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La salvación viene del desierto - Domingo segundo de Adviento -6 de diciembre de 2009 Imprimir E-Mail
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Escrito por José-Román Flecha Andrés   
lunes, 30 de noviembre de 2009

El desierto siempre ha ejercido una fuerte seducción sobre los hombres de todos los tiempos. Y seguramente la ejerce todavía sobre todos los que estamos enrolados en la cultura urbana de nuestro tiempo. El desierto representa el encuentro del ser humano consigo mismo. El desierto es la metáfora de la verdad.

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Para el pueblo de Israel, el desierto es mucho más que un lugar desolado. Es el signo de la liberación original, después de la larga esclavitud padecida en Egipto. En el desierto Dios habla y conduce a su pueblo. En el desierto el pueblo pone a prueba a su Dios, pero el mismo pueblo sucumbe a las grandes tentaciones contra la esperanza.

Diezmado y aplastado, Israel fue deportado al exilio a través de las rutas mortales del desierto. Pero, andando el tiempo, el desierto florecido se habría de convertir en la imagen del retorno. Sería posible el regreso. Y volverían a renacer las esperanzas más queridas.

En tiempos de Jesús, la situación de Israel es más que penosa. En lo político, la tierra está ocupada y controlada por el imperio de Roma y sus fantoches.  En lo religioso, el templo de Jerusalén y el sacerdocio se han envilecido hasta el extremo. No es extraño que muchos vuelvan de nuevo sus ojos al desierto. Del desierto ha de venir la salvación.

LA PALABRA EN EL DESIERTO

El evangelio de Lucas señala un momento histórico concreto (Lc 3, 1-6). Con precisión de cronista menciona la autoridad imperial, la del gobernador, la de los reyes de la región y la del sumo sacerdote. Entonces “vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”. 

Juan es un verdadero profeta. El silencio del desierto favorece su decisión de vivir a la escucha de la palabra de Dios. Pero la soledad del silencio no es un obstáculo para el que está decidido a predicar y difundir la palabra de Dios con generosidad y convicción.

Juan sabe que nadie puede escudarse en las circunstancias políticas o sociales. Los montes que hay que abajar son los brotes de orgullo y presunción que nos atontan. Los barrancos que hay que rellenar son las depresiones y desalientos que nos paralizan. Ambas tentaciones reflejan nuestra ceguera. Enderezar lo torcido es buscar la rectitud y la justicia.

Juan predica un bautismo de conversión para perdón de los pecados. El hombre del desierto no trivializa el mal, reduciéndolo a error personal o a simple efecto estructural. Reconoce la presencia del pecado y la responsabilidad humana. Pero no cae en el fatalismo ni se milita a condenar. Sabe que la única salida es la conversión del corazón.

LA SALVACIÓN Y EL SALVADOR

“Todos verán la salvación de Dios”. Con esas palabras concluía el oráculo de Isaías (Is 40, 3-5), que Juan repetía en el desierto. Con esas palabras nos invita la liturgia del Adviento a preparar los caminos del Señor.

• “Todos verán la salvación de Dios”. Porque la salvación se ofrece a todos, sin discriminación de razas ni culturas, sin diferencia de edades o de gustos musicales, sin distinción de adhesiones políticas o religiosas. Dios sobrepasa nuestras fronteras.

• “Todos verán la salvación de Dios”. La primera alianza era el tiempo de “escuchar” la voz de Dios. Con la nueva alianza ha llegado la hora de “ver” al mismo Dios que se hace carne y comparte la vida y la historia de los hombres.

• “Todos verán la salvación de Dios”. El oráculo de Isaías prometía la salvación de Dios. Juan el Bautista puede anunciar al Salvador. Él viene para recordar a los hombres que la salvación no nace de los proyectos que ellos diseñan, sino de la voluntad amorosa de Dios.

- Señor Dios nuestro, que nos has enviado a Juan como precursor del Mesías, danos tu luz y tu gracia para que preparemos cada día los caminos de tu hijo Jesucristo. Amén.

José-Román Flecha Andrés

 

 

 

 

 

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