Escrito por Luis Alberto Loyo Martín, párroco de la Catedral de Bilbao
jueves, 15 de octubre de 2009
La manifestación de este próximo sábado 17 en Madrid es, a mi juicio, un excelente compromiso por la vida y la libertad.
Por la vida por el contenido mismo de la convocatoria, que rechaza la injusta e inmoral legislación que cercena de raíz la vida indefensa de un ser humano. Si muchas son las convocatorias que a lo largo del año recorren nuestras calles, ninguna de ellas defiende como esta el derecho primero y fundamental de aquellos que no tienen ni voz ni posibilidad de defensa ya que se encuentran al libre albedrío de sus madres.
Y por la libertad ya que es hora de elevar la voz con la legitimidad que nos da la verdad, el llamar a las cosas por su nombre evitando eufemismos que engañan y pervierten la realidad de las cosas. Llamar al aborto "interrupción voluntaria del embarazo" es una falacia. Una cosa que se interrumpe puede posteriormente reanudarse, y la vida humana que se elimina jamás podrá ser regenerada. Proclamar a los cuatro vientos el "derecho de la mujer a decidir" resulta grotesco cuando lo que decide no es sólo sobre sí misma sino sobre otro radicalmente distinto de ella que es la principal víctima de su decisión. Ninguna mujer tiene derecho a ser madre (ni el hombre a ser padre), ni derecho a eliminar la vida que en su seno se ha iniciado. La maternidad es una posibilidad que confiere la naturaleza, pero que puede no ser. Ahora el ser humano engendrado sí es sujeto de derechos. Debe tener derecho a unos padres que lo amen, lo cuiden y protejan y favorezcan su normal desarrollo. Es necesario que todas las personas con sentido humanitario, creyentes o no creyentes, salgan a las calles para expresar el clamor de la inmensa mayoría de los ciudadanos, cuyas voces han sido enmudecidas por un gobierno esclavo de los grupos de poder y presión sobre los que se sustenta.
Es momento de pedir cuentas por la grave amenaza que se cierne sobre tantas víctimas afectadas. No sólo las vidas humanas eliminadas, también las mujeres, en su mayoría jóvenes, cuyas secuelas las recordarán toda la vida la nefasta decisión tomada. Y también es momento de defender la libertad de conciencia de tantos profesionales de la medicina, médicos, enfermeras y farmacéuticos, que se ven amenazados por la maquinaria de muerte que se quiere poner en marcha.
Ya que la calle es de todos, nada mejor que ocuparla por defender la vida humana y su dignidad inalienable.