitudes no son religiosas. Pertenecen al ámbito ético que ha de regir todas las relaciones humanas, también las de los no creyentes. EL QUE VIENE El mensaje de Juan el Bautista no se cierra en la exhortación, sino que se abre a un anuncio: “Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo”. Juan no es solamente un predicador moral. Para él, la conversión prepara ya el camino del Mesías.
• “Viene el que puede más que yo”. La conversión puede obedecer a un gesto elegante o a un sentimiento de náusea por la desorientación personal. Sólo la fe en Jesucristo la convierte en una actitud cristiana. • “Viene el que puede más que yo”. La conversión puede significar un cambio momentáneo en la vida de la persona. Sólo la esperanza la orienta hacia el Señor que viene y cuya venida aguardamos. • “Viene el que puede más que yo”. La conversión puede modificar el comportamiento de una persona. Y no es poco. Pero sólo la caridad en la verdad ha de llevarnos a modificar las estructuras de pecado que nos deshumanizan. - Señor, esperamos tu venida y deseamos prepararla con humildad y generosidad. Que tu mensaje nos ayude a descubrir lo que hemos de hacer para que gocemos de la alegría de tu presencia. Ven, Señor Jesús. Amén. José-Román Flecha Andrés
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