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La Encarnación del Hijo de Dios. Piedra de escándalo y explosión de alegría, causa de duda y fuente de esperanza. Y todo porque un día cualquiera se convirtió en la plenitud de los tiempos: el Dios eterno vino y habitó, bajó y se quedó, descendió y se encarnó. La lex orandi de la Iglesia lo recuerda cada día, porque desde entonces cada jornada tiene una nueva luz, la del Dios hecho hombre. Y repetimos sin cansarnos nunca: “angelus Domini nuntiavit Mariae”. El Rosario comienza con esta verdad, con el corazón de la fe cristiana. Un misterio desgranado en tres capítulos que no son partes, sino dimensiones de un hecho trascendental para la historia de los hombres, de todos los hombres. Es lo que hacemos en el Ángelus. 
ANUNCIO “El ángel del Señor anunció a María… y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”. Un ángel y una chica. Un encuentro muy, pero que muy peculiar. Un mensaje de parte de Dios, que va a determinar la historia de María, y con ella, la de la humanidad entera. Un anuncio que rompe todas las previsiones y hace que el Eterno pase por las agujas de los relojes y por las arrugas de la carne. Es el Espíritu Santo quien se encarga de “hacer” algo que nunca terminaremos de entender: hacer germinar la vida humana en el seno de una virgen, y que ese ser humano sin capacidad aún de hablar sea la Palabra definitiva del Padre eterno. ACEPTACIÓN “He aquí la esclava del Señor… hágase en mí según tu palabra”. Así de fácil: la palabra del ángel tiene una respuesta inmediata, en una palabra de confianza y entrega total. Sin conocer las consecuencias reales de su “hágase”, pero sin tener tampoco una venda en los ojos, la chica acepta ser la Madre del Señor. Y desde entonces, todas las generaciones sentimos un hondo respeto, admiración y cariño ante su solo nombre. Y desde entonces, cada madre alumbra la esperanza desde el momento de la concepción, mucho antes de dar a luz. Y cada vientre es bendito porque Dios quiso bendecirnos a todos en Cristo, nacido de mujer. ACAMPADA “Y el Verbo se hizo carne… y acampó entre nosotros”. Puso su tienda en este desierto humano. Sólo hay que acercarse a Nazaret y contemplar en silencio el lugar que se venera como escenario de todo este acontecimiento, y dejar que la sensibilidad de cada uno reaccione ante el sitio de la acampada. Dios quiso habitar en lo más sencillo, e impresionarnos con esa humildad que tanta falta nos hace a los hombres. Y por eso podemos decir que nuestro mundo está lleno de Dios. Aunque lo echemos de menos muchas veces, porque no acabamos de creer del todo. Y meditando estas cosas, y otras muchas que trajo consigo el momento axial de la historia del mundo, llamamos Padre a Dios con las mismas palabras de Jesús, y por diez veces le repetimos a aquella joven, que ahora nos cuida maternalmente, las palabras del ángel en el umbral de su corazón. “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”.
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