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El Rosario de Ecclesia Digital - 5º MISTERIO DE LUZ: Institución de la Sagrada Eucaristía Imprimir E-Mail
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Escrito por José Miguel Pero-Sanz   
viernes, 16 de octubre de 2009

        La vida pública entera del Señor es una progresiva manifestación, un acercamiento amoroso a cada uno de nosotros.

Con los apóstoles, hemos escuchado el testimonio de Juan, a raíz del bautismo de Jesús. Igualmente con ellos, hemos creído en Cristo al contemplar, desde Caná, sus milagros. El anuncio de su Reino constituía un llamamiento para convertirnos a Él. Junto a Pedro, Santiago y Juan, hemos percibido en su rostro transfigurado un anticipo de la gloria divina.

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Y cuando llega su hora de pasar de este mundo al Padre (Jn 13, 1), nos muestra ese amor hasta el fin, es decir, hasta su más elevada e inimaginable cota: Tomad y comed, esto es mi cuerpo (Mt 26, 26), que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía  (Lc 22, 19) [… ] Esta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos (Mt 26, 28).

Pan roto, cuerpo entregado, sangre derramada.

Según escribía Juan Pablo II, Jesucristo […] ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar en el Calvario. En la Sagrada Eucaristía, saltando las barreras del tiempo y del espacio, nos hacemos presentes a su sacrificio. Podemos ofrecerlo y ofrecernos también nosotros mismos, como lo hiciera María Santísima el Viernes Santo, en las afueras de Jerusalén. Nuestras vidas, alegrías, penas y labores sólo son dignas de ser vividas, si nos incorporamos a la Cruz del Señor. Junto a nuestra Madre, en el Gólgota –en el altar- es donde pierden su insignificancia y saltan hasta la vida eterna.

Allí también es donde, ganadas por la muerte y resurrección de Cristo, bajan a nosotros las gracias del cielo. Más aún, el “depósito” mismo de todas ellas: el propio Jesús, a quien nos comemos. En los sacrificios de la Antigua Ley, las víctimas eran asimiladas por quienes se alimentaban con ellas. Aquí somos nosotros quienes nos convertimos en el Sacrificado. No se nos ofrece un trozo de pan y un poco de vino, sino el Cuerpo y la Sangre –con el alma humana y la divinidad- del Señor, a quien adoramos bajo aquellas apariencias. Además, todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa (Benedicto XVI).

 En el Santo Rosario contemplamos los misterios de la vida de Jesús con los ojos de María. Me gusta pensar que Nuestra Señora andaba por la casa del cenáculo, cuidando discretamente de que todo estuviese a punto. Me gusta igualmente imaginar sus sentimientos cuando Juan o el propio Jesús le refiriesen el portento que acababa de instituirse. Nuestro Señor, tiempo atrás en Cafarnaún, había declarado públicamente que todos deberíamos comer su cuerpo y beber su sangre. Es muy posible que también a su Madre le hubiese anunciado personalmente: “Volveré, con mi cuerpo, a estar dentro de ti”. Como de costumbre, la Santísima Virgen habría meditado esas palabras en su corazón, sin acabar de entenderlas. Ahora sí.

Los apóstoles salen con el Maestro hacia Getsemaní. Se despiden de María. Y a buen seguro comprenden que tienen ante sus ojos, en la Madre de Jesús, el modelo perfecto para ser también ellos portadores de Cristo.

        La Santísima Virgen es, efectivamente, Maestra de Eucaristía. Al pie de la Cruz, donde Jesús nos la da por Madre, aprendemos a participar en el sacrificio de Cristo. Y en los nueve meses que van de Nazaret a Belén nos muestra cómo tratarlo cuando lo recibimos en el sagrado banquete.

        Cuando se preparaba para su primera Comunión, enseñaron a San Josemaría Escrivá unas palabras que repetiría sin cansancio a lo largo de su vida, y podemos muy bien hacer nuestras:

        “Yo quisiera, Señor, recibiros

        con aquella pureza, humildad y devoción

        con que os recibió vuestra Santísima Madre…”

        Probablemente no lo consigamos. Pero la referencia está clara.

 

        José Miguel Pero-Sanz

 

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