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La cruz. Escándalo y necedad. El sufrimiento nos desconcierta, nos sacude interiormente: los muertos en guerras crueles y olvidadas, la atroz devastación causada por las frecuentes catástrofes naturales, los rostros del hambre y de la miseria, el sordo dolor de quienes viven en soledad, casi arrojados a un mundo de tinieblas. ¿Por qué, Señor? No sabemos… nos supera, nos duele, nos desasosiega. 
Buscamos respuestas y no las encontramos. Y sentimos la tentación de la rebeldía ante algo a todas luces escandaloso. El sufrimiento, la cruz… cuando todo dentro de nosotros grita una incuestionable vocación a la alegría y a la felicidad plena. Tanto dolor, tantas lágrimas… ¿Por qué, Señor? Y, al dirigirte nuestra pregunta, nuestro grito de angustia, te contemplamos llevando tu cruz… y comprendemos que no sólo la llevas a través de las polvorientas calles de Jerusalén, sino en todos los hombres y mujeres que lloran y que mueren, en todos aquellos destrozados por el peso de la existencia, en los desfavorecidos, en los ignorados. Sí Señor. Sabemos que tú estás en ellos. Que tú eres ellos. Aunque parezca una necedad. Mucha gente se ríe de nosotros, nos ridiculiza... También se burlaron de ti. Es el absurdo de un Dios sufriente, un Dios mezclado en la historia, que arrastra su cruz en los dolores del mundo. Y nos sentimos desvalidos ante la inmensidad del misterio, que aparece envuelto en el escándalo de lo impenetrable. ¿Por qué sufrir cuando se puede evitar? ¿Por qué compartir el dolor ajeno cuando no hay necesidad? ¿Por qué te has encarnado así Señor, asumiendo nuestro fango, nuestra sangre, nuestra fealdad, nuestra miseria? ¿No era más fácil solucionarlo todo desde la segura realidad de tu cielo? Te miramos con el corazón y entonces podemos ver claro… Amaos como yo os he amado, nos dijiste… Y sólo en el amor encontramos la respuesta. Porque Dios es Amor. Un amor absoluto, pleno, gratuito, total. El amor une a las personas que se aman: en Cristo Dios se encarna y asume nuestra naturaleza. El amor lleva a compartir la existencia, las luces y las sombras: Cristo llora, sufre, participa nuestro dolor. El amor lleva a buscar el bien de la persona amada: Cristo salva de forma absoluta y definitiva. Por eso es un Dios creíble: no está en las normas ni en los libros, sino en el corazón de los creyentes. Y así la cruz se abre al misterio mucho más grande, mucho más profundo, del amor. Señor, que cargas con la cruz. Enciende el fuego en nuestra alma. Llénanos de amor para abrazar con generosidad la cruz de cada día y seguirte; para convertir el madero de muerte en árbol de vida. Que seamos capaces de vivir en tu misericordia infinita y así, unidos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, podamos al menos aliviar un dolor, secar una lágrima; que no nos avergüence el mancharnos al dar un abrazo, al limpiar un rostro, al serenar una vida. Señor con la cruz a cuestas, de rostro ensangrentado y cuerpo destrozado: danos tu amor. Y entonces podremos ser, de verdad, testigos de tu Reino.
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