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Escrito por Ecclesia Digital   
domingo, 04 de octubre de 2009

África, «pulmón» espiritual de una humanidad en crisis

Homilía de Benedicto XVI en la apertura de la II Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos (4-10-2009)

 

 

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas:

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«Pax vobis! - ¡Paz a vosotros». Con este saludo litúrgico me dirijo a todos los que estáis congregados en esta Basílica Vaticana, donde hace quince años, el 10 de abril de 1994, el Siervo de Dios Juan Pablo II abría la I Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. El hecho que hoy nos encontremos aquí para inaugurar la segunda significa que, si aquél fue un acontecimiento ciertamente histórico, no se trató de algo aislado. Fue la meta de un camino que sucesivamente prosiguió y que llega ahora a una nueva y significativa etapa de comprobación y reactivación. ¡Alabemos por ello al Señor! Vaya mi más cordial bienvenida a los miembros de la Asamblea sinodal, que concelebran conmigo esta Santa Eucaristía, y a los expertos y a los auditores, en especial a cuantos provienen de la tierra africana. Saludo con especial agradecimiento al secretario general del Sínodo y a sus colaboradores. Me alegra mucho la presencia entre nosotros de Su Santidad Abuna Paulos, patriarca de la Iglesia ortodoxa Tewahedo de Etiopía, a quien le doy las gracias cordialmente, así como de los delegados fraternos de las demás Iglesias y de las Comunidades eclesiales. Me complace también recibir a las autoridades civiles y a los señores embajadores que han querido participar en este acto; saludo con afecto a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los representantes de organismos, movimientos y asociaciones y al coro congoleño que, junto con la Capilla Sixtina, anima esta nuestra Celebración Eucarística. 

Las lecturas bíblicas de este domingo hablan del matrimonio, pero, de manera más radical, hablan del designio de la Creación, del origen y, por ende, de Dios. En este plano converge también la Segunda Lectura, tomada de la Carta a los Hebreos, donde se dice: «Tanto el santificador —es decir Jesucristo— como los santificados —es decir los hombres— tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hb 2, 11). Del conjunto de las lecturas destaca, pues, de manera evidente la primacía de Dios Creador, con la validez perenne de su impronta originaria y la precedencia absoluta de su señorío, de ese señorío que los niños saben acoger mejor que los adultos, por lo que Jesús señala a los primeros como modelo para entrar en el Reino de los cielos (cf. Mc 10, 13-15). Ahora bien: el reconocimiento del señorío absoluto de Dios es ciertamente uno de los rasgos significativos y unificadores de la cultura africana. Naturalmente, en África existen culturas tan numerosas como diferentes, pero todas ellas parecen concordar en este punto: Dios es el Creador y la fuente de la vida. Y la vida —como bien sabemos— se manifiesta de forma primaria en la unión entre el hombre y la mujer y en el nacimiento de los hijos; la ley divina, escrita en la naturaleza, es por tanto más fuerte y preeminente que toda ley humana, según la afirmación clara y concisa de Jesús: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10, 9). Esta perspectiva no es ante todo moral, pues, antes que al deber, concierne al ser, al orden escrito en la Creación.

Queridos hermanos y hermanas: En este sentido, la liturgia de la Palabra de este día, más allá de una primera impresión, se revela particularmente adecuada para acompañar la apertura de una Asamblea sinodal dedicada a África. Quisiera subrayar en especial algunos aspectos que se imponen con fuerza y que atañen a la labor que nos aguarda. El primero, al que ya hemos aludido: la primacía de Dios, Creador y Señor. El segundo: el matrimonio. El tercero: los niños. Acerca del primer aspecto, África es la depositaria de un tesoro inestimable para el mundo entero: su sentido profundo de Dios, que he tenido ocasión de percibir directamente en mis encuentros con los obispos africanos en visita ad limina y aún más en mi reciente viaje apostólico a Camerún y Angola, del que guardo un recuerdo tan grato como emocionado. Precisamente a esa peregrinación por tierra africana quisiera ahora referirme, ya que en aquellos días abrí idealmente la presente Asamblea sinodal al entregar el Instrumentum laboris a los presidentes de las Conferencias Episcopales y a los jefes de los Sínodos de los Obispos de las Iglesias orientales católicas.

Al hablar de los tesoros de África, se piensa de inmediato en los recursos que atesora su territorio y que, desgraciadamente, han sido y en ocasiones siguen siendo motivo de explotación, de conflictos y de corrupción. En cambio, la Palabra de Dios nos invita a considerar otro patrimonio: el espiritual y cultural, del que la Humanidad anda aún más necesitada que de materias primas. «Pues —diría Jesús— ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8, 36). Desde este punto de vista, África constituye un inmenso «pulmón» espiritual para una humanidad que se presenta sumida en crisis de fe y de esperanza. Pero también ese «pulmón» puede enfermar. Y, por el momento, al menos dos peligrosas patologías están atacándolo: en primer lugar, una enfermedad extendida ya por el mundo occidental, o sea el materialismo práctico, combinado con el pensamiento relativista y nihilista. Sin entrar a investigar ahora la génesis de semejantes males del espíritu, resulta, con todo, indiscutible que el denominado «primer» mundo ha exportado y está exportando residuos tóxicos espirituales que contagian a los pueblos de otros continentes, entre ellos especialmente a los africanos. En este sentido, el colonialismo, terminado ya en el plano político, no ha acabado nunca del todo. Pero, precisamente en esta misma perspectiva, hay que señalar un segundo «virus» que podría infectar también a África, es decir el fundamentalismo religioso, mezclado con intereses políticos y económicos. Grupos que invocan diferentes pertenencias religiosas van extendiéndose por el continente africano; lo hacen en nombre de Dios, pero siguiendo una lógica opuesta a la divina, es decir enseñando y practicando no ya el amor y el respeto a la libertad, sino la intolerancia y la violencia.

Respecto al tema del matrimonio, el texto del capítulo segundo del Libro del Génesis nos ha recordado su fundamento perenne, que el propio Jesús confirmó: «Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gn 2, 24). ¿Cómo no recordar el admirable ciclo de catequesis que el Siervo de Dios Juan Pablo II dedicó a este argumento, partiendo de una exégesis de impresionante profundidad de este texto bíblico?  Hoy, al proponérnoslo precisamente en la apertura del Sínodo, la liturgia nos ofrece la luz superabundante de la verdad revelada y encarnada en Cristo, con la que se puede considerar la compleja temática del matrimonio en el contexto africano eclesial y social. También a este respecto quisiera, sin embargo, recoger brevemente una sugerencia que precede a toda reflexión e indicación de tipo moral y que está relacionada, una vez más, con la primacía del sentido de lo sagrado y de Dios. Tal y como la Biblia nos lo presenta, el matrimonio no existe al margen de la relación con Dios. La vida conyugal entre el hombre y la mujer —y, por lo tanto, de la familia que de esa vida se deriva— está inscrita en la comunión con Dios, y, a la luz del Nuevo Testamento, se convierte en icono del Amor trinitario y en sacramento de la unión de Cristo con la Iglesia. En la medida en que conserve y desarrolle su fe, África podrá encontrar inmensos recursos para destinarlos en beneficio de la familia basada en el matrimonio.

Al incluir en la perícopa evangélica también el texto acerca de Jesús y los niños (Mc 10, 13-15), la liturgia nos invita a tener presente desde ahora, en nuestro pastoral desvelo, la realidad de la infancia, que constituye una parte grande y, por desgracia, doliente de la población africana. En la escena de Jesús que acoge a los niños, oponiéndose indignado a los propios discípulos que querían alejarlos, vemos la imagen de la Iglesia que en África y en todas las demás regiones de la tierra manifiesta su maternidad sobre todo en relación con los más pequeños, incluso cuando éstos aún no han nacido. Al igual que el Señor Jesús, la Iglesia no ve en ellos ante todo a unos destinatarios de asistencia, y menos aún de pietismo y de instrumentalización, sino a personas de pleno derecho que con su propia forma de ser muestran cuál es el camino real para entrar en el Reino de Dios: encomendarse incondicionalmente a su amor.

Queridos hermanos: Estas indicaciones procedentes de la Palabra de Dios se insertan en el amplio horizonte de la Asamblea sinodal que hoy se inicia y que hace referencia a la  ya dedicada anteriormente al continente africano, cuyos frutos fueron presentados por el papa Juan Pablo II, de venerada memoria, en su Exhortación apostólica Ecclesia in Africa. Sigue siendo naturalmente válida y actual la tarea primaria de la evangelización, o mejor dicho de una nueva evangelización que tenga en cuenta los rápidos cambios sociales de esta época nuestra y el fenómeno de la globalización mundial. Otro tanto cabe decir de la elección pastoral de edificar la Iglesia como familia de Dios (cf. ibíd., n. 63). En este gran surco así trazado se sitúa la II Asamblea, cuyo tema es: «La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz. “Vosotros sois la sal de la tierra...Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-14)». Durante los últimos años, la Iglesia católica que está en África ha registrado un gran dinamismo, y la Asamblea sinodal brinda la ocasión para dar gracias por ello al Señor. Y como el crecimiento de la comunidad eclesial en todos los campos entraña también retos ad intra y ad extra, el Sínodo constituye el momento propicio para replantear la actividad pastoral y renovar el impulso evangelizador. Para convertirse en luz del mundo y sal de la tierra hay que aspirar cada vez más a la «medida alta» de la vida cristiana, es decir a la santidad. A ser santos están llamados los pastores y todos los miembros de la comunidad eclesial; los fieles laicos están llamados a difundir el perfume de la santidad en la familia, en sus lugares de trabajo, en la escuela y en todos los demás ámbitos sociales y políticos. Que la Iglesia que está en África sea siempre una familia de discípulos auténticos de Cristo,  en la que la diferencia entre etnias se convierta en motivo y estímulo para un enriquecimiento recíproco humano y espiritual.

Mediante su obra de evangelización y promoción humana, la Iglesia puede ciertamente dar en África una gran aportación a toda la sociedad, que por desgracia conoce en sus diferentes países pobreza, injusticias, violencias y guerras. La vocación de la Iglesia, comunidad de personas reconciliadas con Dios y entre sí, estriba en ser profecía y fermento de reconciliación entre los diferentes grupos étnicos, lingüísticos e incluso religiosos, en el seno de cada nación y en todo el continente. La reconciliación, don de Dios que los hombres deben implorar y acoger, es fundamento estable sobre el que construir la paz, condición indispensable para el progreso auténtico de los hombres y de la sociedad, según el proyecto de justicia querido por Dios. Abierta a la gracia redentora del Señor resucitado, África se verá así iluminada cada vez más por su luz, y, dejándose guiar por el Espíritu Santo, se convertirá en bendición para la Iglesia universal, aportando una contribución propia y cualificada a la edificación de un mundo más justo y fraterno.

Queridos Padres Sinodales: Gracias por la aportación que cada uno de vosotros dará a los trabajos de las próximas semanas, que serán para nosotros una experiencia renovada de comunión fraterna que redundará en beneficio de toda la Iglesia, especialmente en el contexto del Año Sacerdotal. Y a vosotros, queridos hermanos y hermanas, os pido que nos acompañéis con vuestra oración. Lo pido a los aquí presentes; lo pido a los monasterios de clausura y a las comunidades religiosas extendidas por África y por todas las regiones del mundo; a las parroquias y a los movimientos, a los enfermos y a los que sufren; a todos les pido que recen para que el Señor permita que sea fructífera esta II Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. Invocamos sobre ella la protección de San Francisco de Asís, a quien hoy recordamos; la de todos los santos y santas africanos y, de especial manera, la de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia y Nuestra Señora de África. Amén.

 

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.) 

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