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En el tercer misterio gozoso del Rosario contemplamos el Nacimiento del Hijo de Dios. A este misterio admirable de un Dios que se hace hombre se refieren con brevedad el Evangelista San Juan: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14); y el apóstol San Pablo: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Gal 4,4). Pero es en los Evangelistas San Mateo (Mt 1,18-2,12) y San Lucas (Lc 2,1-21) donde encontramos más detalles sobre el mismo. En San Lucas leemos: «También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí, le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (Lc 2,4-7). 
A la comprensión de este misterio nos ayudan los textos bíblicos, tanto los que lo anuncian en el Antiguo Testamento, como éste de Isaías: «Mirad: la Virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre “Dios-con-nosotros”» (Is 7,14), como, los del Nuevo, sobre todo los que he citado; y a su contemplación, las muchísimas representaciones del mismo en los retablos de nuestras iglesias, en los cuadros de tantos artistas del pincel, en los christmas, en las imágenes del Niño en la cuna… Una ayuda muy especial la inició San Francisco de Asís en Greccio, al representar de forma visible este misterio, «para contemplar de alguna manera con mis propios ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» (lC 84). Y si, al señalar ayudas para esta contemplación, no podemos olvidar las bellísimas composiciones de los poetas y los mensajes llenos de encanto de los villancicos populares, hemos de dar relieve especial a las vivencias de los Santos, cuando éstos o sus biógrafos nos las han dejado por escrito. Por referirme sólo a la Familia Franciscana, de Francisco de Asís dice Celano: «Con preferencia a las demás solemnidades celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús… La compasión hacia el niño, que había penetrado en su corazón, le hacía incluso balbucear palabras al modo de los niños. Y era este nombre para él como miel y panal en la boca» (2C 199); Santa Clara Asís invita así a la Beata Inés de Praga en una de sus cartas: «Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró un tal Hijo: los cielos no lo podían contener y ella, sin embargo, lo llevó en el pequeño claustro de su vientre sagrado, y lo formó en su seno de doncella» (Cl3C,18-19); y, en nuestros días, el Padre de Pietrelcina escribe: «Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor y que tu fuego me consuma, me abrase… y glorifique tu bondad y tu caridad» (Ep. IV, p.871). La contemplación, en el Rosario, del este misterio del Nacimiento del Hijo de Dios debe dejar en nosotros, entre otros, estos frutos: · Un nueva experiencia de ser amados por Dios, pues «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él» (1Jn 4,9). · Un gozo renovado, pues el Hijo de Dios se ha hecho hombre para salvarnos del pecado: «Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,21). · Una apertura mayor a la salvación de Dios o, mejor, al Salvador, pues «A cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre» (Jn 1,12). · Y porque la salvación de Dios en Cristo es para todos, un amor fraterno que no olvide el «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). Y para que alcance los frutos indicados, nuestra contemplación debe ser con María y como María, que «Conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Elías Cabodevilla Garde, capuchino
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