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La celebración de la Navidad, al igual que la celebración de la Pascua de Resurrección, tiene un tiempo de preparación. Es el tiempo litúrgico del Adviento. A lo largo de cuatro semanas, la Iglesia invita a todos los cristianos a prepararse espiritualmente, desde una actitud de sincera conversión, para recibir a Jesucristo, que viene a compartir nuestra condición humana y a hacernos partícipes de su divinidad. 
Desde los primeros momentos, esta celebración del nacimiento de Jesucristo, en la humildad y en la pobreza del pesebre, fue interpretada por bastantes Padres de la Iglesia como una fiesta de triunfo, al conectarla con la victoria de Cristo en la cruz y con su venida en poder y majestad al fin de los tiempos. A partir de esta concepción de los Padres de la Iglesia, el tiempo de Adviento, además de invitarnos al reconocimiento y a la purificación de nuestros pecados para celebrar dignamente la primera venida de Dios a nuestro mundo, también nos convoca a permanecer vigilantes y atentos a la segunda venida de Cristo al final de los tiempos como Señor y Juez de la historia. Entonces aparecerán "los cielos nuevos y la nueva tierra"; entonces el que vino por primera vez "en la humildad de nuestra carne, se revelará en la majestad de su gloria".
Ahora bien, entre la primera y la última venida de Cristo, tienen lugar otras muchas venidas del Señor, que nos permiten descubrir su presencia y su actuación constante en el mundo y en el corazón de cada ser humano. Los cristianos sabemos por la fe y por las mismas enseñanzas de Jesús que Él sigue hablando a su pueblo y haciéndose presente a lo largo de la historia en la celebración de los sacramentos, en la Sagrada Escritura, en el testimonio de los santos, en las maravillas de la naturaleza y en la vida de tantos hermanos nuestros, que con sus obras son reflejo de la santidad de Dios. Para captar estas venidas del Señor necesitamos pararnos, hacer silencio y mirarlo todo con una mirada contemplativa.
Los cristianos necesitamos descubrir y acoger en cada momento estas venidas del Señor para contemplar el mundo y la historia con ojos nuevos, para permanecer esperanzados en medio de las dificultades y problemas de la vida. Cuando vemos a las personas y los distintos momentos de la existencia con los ojos de Dios, llegamos a la profunda convicción de que el Señor no quiere dejarnos nunca solos, sino que desea acompañarnos siempre en el camino de la vida. Él ofrece a todo hombre el verdadero sentido de la vida, pero nunca va a imponerse por la fuerza. El Señor ansía adentrarse en lo más profundo del corazón del hombre para que experimente el don de su amor y de su salvación, para que supere sus miedos y temores, para que mantenga firme la esperanza durante el tiempo de la espera, pero respetará siempre la libertad humana.
Si ésta es la voluntad de Dios, tendríamos que preguntarnos: ¿Tenemos tiempo para Él?. ¿Nos paramos a escuchar su Palabra y a celebrar su presencia salvadora en los sacramentos o vivimos distraídos, arrastrados por las prisas del momento y esclavizados por los criterios de la sociedad?. ¿Estamos dispuestos a permitir que el Señor prepare nuestros corazones con la fuerza de su Espíritu para que nuestras envidias se conviertan en amor y para que nuestra hambre de venganza se transforme en deseos de perdón?.
Cuando vivimos convencidos de la presencia salvadora de Dios en medio de nosotros, podemos presentarle nuestros sufrimientos y tristezas, nuestros cansancios y limitaciones. Es más, la certeza de la actuación de Dios, por medio de Cristo, en la historia nos permitirá encontrar razones para seguir esperando, aunque arrecien las dificultades y nos falten aquellos apoyos que esperábamos encontrar en nuestros semejantes. + Atilano Rodríguez Martínez Obispo de Ciudad Rodrigo
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