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Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad (sal 24). Porque la lealtad me parece la joya más estimable, el tesoro precioso que hace desdeñable el oro puro, haz, Señor, que yo camine con lealtad por tus sendas. Porque es fácil que deseos de muchas clases, para satisfacer ambiciones o apetencias muy diferentes, intenten sobreponerse a la verdad y presentar la infidelidad con traje de inocencia, dame siempre la luz para reconocerlo y la firmeza para no consentirlo. 
Porque a menudo los pasos tienden a corretear por otros senderos, con intención de volver al tuyo, desde luego, pero sin dejar de explorar otras latitudes, hazme entender siempre lo que es veraz y rechazar lo tramposo. Porque veo constantemente cómo se quiere hacer convivir lo interesado y ambicioso con la gratuidad y la liberalidad, lo egoísta con lo generoso, lo desprendido con lo ruin, y con pretexto de hacer bien a otros se busca el propio bien, hazme andar recto por tus caminos, evitando los recodos y sinuosidades de la falsedad. Porque oigo ensalzar la humildad desde la prepotencia, porque sé que es fácil convencerse a sí mismo de que se actúa bien, o al menos indiferente, cuando en el fondo algo nos insinúa dentro que aquellas andaduras son traicioneras, aunque favorezcan, ten presente siempre mi ruego, haz que camine con lealtad. Haz que camine con lealtad por tus caminos, sin mirar si los que andan en mi vecindad lo hacen o no, sin tener en cuenta si sus argucias pretenden atraparme. Hazme fiel y leal, puesto que fidelidad y lealtad son las perlas más valiosas que he conocido al recorrer tantos caminos, metas brillantes en altas cumbres no siempre al alcance.
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