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Entrados en el adviento, la figura de María aparece como un personaje central en la espera del Señor. Ella resume la esperanza de toda la humanidad que espera un Salvador. Santa María de la esperanza. Ella lleva en su seno el fruto bendito esperado por todas las generaciones, el Hijo eterno de Dios que ha tomado carne en su carne, para hacerse hombre como nosotros. La esperanza de una madre que se prepara para recibir a su hijo, cuando ya lo tiene en su vientre, es la esperanza de la Iglesia, que espera la venida del Señor cuando ya lo lleva en su seno. 
María es además el primer fruto de la redención, el fruto más excelente. Jesús ha venido a comunicarnos la vida divina, a hacernos hijos de Dios, a librarnos del pecado. Y ha santificado a su madre, preparándola para ser una digna morada de su Hijo divino, que se hace hombre. La ha llenado de gracia, la ha librado del pecado. De todo pecado, incluso del pecado original.
En el comienzo de la historia de la humanidad, nuestros primeros padres Adán y Eva fueron sometidos a una prueba de amor en la obediencia a los mandamientos de Dios, y desobedecieron. Es decir, se pusieron ellos mismos en el centro de la creación, sin reconocer a Dios como creador. No admitieron los mandamientos de Dios, sino que prefirieron su propio parecer y capricho, antes que obedecer a Dios. En el comienzo de la historia de la humanidad hay una ruptura del hombre con Dios. Este es el pecado original. Todo pecado posterior tiene algún parecido con aquel primer pecado.
Al venir a este mundo todos contraemos este pecado, nacemos en pecado, nacemos en la ruptura contra Dios, que nuestros primeros padres cometieron. María no contrajo este pecado, porque antes de ser contaminada, fue librada de toda mancha de pecado. No fue perdonada después de haber pecado, como nos ocurre a todos los mortales. En ella la misericordia de Dios fue tan generosa que desde el primer instante de su concepción fue inmaculada, sin mancha, llena de gracia.
En el corazón del tiempo de adviento nos encontramos con la preciosa fiesta de la Inmaculada. El que viene a salvarnos, salva en primer lugar a su madre, haciéndola resplandeciente, llena de hermosura y de santidad. Y al hacer así a su madre nos anuncia que algo parecido quiere hacer con nosotros. A ella la hizo pura y llena de gracia desde el comienzo, a nosotros quiere purificarnos hasta llenarnos de su gracia como meta cierta a la que caminamos.
Virgen Inmaculada, muestra tu belleza, la belleza de la vida cristiana a los niños, a los jóvenes, a los adultos. Madre de la esperanza que vienes a darnos a Jesús, llena nuestro corazón de la alegría de la salvación, que sólo Dios puede dar.
Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona 06.12.2009
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