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El Rosario de Ecclesia Digital – El documento completo Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
lunes, 19 de octubre de 2009

He aquí el medio centenar de colaboraciones con los misterios del Rosario

En ECCLESIA Digital ya tenemos un Rosario coral con los comentarios de nuestros internautas. Sobre medio centenar de meditaciones. Gracias a todos. ECCLESIA Digital somos todos, somos cada vez más.

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Misterios Gozosos (lunes y sábado)

1. La encarnación del Hijo de Dios. (Lc 1, 30-32, 38) 

(1) Por Emilia Martínez Carillo, de DERECHO A VIVIR

 

“El Ángel del Señor anunció a María;

y Concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.”

 

El anuncio del Ángel a María incluía su embarazo, lo que llevaba consigo muchos riesgos y problemas graves con el esposo, con los padres, con la autoridad religiosa, con la gente... Corría el riesgo de ser duramente castigada y María, aún así, entonces dijo: “Hágase en mí según tu voluntad”, dijo “sí” a Dios. Asumiendo todos los riesgos que pudieran sobrevenir y abandonándose en manos del Padre.

Roguemos para que a ejemplo de la Virgen Maria, las madres gestantes tengan la generosidad de decir “sí a su propio hijo” dejando en manos de Dios la transmisión de la Vida.

 

(Este texto corresponde a la meditación del rezo del Rosario

que realizan cada día 25 de cada mes los miembros de Derecho a Vivir)

(2).- Por Luis Santamaría del Río

La Encarnación del Hijo de Dios. Piedra de escándalo y explosión de alegría, causa de duda y fuente de esperanza. Y todo porque un día cualquiera se convirtió en la plenitud de los tiempos: el Dios eterno vino y habitó, bajó y se quedó, descendió y se encarnó. La lex orandi de la Iglesia lo recuerda cada día, porque desde entonces cada jornada tiene una nueva luz, la del Dios hecho hombre. Y repetimos sin cansarnos nunca: “angelus Domini nuntiavit Mariae”. El Rosario comienza con esta verdad, con el corazón de la fe cristiana. Un misterio desgranado en tres capítulos que no son partes, sino dimensiones de un hecho trascendental para la historia de los hombres, de todos los hombres. Es lo que hacemos en el Ángelus.


ANUNCIO

“El ángel del Señor anunció a María… y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”. Un ángel y una chica. Un encuentro muy, pero que muy peculiar. Un mensaje de parte de Dios, que va a determinar la historia de María, y con ella, la de la humanidad entera. Un anuncio que rompe todas las previsiones y hace que el Eterno pase por las agujas de los relojes y por las arrugas de la carne. Es el Espíritu Santo quien se encarga de “hacer” algo que nunca terminaremos de entender: hacer germinar la vida humana en el seno de una virgen, y que ese ser humano sin capacidad aún de hablar sea la Palabra definitiva del Padre eterno.

ACEPTACIÓN

“He aquí la esclava del Señor… hágase en mí según tu palabra”. Así de fácil: la palabra del ángel tiene una respuesta inmediata, en una palabra de confianza y entrega total. Sin conocer las consecuencias reales de su “hágase”, pero sin tener tampoco una venda en los ojos, la chica acepta ser la Madre del Señor. Y desde entonces, todas las generaciones sentimos un hondo respeto, admiración y cariño ante su solo nombre. Y desde entonces, cada madre alumbra la esperanza desde el momento de la concepción, mucho antes de dar a luz. Y cada vientre es bendito porque Dios quiso bendecirnos a todos en Cristo, nacido de mujer.

ACAMPADA

“Y el Verbo se hizo carne… y acampó entre nosotros”. Puso su tienda en este desierto humano. Sólo hay que acercarse a Nazaret y contemplar en silencio el lugar que se venera como escenario de todo este acontecimiento, y dejar que la sensibilidad de cada uno reaccione ante el sitio de la acampada. Dios quiso habitar en lo más sencillo, e impresionarnos con esa humildad que tanta falta nos hace a los hombres. Y por eso podemos decir que nuestro mundo está lleno de Dios. Aunque lo echemos de menos muchas veces, porque no acabamos de creer del todo.

Y meditando estas cosas, y otras muchas que trajo consigo el momento axial de la historia del mundo, llamamos Padre a Dios con las mismas palabras de Jesús, y por diez veces le repetimos a aquella joven, que ahora nos cuida maternalmente, las palabras del ángel en el umbral de su corazón. “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”.

2. La visitación de Nuestra Señora a Santa Isabel. (Lc 1, 39-43)

(1).- Por Emilia Martínez Carrillo, de DERECHO A VIVIR

“¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?

 Dijo Isabel a María. Así que Escuché la voz de tu saludo,

saltó de gozo, el niño en mi seno.”

Conocido el embarazo de Isabel, María marchó presurosa a felicitarla, a celebrar y compartir con ella la alegría de una maternidad largo tiempo deseada y suplicada:

Sus conversaciones debieron ser sobre los caminos y sobre el futuro que les habían anunciado para ellas y para sus hijos. La fraternidad, las confidencias, todo género de ayuda recíproca. María e Isabel son un modelo.

Roguemos para que a ejemplo de la Virgen Maria, seamos alegre consuelo, para las madres embarazadas y angustiadas por su estado, que seamos capaces de acompañarlas con nuestro cariño y ayuda, dándoles esperanza, para que reciban con alegría a sus hijos.

 (Este texto corresponde a la meditación del rezo del Rosario

que realizan cada día 25 de cada mes los miembros de Derecho a Vivir)

(2).- Por Aquilino Bocos Merino, CMF.

“Feliz la que ha creído”. “Engrandece mi alma al Señor”. Muchas veces hemos meditado sobre el pasaje del Evangelio de Lucas, 1, 39-56. Es el texto de la Visitación y del Magníficat. Nos narra el encuentro de Isabel y María: dos madres, dos generaciones diversas, dos mujeres que han sido bendecidas por el Todopoderoso, único capaz de dar vida en la esterilidad y en la virginidad. Es el encuentro donde se saludan la antigua y nueva alianza y cuyo fruto es la admiración, el reconocimiento y la alabanza porque el Señor hace maravillas con los pobres y humildes, porque Dios muestra su misericordia y se hace cercano a los pequeños y a los débiles. No está de parte de los ricos, ni de los prepotentes.

 La lectura de este pasaje evangélico nos invita a comprender la relación que Dios tiene con María a quien la hace madre de su Hijo. María se dirige a Dios como Señor, “mi Salvador”. Ella sólo es su esclava, la obediente al plan divino. María nos hace sentir a Dios cercano, bondadoso y compasivo, y nos descubre el modo de actuar de Dios, cuya misericordia y fidelidad se extienden de generación en generación, saltándose las barreras de nuestras categorías y yendo más allá de las previsiones humanas.

Dios sigue visitando a su Pueblo. María sigue estando a nuestro lado recordándonos la alianza de amor que nos tiene. Meditando este misterio, al proclamar a María bienaventurada, confesamos nuestra fe y bendecimos a Dios Padre misericordioso porque sigue liberándonos de las esclavitudes y haciéndonos servidores del Reino inaugurado por Jesús. Cualquiera que abra los ojos y contemple a los miembros de la comunidad cristiana, en la que vive, advertirá muchos signos y magníficos testimonios de cómo ha sobreabundado la gracia y de cómo, a través de la presencia de María, se hecho luz en las tinieblas y la fragilidad se ha convertido en roca fuerte de esperanza.  

3. El nacimiento del Hijo de Dios. (Lc 2, 6-11)

(1).- Por Emilia Martínez Carrillo, de DERECHO A VIVIR

“Se apareció el Ángel del Señor, y una inmensa Luz, despertó a los pastores llenándolos de de temor. Y el Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

 Roguemos a la Santísima Virgen Maria, para que estemos abiertos a los planes de Dios, que siguen su curso valiéndose de los acontecimientos humanos; a poner nuestra confianza en Dios y que a ejemplo de Jesús que nació en pobre pesebre, las familias no pongan objeciones a la vida en pro de la sociedad del bienestar, pues en los planes de Dios siempre esta unido, lo sublime de lo divino y lo más humilde de lo humano.

(Este texto corresponde a la meditación del rezo del Rosario

que realizan cada día 25 de cada mes los miembros de Derecho a Vivir)

(2).- Por Elías Cabodevilla Garde, capuchino

En el tercer misterio gozoso del Rosario contemplamos el Nacimiento del Hijo de Dios. A este misterio admirable de un Dios que se hace hombre se refieren con brevedad el Evangelista San Juan: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14); y el apóstol San Pablo: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Gal 4,4). Pero es en los Evangelistas San Mateo (Mt 1,18-2,12) y San Lucas (Lc 2,1-21) donde encontramos más detalles sobre el mismo. En San Lucas leemos: «También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí, le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (Lc 2,4-7).

A la comprensión de este misterio nos ayudan los textos bíblicos, tanto los que lo anuncian en el Antiguo Testamento, como éste de Isaías: «Mirad: la Virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre “Dios-con-nosotros”» (Is 7,14), como, los del Nuevo, sobre todo los que he citado; y a su contemplación, las muchísimas representaciones del mismo en los retablos de nuestras iglesias, en los cuadros de tantos artistas del pincel, en los christmas, en las imágenes del Niño en la cuna…

Una ayuda muy especial la inició San Francisco de Asís en Greccio, al representar de forma visible este misterio, «para contemplar de alguna manera con mis propios ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» (lC 84).

Y si, al señalar ayudas para esta contemplación, no podemos olvidar las bellísimas composiciones de los poetas y los mensajes llenos de encanto de los villancicos populares, hemos de dar relieve especial a las vivencias de los Santos, cuando éstos o sus biógrafos nos las han dejado por escrito. Por referirme sólo a la Familia Franciscana, de Francisco de Asís dice Celano: «Con preferencia a las demás solemnidades celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús… La compasión hacia el niño, que había penetrado en su corazón, le hacía incluso balbucear palabras al modo de los niños. Y era este nombre para él como miel y panal en la boca» (2C 199); Santa Clara Asís invita así a la Beata Inés de Praga en una de sus cartas: «Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró un tal Hijo: los cielos no lo podían contener y ella, sin embargo, lo llevó en el pequeño claustro de su vientre sagrado, y lo formó en su seno de doncella» (Cl3C,18-19); y, en nuestros días, el Padre de Pietrelcina escribe: «Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor y que tu fuego me consuma, me abrase… y glorifique tu bondad y tu caridad» (Ep. IV, p.871).

La contemplación, en el Rosario, del este misterio del Nacimiento del Hijo de Dios debe dejar en nosotros, entre otros, estos frutos:

· Un nueva experiencia de ser amados por Dios, pues «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él» (1Jn 4,9).

· Un gozo renovado, pues el Hijo de Dios se ha hecho hombre para salvarnos del pecado: «Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,21).

· Una apertura mayor a la salvación de Dios o, mejor, al Salvador, pues «A cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre» (Jn 1,12).

· Y porque la salvación de Dios en Cristo es para todos, un amor fraterno que no olvide el «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19).

Y para que alcance los frutos indicados, nuestra contemplación debe ser con María y como María, que «Conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19).

4. La Presentación del Señor Jesús en el templo. (Lc 2, 22-25, 34-35)

(1).- Por Emilia Martínez Carrillo, de DERECHO A VIVIR

“Al cumplirse cuarenta días del nacimiento de Jesús la Virgen María tenía que purificarse, según la Ley de Moisés, fueron a Jerusalén llevando a Jesús, para presentarlo al Señor”

Movido por el Espíritu, el anciano Simeón; al entrar José y Maria con el niño Jesús, en el Templo, lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel»

Roguemos a la Virgen Maria por las familias, que la riqueza que la vida familiar encierra, a ejemplo de la sagrada Familia, irradie hacia los demás, la transmisión de los valores cristianos, ofreciendo sus hijos a la voluntad del Señor.

(Este texto corresponde a la meditación del rezo del Rosario

que realizan cada día 25 de cada mes los miembros de Derecho a Vivir)

5. La Pérdida del Niño Jesús y su hallazgo en el templo. (Lc 2, 41-47)

(1).- Por Emilia Martínez Carrillo, de DERECHO A VIVIR

“Cuando Jesús cumplió los doce años, fueron a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, según la costumbre; al volverse, pasados aquellos días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Cuando éstos se dieron cuenta de que no estaba en la caravana, se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, angustiados se volvieron a Jerusalén en su busca”

Y sucedió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; Todos los que lo oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y Yo, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»

Roguemos a la Santísima Virgen Maria por los Hijos, que al igual que Jesús, busquen Desear sólo la voluntad del Padre, y a ejemplo de Él, pidan a del mismo modo a sus padres les permitan cumplir la voluntad de Dios en sus Vocaciones.

(Este texto corresponde a la meditación del rezo del Rosario

que realizan cada día 25 de cada mes los miembros de Derecho a Vivir)

(2).- Por Ángela C. Ionescu

Me perdí en Belén. Cuando me di cuenta de que no veía a nadie de mi grupo, que no sabía adónde habían ido ni lo que correspondía hacer ni en qué lugar, me preocupé bastante. Perderse en Oriente no es lo mismo que hacerlo en Europa Occidental. En una esquina del cruce de varias calles, en medio del tumulto habitual, que es mucho y que para quien lo vive por primera vez (no era mi caso) parece una guerra inminente, empecé a pensar lo que podía hacer en aquella situación: coger un taxi hasta Jerusalén, llamar por teléfono (¿desde dónde?) a la residencia de las franciscanas, buscar a alguien con aspecto europeo entre aquella multitud… Y en paralelo, mi pensamiento iba insistentemente a la Virgen y ponía mi zozobra al lado de su angustia cuando buscaba a su Niño entre el barullo de la caravana que volvía de Jerusalén. No era la misma situación, desde luego, pero sin argumentos, sin razones ni demostraciones lógicas, sin contraponer nada, yo me colgaba de las faldas de la Virgen sin decirle ni una palabra.

Y recordé de pronto que el misterio gozoso del Niño perdido y hallado en el Templo había sido siempre mi preferido. Tenía, y tengo, pequeñas historias, antiguas y recientes, siempre de gratitud, siempre dichosas, en relación con él. Como pequeños guiños que sólo en lo íntimo se perciben y sólo en lo íntimo se sabe lo que son y significan. Sin palabras, sin explicaciones, sonrisas en el alma, regalos que ni se piensa en demostrar.

El alboroto del lugar parecía cada vez más confuso y estrepitoso. De repente, vi en una esquina a uno de los sacerdotes de mi grupo que iba a cruzar la calle con un niño Jesús de escayola, rollizo y sonrosado, en brazos. Grité su nombre casi entre burbujeantes carcajadas y eché a correr hacia él. Siempre le guardo enorme gratitud por haber aparecido en aquel momento.

 “¡Me ha encontrado el Niño Jesús!”, me iba diciendo a mí misma.

Hoy, años después, a los pies de la Virgen, le digo a su Niño los versos de un amigo, hace mucho perdido en el tumulto, y no de Belén: “Y si te pierdo, Dios mío, te pido que me encuentres”.

Misterios Luminosos (jueves)

1. El Bautismo en el Jordán. (Mt 3, 13, 16-17)

(1).- Por Antonio Díaz Tortajada

 

María: Tú estás cerca de la persona y mensaje de tu Hijo Jesús.

Le fuiste siguiendo los pasos en su vida cuando dejó Nazaret.

Contigo queremos entrar en su vida pública.

y contigo participar del bautismo

y escuchar la voz del Espíritu Santo.

 

El Precursor que todavía no nacido se alegra

ante la visita a su madre Isabel

nos orienta hacia Cristo:

Detrás de mí viene el que puede más que yo...

Yo os he bautizado con agua,

pero El os bautizará con Espíritu Santo.

Tu hijo Jesús se acerca a Juan

y le pide ser bautizado.

Jesús con este gesto rubrica la misión de Juan,

confirma que se ha iniciado el cumplimiento

de las profecías del Antiguo Testamento.

Jesús instituirá un nuevo bautismo.

Es el bautizo con Espíritu Santo

que perdona el pecado del mundo

y nos hace partícipes de la vida divina,

hijos adoptivos de Dios y herederos de la gloria.

Jesús vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo

bajar hacia El como una paloma.

 

Y se escuchó una voz del cielo:

“Este es mi hijo amado, mi preferido…”

El Padre habla sobre tu Hijo bajo la acción del Espíritu Santo.

Se cumple así la profecía sobre el Siervo de Yavé:

El Padre sostiene al Hijo sobre el que ha puesto su Espíritu.

Implica una especial revelación

del origen divino del Siervo.

Es el Hijo amado del Padre en el Espíritu.

Es su preferido.

 

María: Ayúdanos a acoger confiadamente

la voz del Espíritu Santo como lo hiciste tu,

que nos invita a escuchar la Palabra hecha carne en tu vientre. Amén

(2).- Por Julio Angel Arjona Pernia.

 

Treménda fue la sorpresa que se llevó Juan, a quien la historia le ha puesto el sobrenombre de Bautista. El Señor, el mismo Hijo de Dios, se introduce en el Jordán para recibir de su pariente el agua por la que nos anticipa e inaugura nuestro bautismo. Ante tal acontecimiento, el cielo se abre, las nubes, nuestras nubes se van, y ante tal claridad aparece la voz del Padre: "Éste es mi Hijo".

 

Hermoso este acontecimiento que nos recuerda y reafrima que María, era con todas, todas, la Madre de Dios. María como tal supo vivir en este espíritu de filiación, ella, aún sin necesitar el bautismo -puesto que fue preservada de la "mancha" original- supo que Dios es ante todo Padre.

 

Un Padre que no olvida a sus hijos. Un Padre que habita en cada uno de sus hijos -que como Jesús- han recibido el bautismo ¡Hermoso este "milagro! ¡Qué fácil se nos olvida! Por tanto, ante tal milagro de Dios EN nosotros, retomemos esa filiación con nuestro Padre. Vivamos como verdaderos hijos. Seamos verdaderos hijos.

2. La autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná. (Jn 2,1-5)

(1) Por Jacinto Maristany

 

En este primer milagro de Jesús, en el que “manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos” (Jn. 2, 11), es vital la intervención de Nuestra Señora. Cabe destacar:

 

SU ATENCIÓN ANTE LA PROBLEMÁTICA QUE SE LES HA PRESENRADO A LOS NOVIOS: “No tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado”. (Jn. 2, 3). María, en Caná de Galilea como hoy, se adelanta a nuestras necesidades, percibe aquello que precisamos antes de que nos demos cuenta de ello. Los novios no sabían que el vino escaseaba, que se estaba terminando, como en la actualidad nosotros, demasiado ocupados en la apariencia exterior, no vemos la ausencia en nuestro interior del color, el sabor y el olor de Dios. En su maternal amor, la Virgen, siempre pronta a ampararnos, ruega e intercede insistentemente por todos y cada uno de sus hijos.

 

LA SIERVA DEL SEÑOR SOLICITA LA AYUDA DE SU DIVINO HIJO. “NO TIENEN VINO”. Jesús había empezado el trato con sus discípulos, observaba amorosamente a aquellos que en breve le seguirían, pero no quería precipitar su manifestación. Responde a la petición de María con una frase aparentemente despectiva: “Mujer (la está diciendo que es la nueva Eva, la que será Madre del nuevo Pueblo de Dios), ¿qué nos va a mí y a ti? No es aun llegada mi hora” (Jn.2, 4). María, sabiendo que su Hijo no le niega ni negará nunca nada, adelanta el tiempo de su autorrevelación.

 

NUESTRA SEÑORA DICE A LOS SERVIDORES, Y NOS DICE A LOS QUE DEBEMOS HACER DE NUESTRAS VIDAS UN CONTINIO SERVICIO, “HACED LO QUE ÉL OS DIGA” (Jn. 2, 5). Cabe preguntarnos, ¿qué nos dice su Hijo? La respuesta viene a continuación: vivir el Evangelio. Las palabras con las que la Virgen nos invita a seguir a Jesús, se encuentran en el capítulo dos del Evangelio de San Juan, al principio del mismo, para que practicándolo con fidelidad guardemos la palabra que Dios nos ha dado, aunque con ello seamos aborrecidos por el mundo (Jn. 17, 14), sabedores de que el Señor no pide al Padre que nos saque del mundo sino que nos libre del mal y seamos santificados en la verdad: la palabra de Dios (Jn. 17, 14-18). María nos dice haced, que quiere decir poner en práctica. No seamos inodoros, insípidos e incoloros, sino imagen viva del color, el sabor y el olor de Dios. 

(2).- Por Antonio Díaz Tortajada

María: La alegría de tu Hijo no te fue ajena.

Asististe como Madre a la boda de unos amigos.

En la celebración de la fiesta se acababa el vino.

Tu Hijo salía  al encuentro de esta circunstancia

y realizaba el primer milagro a petición tuya:

Convierte el agua de seis tinajas en vino bueno.

De esta manera, la alegría volvía a aquella casa.

De esta manera, Jesús comenzaba sus signos,

manifestaba su gloria y crecía la fe de sus discípulos.

María de Caná: Nosotros necesitamos la transformación

de la frialdad al fervor del amor.

Nos falta perseverancia, valentía, coherencia y fidelidad.

Madre: Intercede ante Cristo por nosotros:

No nos queda vino que alegre nuestro corazón.

María de Caná: Con tu amor materno

cuida de los hermanos de su Hijo,

que todavía peregrinamos

y nos hallamos en peligro y ansiedad

hasta que seamos conducidos a la patria bienaventurada.

María de Caná: Cuida de nosotros.

Intercede por nosotros

ante tu Hijo para remediar nuestras necesidades.

Nos dices: Haced lo que El os diga.

Es una exhortación materna

para que nos abramos a la vida y a las enseñanzas de Jesús.

Seguir las indicaciones de tu Hijo

es la clave para que se realice la transformación de nuestras vidas.

Queremos hacer lo que El Jesucristo, nos dice.

Que nos abramos a su gracia y perseveremos en ella.

Que sigamos sus enseñanzas con todas sus consecuencias.

María de Caná: No te canses de interceder por nosotros.

Amén.

3. El anuncio del Reino de Dios llamando a la conversión. (Mc 1, 15, 21; 2,3-11)

(1).- Por José Manuel Calvo Granizo

Jesucristo comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios después que Juan predicara en el desierto, de que fuera bautizado en el Jordán por Juan el Bautista y fuera tentado por el demonio en el desierto.

El evangelista Marcos nos muestra claramente como Juan Bautista no hablaba de él mismo, sino del que venía de tras de él. Juan nos advierte que el pueblo ha tenido unas leyes e instituciones que no lo han fecundado, que no lo han dejado preñado, y que él no es el esposo que esta viuda, la sociedad infecunda de aquella época, sino que el que viene, Jesús de Nazaret. El es el verdadero esposo que nos viene a fecundar con espíritu, al igual que se fecundo la Virgen María. He aquí el simbolismo típico de Marcos. El que viene realmente es el esposo que te va a hacer fecundo, que de dará el Espíritu, que te permitirá cruzar el desierto de tu vida.

Juan invita a preparar el camino. Y el es el que prepara el camino para que el Hijo de Dios sea el que predique que el Reino de Dios y que ha llegado con él. Esta llegada, como ha dicho Juan en el bautismo, como decimos en el miércoles de ceniza, conlleva una llamada, un clamor, una máxima: “Convertíos y creed en el Evangelio”.

Convertirnos para asemejarnos al esposo que viene a fecundarnos con el Espíritu.

Convertirnos para ser imágenes vivas del Hijo.

Convertirnos para poder ser llamados hijos en el Hijo.

Convertirnos para que el Reino de Dios habite en nuestras vidas de forma plena.

El anuncio no es algo que se dice una vez y ahí queda. No es así. Es un anuncio continuo que todo cristiano ha de hacer realidad y vida cada día de su vida. Y en cada momento en el que estemos en este peregrinar por esta tierra, para que el Reino de Dios llegue a instaurarse en nuestras vidas de forma plena.

(2). Por- Antonio Díaz Tortajada

María: La Iglesia ve en ti el ejemplo fiel de todo cristiano.

Clama ante el corazón misericordioso de Hijo Jesús

la ayuda para que nuestros corazones

puedan responder a la conversión del Evangelio.

Ilumínanos los caminos que debemos recorrer

para acoger la invitación de realizar

lo que nos dice tu Hijo Jesús.

Jesús comienza su actividad apostólica

invitándonos a la conversión.

Predica el Reino;

no es un reino humano;

es el reino interior de la gracia

que nos introduce en la comunión trinitaria,

que nos hace participes de la vida divina,

hijos adoptivos de Dios y herederos del Cielo.

Es un reino que ha de iluminar al mundo.

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande;

a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,

una luz les brilló.

Que tú, María, seas la luz en nuestro caminar

para saber responder a ese cambio del corazón y de la mente.

Para acoger el Reino anunciado por tu Hijo

es necesaria la conversión.

Jesús comienza su predicación diciendo:

“Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos”.

Necesitamos convertirnos,

dejando el pecado como condición

para ser partícipes de su Reino.

Necesitamos vivir en tensión  de conversión

tratando de superar el pecado

y los afectos desordenados para perfeccionar nuestra vida

para santificarnos como hijos del Reino.

Tu Hijo sigue buscando colaboradores

que continúen la predicación del Reino

y la llamada a la conversión por los caminos del mundo

y a través de los tiempos.

Llamó a Simón Pedro y a Andrés:

“Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres” .

También llamó  a Santiago y a Juan

que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre

y lo siguieron” .

Jesús sigue llamando hoy

a nuevos colaboradores para su Reino.

María: Que sepamos responder con generosidad a esta llamada.

Madre: Enséñanos a acoger la palabra

y la vida de Cristo que nos salva,

enséñanos a comprometernos a la santidad

con una conversión sincera

y danos la fidelidad a la vida de la gracia,

para ser colaboradores de la obra de Cristo,

fieles a la Iglesia, en medio del mundo.

Amén.

4. La Transfiguración del Señor. (Mt 17, 1-3, 5)

 (1).-Por Angel Moreno Sancho de Buenafuente

“Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo” (Mc 9, 2-3).

Venid, subamos al monte del Señor, a la casa de Dios, a su Santuario, donde Él quiere manifestarse a sus amigos. María es la casa de Dios por excelencia.

A Abraham Dios le pidió que subiera al monte Moriac, y que allí sacrificara a su hijo único. El patriarca fue testigo de la misericordia divina, cuando el ángel del Señor le impidió matar a su hijo, y a cambio le ofreció sacrificar un cordero.

A Moisés el Señor le invitó a subir el solo al monte, allí hablaba con él como un hombre habla con su amigo, y de la relación tan íntima con Dios, Moisés irradiaba luz en su rostro.

Elías, después de superar la crisis en el desierto del Negueb, llego hasta lo alto del monte Horeb, y tras el paso de la tormenta, del huracán, y del incendio, se sorprendió, en medio de la brisa y del silencio, ante la voz del Señor que lo llamaba por su nombre.

Jesús subió a la montaña alta con sus discípulos más amigos, y ante ellos se manifestó transfigurado, concentrando la imagen del hijo amado de Abraham, del resplandor de Moisés, y de la voz de cielo de Elías.

En la contemplación de este misterio, eres invitado a subir quizá como Abraham, en una obediencia de despojo, como Moisés en una oblación en soledad, como Elías, superando toda contradicción y desesperanza, como los tres discípulos de Jesús, fiados en la palabra del Maestro.

En todos los casos fueron testigos de la teofanía, de la gloria de Dios, y aunque no comprendieran el significado de la experiencia, después les valió para superar la prueba mayor, que se concentra en el Misterio Pascual.

María subió la a la montaña de Judea, allí cantó el Magnificat.

Venid, subamos con María al monte del Señor.

(2).- Por Antonio Díaz Tortajada

María: La transfiguración de tu Hijo en el Tabor

fue una invitación a la esperanza.

Cristo quiso sostener a sus apóstoles

ante las dificultades que se aproximaban:

Su pasión y su muerte.

Fue como un anticipo de su resurrección y glorificación.

Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan,

subió con ellos solos a una montaña alta,

y se transfiguró delante de ellos.

Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador...

La transfiguración es también

una invitación a la esperanza para nosotros

que vivimos en medio de luchas y dificultades.

 

María de la transfiguración esperanzada:

Enséñanos a mirar a Cristo transfigurado.

Enséñanos de nuevo a saber escuchar a tu Hijo amado.

El Padre también nos invita a escuchar a su Hijo Jesucristo:

“Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

El Hijo amado del Padre es tu Hijo Jesucristo Dios-con-nosotros.

Escuchar al Hijo amado es escuchar a Dios.

Que sepamos responder a esta invitación

como tú en la mañana de la Anunciación:

Aquí, me tienes, Señor, para hacer tu voluntad

 

Santa María de la fidelidad:

Tú eres la Virgen oyente por la escucha de la Palabra,

fielmente guardada en tu corazón

desde la encarnación del Verbo

hasta el Calvario y la Resurrección.

Enséñanos a saber escuchar la palabra viva de tu Hijo

Y a guardarla amorosamente en el corazón

y a cumplirla con fidelidad.

Amén.

5º Misterio Luminoso: La institución de la Eucaristía. (Jn, 13, 1; Mt 26, 26-29)

(1).- Por Antonio Díaz Tortajada

María primer sagrario de la historia:

Cristo, tu Hijo, habiendo amado a los suyos

que estaban en el mundo,

los amó  hasta el extremo.

Esta es la verdad más profunda de la Última Cena:

Los amó hasta el extremo...

El cuerpo y la sangre, la pasión y la muerte,

son el amor

que se remonta hasta los confines de su poder salvador.

Cristo, tu Hijo, nos manda

que seamos portadores de su amor:

Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros,

vosotros también lo hagáis.

Es la caridad fraterna

que se expresa en espíritu de servicio.

La Eucaristía contiene y expresa

todo el amor de Cristo

como acto supremo de servicio

por la salvación de los hombres.

Para hacerlo entender,

Cristo lava los pies a sus apóstoles y les dice:

“¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?

Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor

y decís bien, porque lo soy.

Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies,

también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros:

Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros,

vosotros también lo hagáis”.

Para cumplir el mandato del amor fraterno,

esto es, para dar amor, hay que tener amor.

Para ello, es necesario poseer la vida de la gracia

alimentada por la Eucaristía.

Entonces nos sentiremos apremiados por el amor de Cristo.

Es el amor que nos urge a trabajar

por la salvación de los hombres nuestros hermanos

y por sus necesidades espirituales y materiales.

María, mujer eucarística:

Enséñanos a amarnos unos a otros como El nos amó.

La Eucaristía es la fuerza y el alimento del camino:

Es el alimento que nos sostiene

en el camino hasta alcanzar la meta.

Alimenta la vida de la gracia y causa la vida eterna:

El que come este pan vivirá para siempre.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

y yo lo resucitaré en el último día...

El que come de este pan vivirá para siempre.

La Eucaristía nos permite

vivir en comunión admirable con Cristo.

“El que come mi carne y bebe mi sangre

habita en mí y yo en El”.

La Eucaristía  no solo causa la vida eterna,

no solo es alimento y bebida del camino,

es comunión íntima con Cristo.

Nos permite recorrer el camino

en comunión de sentimientos con Cristo,

entregados al Padre, a la Iglesia y a los hermanos.

Madre nuestra: Tú fuiste el primer sagrario viviente.

Contigo damos gracias

por el don incomparable de la Eucaristía.

No podemos vivir ni caminar sin la Eucaristía.

Atráenos irresistiblemente hacia la Eucaristía,

que sea el centro de nuestra vida peregrina hacia la eternidad

como lo fue para ti tu hijo Jesucristo.

Amén.

(2).- Por José Miguel Pero-Sanz

 La vida pública entera del Señor es una progresiva manifestación, un acercamiento amoroso a cada uno de nosotros.

Con los apóstoles, hemos escuchado el testimonio de Juan, a raíz del bautismo de Jesús. Igualmente con ellos, hemos creído en Cristo al contemplar, desde Caná, sus milagros. El anuncio de su Reino constituía un llamamiento para convertirnos a Él. Junto a Pedro, Santiago y Juan, hemos percibido en su rostro transfigurado un anticipo de la gloria divina.

Y cuando llega su hora de pasar de este mundo al Padre (Jn 13, 1), nos muestra ese amor hasta el fin, es decir, hasta su más elevada e inimaginable cota: Tomad y comed, esto es mi cuerpo (Mt 26, 26), que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19) [… ] Esta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos (Mt 26, 28).

Pan roto, cuerpo entregado, sangre derramada.

Según escribía Juan Pablo II, Jesucristo […] ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar en el Calvario. En la Sagrada Eucaristía, saltando las barreras del tiempo y del espacio, nos hacemos presentes a su sacrificio. Podemos ofrecerlo y ofrecernos también nosotros mismos, como lo hiciera María Santísima el Viernes Santo, en las afueras de Jerusalén. Nuestras vidas, alegrías, penas y labores sólo son dignas de ser vividas, si nos incorporamos a la Cruz del Señor. Junto a nuestra Madre, en el Gólgota –en el altar- es donde pierden su insignificancia y saltan hasta la vida eterna.

Allí también es donde, ganadas por la muerte y resurrección de Cristo, bajan a nosotros las gracias del cielo. Más aún, el “depósito” mismo de todas ellas: el propio Jesús, a quien nos comemos. En los sacrificios de la Antigua Ley, las víctimas eran asimiladas por quienes se alimentaban con ellas. Aquí somos nosotros quienes nos convertimos en el Sacrificado. No se nos ofrece un trozo de pan y un poco de vino, sino el Cuerpo y la Sangre –con el alma humana y la divinidad- del Señor, a quien adoramos bajo aquellas apariencias. Además, todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa (Benedicto XVI).

 En el Santo Rosario contemplamos los misterios de la vida de Jesús con los ojos de María. Me gusta pensar que Nuestra Señora andaba por la casa del cenáculo, cuidando discretamente de que todo estuviese a punto. Me gusta igualmente imaginar sus sentimientos cuando Juan o el propio Jesús le refiriesen el portento que acababa de instituirse. Nuestro Señor, tiempo atrás en Cafarnaún, había declarado públicamente que todos deberíamos comer su cuerpo y beber su sangre. Es muy posible que también a su Madre le hubiese anunciado personalmente: “Volveré, con mi cuerpo, a estar dentro de ti”. Como de costumbre, la Santísima Virgen habría meditado esas palabras en su corazón, sin acabar de entenderlas. Ahora sí.

Los apóstoles salen con el Maestro hacia Getsemaní. Se despiden de María. Y a buen seguro comprenden que tienen ante sus ojos, en la Madre de Jesús, el modelo perfecto para ser también ellos portadores de Cristo.

 La Santísima Virgen es, efectivamente, Maestra de Eucaristía. Al pie de la Cruz, donde Jesús nos la da por Madre, aprendemos a participar en el sacrificio de Cristo. Y en los nueve meses que van de Nazaret a Belén nos muestra cómo tratarlo cuando lo recibimos en el sagrado banquete.

 Cuando se preparaba para su primera Comunión, enseñaron a San Josemaría Escrivá unas palabras que repetiría sin cansancio a lo largo de su vida, y podemos muy bien hacer nuestras:

 Yo quisiera, Señor, recibiros

 con aquella pureza, humildad y devoción

 con que os recibió vuestra Santísima Madre…

 Probablemente no lo consigamos. Pero la referencia está clara.

Misterios Dolorosos (martes y viernes)

1. La Oración del Señor en Getsemaní. (Lc 22, 39-46)

(1).- Por Andrés Escribano Abad.

Toda una noche de lucha consigo mismo, hablando con El Padre. Que duro debió de ser, para llegar a sudar sangre. Y mientras, los discípulos, como nosotros, con esa blandura que no resiste una noche de oración. Al final, hágase tu Voluntad, que es más Grande que la mía. Dios Todopoderoso y eterno que recordaste a Jesús que debía padecer por nosotros, ayúdanos a recoger los frutos de su sufrimiento. Que la Virgen de Fátima nos lleve por el camino recto hacia la Gloria del Señor. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amen.


(2).- Por Rafael Amo Usanos.

El alcance de esta escena es impresionante. En ella se deja ver cómo es Cristo “por dentro”. Verdadero Dios y verdadero hombre. Verdadero Dios que quiere liberar a los hombres del pecado por el amor. Verdadero hombre que sufre y se resiste a sufrir: “¡Padre! Aparta de mi este trago pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Un conflicto interior que se resuelve por la obediencia.

En el fondo, Cristo en sus días de la vida mortal no hizo otra cosa que descubrir la voluntad del Padre y llevarla a cabo. Como Dios y como hombre, sólo obedeció al Padre.

En cuanto que hombre, seguramente lo había aprendido de su madre. Ella también obedeció la voz de Dios por medio del ángel en el luminoso día de la Anunciación. No hay mucha distancia entre el Si de María y las palabras de Jesús en el huerto de Getsemaní.

Obedecer la voluntad del Padre es la esencia de la espiritualidad cristiana, en el día luminoso, y en la noche oscura. Descubrir los planes de Dios y llevarlos a cabo. Obedecer.

En los dos casos la obediencia no les convierte en esclavos sino que les da la verdadera libertad porque los conduce a Dios, fuente de libertad.

(3).- Por Julio Angel Arjona Pernia.

"Padre aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya". Este puede ser el tipo de oración -que de labios de nuestro maestro- podemos aprender para que nos marque toda nuestra vida. Ejemplo de esta oración de vida, es María.

 

Ella supo aceptar -como nosotros tenemos que aprender a hacerlo- la voluntad de Dios en su vida. Su maestro, el nuestro, su Hijo, ante el momento inminente que se le venía encima, exclamó esta oración. Una oración que no excluye el sufrimiento, sino que lo ilumina con una confianza total y absoluta en que la voluntad de Dios siempre es salvífica.

 

Así fue la vida de María. Una existencia marcada por la voluntad de Dios desde antes de la creación del mundo. Una vida, que como madre, tuvo sus momentos de sufrimiento, tuvo sus muchas lágrimas, pero ante todo, fue una vida con la mirada puesta en el cielo. Una vida que aceptaba en cada momento la voluntad de quien nos ilumina cada momento oscuro, porque su propio sufrimiento fue el que nos abrió las puestas del cielo.

 

Aprendamos de María, vivamos como María, suframos como María para que así nuestra vida sea el aprendizaje de su Hijo, la vida de su Hijo y el sufrimiento de su Hijo para que así alcancemos lo que Dios nos ha prometido: la vida eterna.

2. La Flagelación del Señor. (Jn 18, 33, 19;1)

(1).- Por Andrés Escribano Abad.

Atado a una columna, recibió un castigo físico tan inmenso, que le hizo quedar exhausto. La perdida de su preciosa sangre a través de la piel arrancada a latigazos, fue muy grande. También sus órganos internos sufrieron en exceso con los tremendos golpes de aquellos verdugos desalmados. Dios Todopoderoso y eterno que nos diste a tu hijo para sufrir por nuestros pecados, concédenos la Gracia de aprovechar el fruto de sus sufrimientos. Que la Virgen del Carmen nos guíe para conseguir la Gracia de Dios. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amen.

(2).- Por Elías Cabodevilla Garde, capuchino

En el segundo misterio doloroso del Rosario contemplamos la Flagelación de Jesús. Los Evangelios son muy parcos en detalles. San Mateo escribe: «Entonces, (Pilato) les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, se lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27,26); San Marcos, de forma muy parecida, dice: «Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran y, después, lo crucificaran» (Mc 15,15); San Juan es más breve: «Entonces Pilato ordenó que lo azotaran» (Jn 19,1); y San Lucas, en la sentencia que por dos veces pronuncia Pilato: «Por tanto, después de castigarlo, lo soltaré» (Lc 23,16.22), la palabra que utiliza indica que lo van a someter al terrible castigo de la flagelación. Lo había anunciado ya el profeta Isaías, en el tercer Cántico del Siervo del Señor: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban» (Is 50,6).

La flagelación, tormento inhumano y cruel como pocos, no es un invento de los romanos; pero los romanos la perfeccionaron haciéndola dolorosa y sangrienta hasta lo inimaginable. El instrumento que usaban era un bastón de madera con dos o tres correas de cuero de unos 40 centímetros de largo. Las correas, tratadas previamente con cera para darles más consistencia, llevaban incrustados, todo a lo largo, trocitos de hierro o de hueso puntiagudos. En los golpes, propinados con toda su fuerza por dos lictores, las correas, al caer sobre el cuerpo del flagelado, machacaban, cortaban, desgarraban y arrancaban trozos de piel, de músculos, de venas, de carne…, que saltaban por todas partes o quedaban colgando en jirones. ¿Y en Jesús? Así lo contempló proféticamente Isaías, en el cuarto Canto del Siervo del Señor: «Tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano… No había en él ni belleza ni esplendor, su aspecto no era atractivo» (Is 52,14-53,2).

Los romanos usaban la flagelación como castigo para los esclavos, los criminales, los traidores… ¿Y en Jesús? En el Evangelio de Juan, Pilato proclama la inocencia de Jesús: «Os lo voy a sacar de nuevo, para que quede bien claro que yo no encuentro delito alguno en este hombre» (Jn 19,4). ¿Entonces? En la Primera Carta de San Pedro tenemos la explicación: «Él cargó con nuestros pecados, llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la salvación. Habéis sanado a costa de sus heridas» (1P 2,24); y también, como anuncio, en Isaías: «Herido por Dios y humillado, eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus llagas nos curó» (Is 53,4-5).

Y si para los ciudadanos romanos el número de azotes no podía pasar de cuarenta, no había límite para los que no lo eran. Por tanto, ¡no hubo límite de número para Jesús!

*** * ***

En la espiritualidad cristiana la contemplación de la pasión de Cristo y, en ella, de la flagelación, ha sido y es una constante. Los muchos y artísticos lienzos de la flagelación, como los pintados por Caravaggio, Piero della Francesca, Navarrete, Pacheco, Roelas, Velázquez, Zurbarán, Alonso Cano, Murillo…, junto a los grupos escultóricos que representan este misterio y que recorren las calles de pueblos y ciudades en las procesiones de Semana Santa, han ayudado y ayudan a esta contemplación. En el Rosario, este segundo misterio doloroso tiene esta misma finalidad.

La flagelación de Jesús es un misterio siempre actual. Jesús sufre hoy en muchos hombres y mujeres que, contra su voluntad, son golpeados y heridos. Son también muchos los creyentes que se autoflagelan para compartir este doloroso sufrimiento de su amado Jesús y «completar a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas» (Col 1,24). Y no faltan los “privilegiados” a los que el Señor concede este dolorosísimo y singular regalo. Cuando el Padre Agustín de San Marco in Lamis, en carta de 30 de septiembre de 1915, pregunta, entre otras cosas, al hoy San Pío de Pietrelcina si «Jesús te ha hecho probar y cuántas veces su coronación de espinas y su flagelación», el Padre Pío tiene que responder, no sin resistencia, a su Director espiritual: «La respuesta a esta otra pregunta tiene que ser también afirmativa; en cuanto al número no sabría determinarlo; lo que puedo decirle es que desde hace años mi alma padece esto y casi una vez por semana». El rezo de este segundo misterio del Rosario debe llevarnos a buscar que nadie sea maltratado, a unir a los de Cristo los sufrimientos que nos depara la vida y, si Dios nos pide algo más, ¡a responder con generosidad!

3.- La coronación de espinas. (Mt 27, 29-30)

(1).- Por Andrés Escribano Abad.

Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: "Salve, Rey de los judíos". Y le daban bofetadas. (Jn 19,2-3) Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza, y levanta nuestra débil esperanza con la fuerza de la pasión de tu hijo. Concede que la paz de Jesucristo reine en el mundo y que nosotros trabajemos sin cesar para conseguirla.

Se Burlaron de Él. Además del maltrato y del sufrimiento físico se burlaron de Él poniéndole una corona de espinas. Le ponen un manto púrpura y le abofetean. ¿Cómo somos los hombres!. Cuanto más débil es el que tenemos enfrente, más lo despreciamos. Dios Todopoderoso y eterno que permitiste las burlas a nuestro Señor Jesucristo, no permitas que los hombres hagamos eso con los débiles.

Que la Virgen de las Nieves interceda por nosotros para conseguir lo que te pedimos. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amen.

(2).- Por Jesús Rodríguez Torrente

No sé, Madre, si entre las espinas hay alguna mía. No sé, Madre, si entre ellas alguna le produce tal dolor que le haga sufrir más. No sé, Madre, y siento temor y rubor cuando te lo digo. ¡Cuantas espinas desde entonces! No sé si son mías, Madre, pero sí sé que son nuestras y eso me hace temblar ante Él y mirarte de soslayo a ti, porque su dolor es tu dolor.

 

Tu que habías pensado tantos y tan buenos planes para tu hijo. Tú que, como madre, queráis beberte el dolor y que Él no sufriese más, ahí le tienes. Ahí le tienes lleno de espinas de un mundo que no quiere verle en la impotencia del que nada puede cambiar sino redimir. Ahí le tienes lleno de las espinas de sus discípulos de entonces y de ahora huidos, dispersos, sin rumbo decidido. Ahí le tienes lleno de las espinas de una humanidad que no cree en ella y negándose lo niega a Él. Ahí le tienes en la violencia que se instaura en venganza y odio sin reservas, sin tiempo, sin perdón y sin olvido. Ahí le tienes dolido con un mundo que agoniza en pobreza y otro que agoniza en riqueza. Ahí le tienes, con la corona fija, quieta, sujeta. Ahí le tienes y… aquí me tienes.

 

Aquí me tienes, mirándote a ti porque a El no me atrevo del todo. Porque estoy aquí y sigo llenado su corona de mis espinas y no sé como quitárselas y no puedo porque entonces quién asume mi dolor y no lo hace estéril ¿Quién asumiría mi pena y fragilidad y la convertiría en conversión y razón de vida? Aquí me tienes, Madre, te miro y te pido que, si puedes, le digas donde Tú sólo llegas, que lo siento pero que le necesito. Que lo siento pero que se lo agradezco. Que espero lograr no ponerlas algún bendito día.

 

Sé Madre que entre las espinas hay algunas mías, pero también que lo amo profundamente y que el amor, a veces o casi siempre, no es perfecto y duele. Lo sé y como sé de tu amor no dejes de mirarme para que pueda pedirte perdón y te siga pidiendo que pongas mis palabras en Su Corazón.

(3).- Por Jesús Antonio Hermosilla

Quiero empezar esta reflexión con el tercer misterio doloroso y terminarla con el quinto glorioso. Hay una relación muy estrecha entre ambos. Los une el enunciado: Jesús coronado, María coronada. Aparentemente son dos coronas muy diferentes, pero sólo aparentemente porque van de la mano, en uno y en otra.

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer les dijo: “dominad la tierra”. Hombre y mujer llamados a ejercer el señorío sobre todo lo creado, empezando por ser señores de sí mismos. Era una vocación a la libertad y al dominio. Sin embargo, Adán y Eva se dejaron dominar por Otro, renunciando a su vocación de criaturas, las principales pero criaturas y pretendiendo ser dioses. El desenlace ya lo conocemos: los seres humanos buscan desesperadamente, sin acabar de conseguirlo, dominarse unos a otros, dominar la naturaleza, dominar las enfermedades, detener el camino inexorable hacia la muerte.

La corona de espinas del que va a ser crucificado, el nuevo Adán, anuncia su triunfo. El va a ser el hombre nuevo que va a realizar en plenitud la vocación primigenia: dominar el universo y la historia. El es el camino. La corona de espinas es el camino. Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y muerte de cruz. Las espinas que la tierra ha producido fruto del pecado se clavan en la frente de Aquel que se hizo en todo como nosotros menos en el pecado. Ahora toda rodilla se dobla a su Nombre y toda lengua proclama que él es El Señor. La corona sangrante es el icono de lo que ha sido su vida: la victoria sobre el príncipe de este mundo, sobre el legalismo farisaico, sobre la enfermedad y la muerte, conseguida mediante el sometimiento total a la voluntad del padre, el anuncio de la verdad y la donación de la vida.

Señor Jesucristo, amado del alma,

dame la luz suficiente para ver, espontáneamente, inmediatamente,

en cada espina cotidiana un momento precioso para sintonizar contigo,

un pasito adecuado en el camino de mi vocación al señorío y a la libertad,

un gramo de oro para la corona del triunfo. 

María, madre del rey coronado de espinas, cuya sangre bebo en el Sacramento,

enséñame a caminar por la vida contemplando a tu Hijo

en quienes llevan con amor su corona,

porque ellos son los que heredarán la tierra y reinarán en el Reino.

4. Jesús carga con la cruz. (Mt, 27, 31; Jn 19, 17; Mc 15, 21)

(1).- Por Andrés Escribano Abad

Además de condenado, apaleado. ¿Cómo podía un hombre en su extrema debilidad por el castigo recibido en la columna, cargar con semejante madero?. Claro que no podría, pero lo intento al máximo y sufrió todavía más. Pero así estaba profetizado que debería de ocurrir. Dios Todopoderoso y eterno que obligaste tu hijo cargar con su Cruz para redimirnos, ayúdanos a nosotros, débiles física y espiritualmente, a cargar con nuestra cruz. Que la Virgen de la Almudena, nos guíe por el camino recto liberándonos del peso de nuestras cruces. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amen.

(2).- Por Luis Marín San Martín, OSA

La cruz. Escándalo y necedad. El sufrimiento nos desconcierta, nos sacude interiormente: los muertos en guerras crueles y olvidadas, la atroz devastación causada por las frecuentes catástrofes naturales, los rostros del hambre y de la miseria, el sordo dolor de quienes viven en soledad, casi arrojados a un mundo de tinieblas. ¿Por qué, Señor? No sabemos… nos supera, nos duele, nos desasosiega. Buscamos respuestas y no las encontramos. Y sentimos la tentación de la rebeldía ante algo a todas luces escandaloso. El sufrimiento, la cruz… cuando todo dentro de nosotros grita una incuestionable vocación a la alegría y a la felicidad plena. Tanto dolor, tantas lágrimas… ¿Por qué, Señor? Y, al dirigirte nuestra pregunta, nuestro grito de angustia, te contemplamos llevando tu cruz… y comprendemos que no sólo la llevas a través de las polvorientas calles de Jerusalén, sino en todos los hombres y mujeres que lloran y que mueren, en todos aquellos destrozados por el peso de la existencia, en los desfavorecidos, en los ignorados. Sí Señor. Sabemos que tú estás en ellos. Que tú eres ellos. Aunque parezca una necedad. Mucha gente se ríe de nosotros, nos ridiculiza... También se burlaron de ti. Es el absurdo de un Dios sufriente, un Dios mezclado en la historia, que arrastra su cruz en los dolores del mundo. Y nos sentimos desvalidos ante la inmensidad del misterio, que aparece envuelto en el escándalo de lo impenetrable. ¿Por qué sufrir cuando se puede evitar? ¿Por qué compartir el dolor ajeno cuando no hay necesidad? ¿Por qué te has encarnado así Señor, asumiendo nuestro fango, nuestra sangre, nuestra fealdad, nuestra miseria? ¿No era más fácil solucionarlo todo desde la segura realidad de tu cielo? Te miramos con el corazón y entonces podemos ver claro… Amaos como yo os he amado, nos dijiste… Y sólo en el amor encontramos la respuesta. Porque Dios es Amor. Un amor absoluto, pleno, gratuito, total. El amor une a las personas que se aman: en Cristo Dios se encarna y asume nuestra naturaleza. El amor lleva a compartir la existencia, las luces y las sombras: Cristo llora, sufre, participa nuestro dolor. El amor lleva a buscar el bien de la persona amada: Cristo salva de forma absoluta y definitiva. Por eso es un Dios creíble: no está en las normas ni en los libros, sino en el corazón de los creyentes. Y así la cruz se abre al misterio mucho más grande, mucho más profundo, del amor.

Señor, que cargas con la cruz. Enciende el fuego en nuestra alma. Llénanos de amor para abrazar con generosidad la cruz de cada día y seguirte; para convertir el madero de muerte en árbol de vida. Que seamos capaces de vivir en tu misericordia infinita y así, unidos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, podamos al menos aliviar un dolor, secar una lágrima; que no nos avergüence el mancharnos al dar un abrazo, al limpiar un rostro, al serenar una vida. Señor con la cruz a cuestas, de rostro ensangrentado y cuerpo destrozado: danos tu amor. Y entonces podremos ser, de verdad, testigos de tu Reino.

 

5. La Crucifixión y Muerte del Señor. (Lc 23, 33-34, 44-46; Jn 19, 33-35)

(1).- Por Andrés Escribano Abad

Sin ninguna piedad lo clavan al madero. Sin ninguna clemencia lo levantan entre ladrones. Sin pizca de humanidad le dan hiel y vinagre. Sin compasión se sortean sus prendas. Sin lastima le clavan la lanza. Pero así debía de suceder para redimirnos. Dios Todopoderoso y eterno que permitiste la muerte en la Cruz de tu propio Hijo, aplícanos los frutos de su sacrificio. Que la Virgen de La Candelaria nos ayude a seguir a su Hijo. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amen.



(2).- Por + Manuel Lozano Garrido “Lolo”

Contigo, Jesús, en esta ilusión, en este pensa­miento, tratando de meterme en tu figura, me noto todo el cuerpo desinflado, desmoronado en ese enorme pinchazo que es la muerte. Hago fuerzas y ni un tendón se mueve en mi cuerpo; la muerte, ahora, es verdad. Hasta la tierra la grita, agitándose de rebeldías, y el cielo ruge como un león fieramente acorralado. Pero ésa es tu pericia de muerte, nues­tra única muerte. El coraje y el estampido de los cielos o la escandalosa rebelión interior de la tierra no son, realmente, más que las señas de esa amplifi­cada eclosión de la nueva vida que surge hoy por todos los lugares. El mundo todo suena en este minuto a cascarón de huevos que se rompen a su hora para que salgan los hombres a la luz de la Gracia y la Promesa tan nuevos y alegres como los pollitos de una incubadora que concluyen su ciclo.

Muerto, tan muerto, Jesús, y ahí en tu áspero lecho de madera te nos quedas olvidando serena­mente. ¡Oh, no, yo no quiero —no debo— olvidar, si olvidar fuese echarte un velo por delante! A ellos, bien; y, a mí, Tú también en ellos, pero a Ti te quiero estampillar de este modo en mi mente y en mi corazón para siempre, aunque toda mi naturaleza tuviese que oler a carne chamuscada de debilidad. Junto a mi mesa camilla, en mi oficina, en la tertulia del café, paseando por la calle, azotado en cualquier encrucijada, Tú de fijo, con los brazos abiertos y claveteados para que ya nunca tengan la ocasión de cerrarse por el resentimiento de la ofensa.

¿Será posible, Cristo, que hasta en muerto te cuajes perdonando? Qué digo perdonando: ¡acari­ciando, amando! Y con intención perdurable.

Te has muerto en vilo. Lo que son las cosas: sin que Tú lo quisieras, ellos mismos se humillaron levantándote en alto. ¡Qué sencilla y pacífica realeza la Tuya, alzándote solo unos palmos, no mucho, que la avasallaría; lo suficiente para que haya de quedar en su sitio la majestad del amor!

Ya, aquí, Jesús, te pregunto: ¿cómo debe verse el mundo desde ese lugar y en esta hora? Deja que me ponga en tu lugar; que hable desde tu actitud; que mire con tus ojos; que sienta, incluso, con el impalpable latido de tu corazón de muerto.

Empiezo a ver, primero, los hombres debajo, los pobres hombres, los desgraciados hombres, los ya posibles hombres felices por el agua de purificación que Yo les lluevo con los destellos de esta iluminada primavera.

Después, a un lado, la planicie de la ciudad y, enfrente, el campo, la hierba, los pájaros, las gallinas que picotean, el camino que se pierde, los montes que se aniñan en el horizonte... Por allí, muy lejano, se van perdiendo mis ojos y vuela, a su vez, la palo­ma de mi corazón con su mensaje anillado de amor y de esperanza. Mis paisanos de tez morena y narices curvadas ya lo saben, porque Yo se lo fui diciendo cada día, pero ésos los lejanos del tiempo y la distan­cia también lo pueden aprender desde hoy en la semilla de la esperanza que les esparzo desde lo alto de esta Cruz.

Misterios Gloriosos (miércoles y domingo)

1. La Resurrección del Señor. (Mt 28, 5-6)

(1).- Por Fray Alfonso Ramírez Peralbo, capuchino.

En una gran exposición internacional dedicada a los "Apócrifos. Memorias y leyendas más allá de los Evangelios", que se encuentra actualmente en la Casa de exposiciones de Illegio, pequeño burgo a 4 kilómetros al norte de Tolmezzo, acurrucado entre las verdes montañas de la región de Friuli-Venecia-Giulia, se haya expuesto un gran cuadro de Giovanni Guercino titulado Cristo Resucitado se aparece a la Virgen (1630). De por sí ya el título es muy llamativo y, sobre todo el que este tema haya sido tratado por uno de los grandes maestros de la pintura. Sin embargo, los evangelios al hablar de la Resurrección del Señor no refieren ninguna aparición de Jesús resucitado a su Madre.

Cabe, por tanto, preguntarse: ¿Cómo vivió María ese momento crucial de la Historia de la Salvación, ese paso de Jesús de la muerte a la vida, qué sintió en aquella noche oscura?

María fue bien consciente, en su vida, de que “una espada le atravesaría el corazón”. Con esa espada dentro vivió siempre. Al final, mientras Jesús estuvo clavado en la cruz, María se sintió también clavada en el patíbulo con él. Cuando lo bajaron de la cruz, lo pusieron en sus brazos: María parecía revivir la emoción de cuando era niño y quería sentarse despreocupado en sus rodillas.

¡Ahora estaba muerto! María tocó la muerte con sus propias manos: era verdad, era atroz, estaba frío como las losas de la tumba.

Pero Jesús era la Vida: y si la Vida atraviesa la muerte, la muerte ha sido vencida: ¡la muerte… ha muerto!

María volvió a casa con estos pensamientos y encendió la lámpara del sábado: miraba aquella luz que luchaba contra las tinieblas e iba de una esquina a otra de la habitación. ¡Qué largo fue aquel viernes, qué larga se le hizo aquella noche! Con el corazón la pasó junto al sepulcro, junto a su hijo:

¡… Esperando!

En la mañana del sábado, Pedro, Andrés, Santiago y Juan y Tomás… fueron a la casa de Marcos… a respirar el aire del “cenáculo”, a buscar un recuerdo de Jesús, a detener el eco vivo de aquellas palabras apenas pronunciadas pocas horas antes.

Se juntaron todos en torno a María y miraron juntos la lámpara aún encendida y… en un cierto momento pensaron todos lo mismo: ¡la lámpara es Jesús! Su luz no puede extinguirse, su luz volverá a brillar, porque Él había dicho: “Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Pasó aquel largo sábado, el sábado más largo de la vida de María… y llegó de nuevo la tarde y cayó otra vez la noche y la pesada oscuridad cargada de tristeza.

Pero la lámpara estaba allí sin apagarse: estaba allí… luchando contra las sombras, deteniendo la oscuridad, impidiendo que las tinieblas ahogaran la fiesta de la luz.

Y cuando las luces del primer día después del sábado comenzaron a despuntar, María velaba y esperaba: ¡esperaba… a él!

De repente una luz, improvisadamente, envolvió a María como en el día de la Anunciación y una voz dulce oyó en lo más profundo de su alma, una voz que la llamaba como ‘¡madre!’.

¡Era Jesús, era él, era su misma voz!

María sintió resonar las notas del Magnificat dentro de su corazón… fue sólo un instante: Jesús debía continuar, debía recorrer las calles de la ciudad, tenía que llegar al camino de Emaús y al camino de Damasco, debía dirigir sus pasos de peregrino de la luz y del amor en todas las latitudes de la tierra hasta los confines del mundo y en todas las épocas de la historia.

A María le bastó aquel rayo de luz y el eco de una voz que le decía: “¡Madre!”.

Luego le contaron a María que, en aquel día, Jesús entró en el Cenáculo, les hizo ver a los Apóstoles las heridas de la pasión y les dijo: “¡Paz a vosotros! Como el Padre me ha mandado a mí así os envío yo a vosotros”.

¡Qué valor!

A María ya nada le causaba asombro: Dios es Amor infinito y, por tanto, es valor infinito, es un desafío ante toda clase de miedo y bondad tenaz e indomable.

Pasaron algunos días y continuamente le llegaban noticias maravillosas: se ha aparecido cuando estaba Tomás y le ha reprochado su falta de fe, se ha aparecido a la orilla del lago de Galilea… Y le ha pedido a Pedro: “¿Me amas más que estos?” Se lo preguntó por tres veces no para reprobarlo sino para confirmarlo por tres veces en la gran misión de apacentar su grey.

Cuando Jesús fue apresado en Getsemaní, los apóstoles lo abandonaron y huyeron. Tras el final catastrófico de Jesús, la tarde del Viernes Santo, los apóstoles volvieron a sus casas, a sus redes y a sus ocupaciones anteriores; pero ya nada volvería a ser como antes, porque aquel Jesús condenado a muerte injustamente, Dios, en virtud del poder del Espíritu, lo había devuelto a la vida y en cualquier rincón donde se encontraran se haría el encontradizo con ellos, su vida había cambiado totalmente: ya estuvieran pescando, ya estuvieran remendando las redes, ora se hallasen reunidos en el cenáculo, ora fuesen de camino…

Finalmente, un día, después de recibir la fuerza de lo alto, los apóstoles se dispersaron por el mundo. María los vio alejarse con sus pobres sandalias, con su vestido de trabajo, con sus bolsas sin dinero. Eran pobres… pero caminaban ricos de Dios, estaban llenos del Espíritu de Jesús resucitado.

Eran pocos, tan sólo doce para millones de personas, eran débiles, sin mucha instrucción, pero partieron alegres con el corazón lleno de Evangelio, lleno de Jesús y anunciaron que Jesús está vivo, que ha resucitado, que es el Señor de la historia. Se convirtieron en voceros de la Resurrección del Señor. Y, desde entonces, la misma historia se repite y llega hasta nosotros.

¡El Señor ha resucitado! Con su martirio, los apóstoles, sellaron esa verdad que aún hoy sigue conmoviendo la historia: ¡Dios no es Dios de muertos, sino de vivos!

(2).-Por Andrés Escribano Abad

Si Cristo no hubiese resucitado, ¿Cuál seria nuestra esperanza?. Pero Él, resucito. Reconstruyo su Templo en tres días. Triunfo sobre los que le condenaron, y sobre todo triunfo sobre el mal y sobre el pecado. 

Señor Dios que has propiciado el triunfo de la Resurrección, sobre la muerte y sobre el pecado, ilumínanos con el resplandor de este inmenso milagro, para que podamos conseguir los frutos que de el se derivan. Que la Virgen de La Antigua, por medio de este Rosario, interceda por nosotros, para que nos encontremos entre los elegidos el día de la resurrección final. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.

2. La Ascensión del Señor. ( Lc 24, 50-51; Mc 16, 20)

(1).- Por Andrés Escribano Abad.

Los Apóstoles, se quedaron admirados, anonadados, viendo a su Señor subir hacia lo alto. Y nosotros también reconocemos nuestra pequeñez, ante la inmensidad de Dios y de su Creación. Al mismo tiempo nos mostramos deseosos de poder encontrarle y reconocerle en su segunda venida. Señor Dios que has propiciado la admirable Ascensión de tu Hijo al Cielo, concédenos a nosotros, fieles seguidores suyos, la Gracia de poder seguirle en este impresionante viaje a tu presencia. Que la Virgen del Pilar nos ayude con los frutos de este Rosario a poder realizar tan deseado transito. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.

3. La Venida del Espíritu Santo. (Hch 1, 14; 2, 1-4)

(1).- José Alberto Rugeles Martínez

Bien nos podemos imaginar el ambiente dentro del Cenáculo antes de la venida del Divino Espíritu Santo. Los apóstoles allí reunidos se encontraban en un estado de tibieza, de miedo, de miopía, de desanimo. Nuestro Señor, es verdad, se les había aparecido resucitado, lo habían visto comer, Tomás había introducido su dedo en las Divinas llagas, le habían visto subir a los Cielos, pero... ellos se habían quedado sin EL y temerosos. Veían delante de sí la enorme misión que tenían que cumplir: proclamar a Cristo Resucitado, decir a todos que era el Mesías, al que habían crucificado y dado muerte los fariseos. Y no tenían para ello fuerzas. Sentían el peso de su mediocridad.

Pero tenían la promesa del Divino Redentor de que les enviaría el Espíritu y esperaban. Junto a ellos, llena de confianza y con una certeza absoluta, rezando con un ardor único, María Santísima por ellos oraba, pedía e intercedía.

Y eh aquí, que de repente sienten una fuerza, un impulso, algo completamente inesperado, que los transforma en los mayores héroes de la Historia, sin temor a nada ni a nadie. Dispuestos a enfrentar el mayor imperio que jamás había existido sobre la Tierra y a proclamar la Divinidad de su Maestro.

 

Un ejemplo a seguir. Pidamos también nosotros a la Santísima Virgen que interceda por todos junto a su Divino Esposo, para obtenernos la plenitud de los dones que de tal manera transformaron a los discípulos de Jesús y así podamos cumplir nuestra misión con perfección. Pidamos a Ella que diga una sola palabra al Espíritu Santo de manera que nuestras almas tibias, débiles y cargadas de pecados sean inmediatamente transformadas.

 

Hagámoslo con confianza, sabiendo que Ella siempre obtiene lo que nos conviene y así seremos verdaderos testigos de Jesucristo, apóstoles del Tercer Milenio, heraldos de la nueva evangelización.

(2).- Por Andrés Escribano Abad.

Y Dios les envió el Espíritu Santo, que les infundió sus Dones. Desde entonces, tuvieron sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, piedad, fortaleza, temor de Dios. Los Apóstoles pudieron hacer milagros, comunicarse en muchas lenguas y no desfallecer nunca en la difusión del Evangelio. También fueron asistidos por el Espíritu Santo en el momento de su martirio. 

Señor Dios, te damos Gracias por mantenernos siempre cerca de tu Espíritu. Desde que lo enviaste a los Apóstoles, no nos ha abandonado nunca. Te pedimos que por medio de su Gracia, seamos siempre dignos de tu amor. Que la Virgen de la Cabeza nos guíe siempre por los caminos del espíritu. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.

4. La Asunción de Nuestra Señora a los Cielos. (Ct 2, 10-11, 14)

(1).- Por José Serrano Belinchón

  

“Terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Son las palabras con las que el papa Pío XII declaraba solemnemente dogma de fe para toda la iglesia la Asunción de la Virgen a los cielos. Una verdad de que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, estuvo en la mente y en la conciencia de muchas generaciones de cristianos. Nos lo asegura la gran cantidad de templos bajo esa advocación, que ya existían antes de que la Santa Madre Iglesia decidiera declararlo verdad de fe para los cristianos de todos los tiempos a partir de aquel día.

 “María ha sido llevada por Dios en cuerpo y alma a los cielos, y los ángeles se alegran”. Así canta la Iglesia el día de su festividad solemne. Se alegran los ángeles porque es la criatura más excelsa de toda la Creación; más que ella, sólo Dios. Y se alegra la Trinidad beatísima en sus tres divinas personas porque Ella es Hija, Esposa y Madre de Dios. Y nos alegramos también nosotros, porque Jesús nos la dejó como Madre.

 Te vas, Señora; pero te quedas en nuestros santuarios, en los miles de ermitas en tu honor que a lo largo de los siglos te ha querido levantar la piedad cristiana. Te vas, Reina y Madre de misericordia. Te vas, sí; tu Hijo siente ardientes deseos por tenerte en el cielo, en cuerpo y alma, muy cerca de Él; pero te quedas con nosotros en lo más íntimo de este corazón nuestro, tan necesitado de protección, de tus cuidados amorosos, de tu cariño de Madre.

 Con la confianza de hacernos algún día merecedores de ser contados entre los elegidos, y poder así reunirnos contigo en la gloria del Padre, seguimos desgranando este cuarto misterio del Santo Rosario. 

(2).- Por Andrés Escribano Abad.

La persona más pura y limpia de la creación, la Madre de Dios, no podía tener un destino mejor que estar con su Hijo en el Cielo. Ella que acepto el anuncio del Ángel. Ella que siempre meditaba las cosas en su corazón. La que en Cana dijo “Haced lo que el os diga”. Ella que sufrió la Pasión de Jesús siempre a su lado, debía recibir el premio que su dignidad merecía. Señor Dios que hiciste que Maria fuese concebida sin el pecado original, que la adornaste con toda clase de virtudes, concédenos a nosotros poder gozar siempre de tu Gracia. Que la Virgen del Pino nos ayude a conseguir nuestros deseos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.

5. La Coronación de la Santísima Virgen. (Sal. 45, 14-15; Ap 11, 19;12, 1)

 

(1).- Por Jesús Antonio Hermosilla García

Jesús coronado de espinas, María coronada de gloria. Aparentemente son dos coronas muy diferentes, pero sólo aparentemente porque van de la mano, en uno y en otra. El coronado de espinas está ahora coronado de gloria y honor. Ella ha sido coronada reina y señora porque compartió la kénosis y las espinas del Hijo.

En María se ha cumplido en plenitud la vocación humana a “dominar la tierra”. La tarea que Eva frustró, se ha realizado en María. Ella es la primicia de lo que toda la humanidad espera alcanzar: el reinado y el señorío. Ella es la nueva Eva que ha participado ya plenamente en el triunfo del nuevo Adán.

También podía haber un misterio que contemplara a “María coronada de espinas”. Las espinas que la tierra produce fruto del pecado se han clavado también en la Inmaculada. Espinas que no dejaron de punzar en su corazón de madre durante toda su vida. La espada que profetizó Simeón estuvo precedida y acompañada de miles de espinas: “él pensó repudiarla en secreto”, “no había lugar para ellos en la posada”, “Herodes quiere matar al niño”, “hijo, ¿por qué nos has tratado así?, mira que tu padre y yo estábamos angustiados”, “mujer, qué nos va a ti y a mí”, “fueron a llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales”, “lo empujaron hasta el borde de un barranco con intención de despeñarlo”…

Ese ha sido el camino por el María ha llegado a ser la Coronada como reina y Señora de todo lo creado. Ahora es la mujer eternamente bella, llena de gloria y majestad. Ella nos muestra el camino a recorrer para “dominar la tierra”: ser la esclava del Señor, estar de pie junto al crucificado. Es la madre que nos acompaña en los fracasos que son triunfo y en los triunfos aparentes que son fracaso.

María, reina y señora, mujer y sierva del Señor, madre,

alcánzame del Espíritu Santo la humildad que hace grande,

la renuncia que da la libertad y el dominio,

la aceptación alegre de las espinas que me coronan de gloria.

Señor Jesucristo, a cuya derecha está la Reina coronada de estrellas,

que, rindiéndome ante ti cada día, sea alabanza de tu gloria

y camine por el mundo en la libertad que me das tú, mi Rey y Señor.

(2).- Por Andrés Escribano Abad

¡Qué imagen tan impresionante la que nos refiere el Génesis!: “Apareció una figura portentosa en el cielo: un mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas " (Ap 11,19; 12,1). Reina de los Ángeles, de los Patriarcas, de los Profetas, de los Apóstoles, de los Mártires. Reina también de los confesores y de los Santos. Reina de la Familia, de las Misiones y de la Paz. Reina del Santísimo Rosario, Asunta al Cielo, concebida sin pecado original. Señor Dios que coronaste a la Virgen Nuestra Señora con los máximos dones, concédenos a nosotros, poder gozar de su presencia para toda la eternidad. Que la Virgen de Guadalupe nos ayude a conseguir los dones del Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.