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El Rosario de Ecclesia Digital - 2º Misterio Doloroso: La flagelación de Jesús atado a la columna Imprimir E-Mail
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Escrito por Elías Cabodevilla Garde, ofm capuchino   
domingo, 11 de octubre de 2009

En el segundo misterio doloroso del Rosario contemplamos la Flagelación de Jesús. Los Evangelios son muy parcos en detalles. San Mateo escribe: «Entonces, (Pilato) les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, se lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27,26); San Marcos, de forma muy parecida, dice: «Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran y, después, lo crucificaran» (Mc 15,15); San Juan es más breve: «Entonces Pilato ordenó que lo azotaran» (Jn 19,1);

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y San Lucas, en la sentencia que por dos veces pronuncia Pilato: «Por tanto, después de castigarlo, lo soltaré» (Lc 23,16.22), la palabra que utiliza indica que lo van a someter al terrible castigo de la flagelación. Lo había anunciado ya el profeta Isaías, en el tercer Cántico del Siervo del Señor: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban» (Is 50,6).

La flagelación, tormento inhumano y cruel como pocos, no es un invento de los romanos; pero los romanos la perfeccionaron haciéndola dolorosa y sangrienta hasta lo inimaginable. El instrumento que usaban era un bastón de madera con dos o tres correas de cuero de unos 40 centímetros de largo. Las correas, tratadas previamente con cera para darles más consistencia, llevaban incrustados, todo a lo largo, trocitos de hierro o de hueso puntiagudos. En los golpes, propinados con toda su fuerza por dos lictores, las correas, al caer sobre el cuerpo del flagelado, machacaban, cortaban, desgarraban y arrancaban trozos de piel, de músculos, de venas, de carne…, que saltaban por todas partes o quedaban colgando en jirones. ¿Y en Jesús? Así lo contempló proféticamente Isaías, en el cuarto Canto del Siervo del Señor: «Tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano… No había en él ni belleza ni esplendor, su aspecto no era atractivo» (Is 52,14-53,2).

Los romanos usaban la flagelación como castigo para los esclavos, los criminales, los traidores… ¿Y en Jesús? En el Evangelio de Juan, Pilato proclama la inocencia de Jesús: «Os lo voy a sacar de nuevo, para que quede bien claro que yo no encuentro delito alguno en este hombre» (Jn 19,4). ¿Entonces? En la Primera Carta de San Pedro tenemos la explicación: «Él cargó con nuestros pecados, llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la salvación. Habéis sanado a costa de sus heridas» (1P 2,24); y también, como anuncio, en Isaías: «Herido por Dios y humillado, eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus llagas nos curó» (Is 53,4-5).

Y si para los ciudadanos romanos el número de azotes no podía pasar de cuarenta, no había límite para los que no lo eran. Por tanto, ¡no hubo límite de número para Jesús!

*** * ***

En la espiritualidad cristiana la contemplación de la pasión de Cristo y, en ella, de la flagelación, ha sido y es una constante. Los muchos y artísticos lienzos de la flagelación, como los pintados por Caravaggio, Piero della Francesca, Navarrete, Pacheco, Roelas, Velázquez, Zurbarán, Alonso Cano, Murillo…, junto a los grupos escultóricos que representan este misterio y que recorren las calles de pueblos y ciudades en las procesiones de Semana Santa, han ayudado y ayudan a esta contemplación. En el Rosario, este segundo misterio doloroso tiene esta misma finalidad.

La flagelación de Jesús es un misterio siempre actual. Jesús sufre hoy en muchos hombres y mujeres que, contra su voluntad, son golpeados y heridos. Son también muchos los creyentes que se autoflagelan para compartir este doloroso sufrimiento de su amado Jesús y «completar a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas» (Col 1,24). Y no faltan los “privilegiados” a los que el Señor concede este dolorosísimo y singular regalo. Cuando el Padre Agustín de San Marco in Lamis, en carta de 30 de septiembre de 1915, pregunta, entre otras cosas, al hoy San Pío de Pietrelcina si «Jesús te ha hecho probar y cuántas veces su coronación de espinas y su flagelación», el Padre Pío tiene que responder, no sin resistencia, a su Director espiritual: «La respuesta a esta otra pregunta tiene que ser también afirmativa; en cuanto al número no sabría determinarlo; lo que puedo decirle es que desde hace años mi alma padece esto y casi una vez por semana». El rezo de este segundo misterio del Rosario debe llevarnos a buscar que nadie sea maltratado, a unir a los de Cristo los sufrimientos que nos depara la vida y, si Dios nos pide algo más, ¡a responder con generosidad!

Elías Cabodevilla Garde, capuchino

Comentarios
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flordelasflores  - Decirleloagradable   |189.202.28.xxx |2010-02-05 02:02:46
Dios permitio no porque le guste sufrir tuvo motivos pero resucito y el que cree
que resucito lo agrada rez
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