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El Rosario de Ecclesia Digital: 5º Misterio Glorioso: La coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado
Jesús coronado de espinas, María coronada de gloria. Aparentemente son dos coronas muy diferentes, pero sólo aparentemente porque van de la mano, en uno y en otra. El coronado de espinas está ahora coronado de gloria y honor. Ella ha sido coronada reina y señora porque compartió la kénosis y las espinas del Hijo. En María se ha cumplido en plenitud la vocación humana a “dominar la tierra”. La tarea que Eva frustró, se ha realizado en María. Ella es la primicia de lo que toda la humanidad espera alcanzar: el reinado y el señorío. Ella es la nueva Eva que ha participado ya plenamente en el triunfo del nuevo Adán. También podía haber un misterio que contemplara a “María coronada de espinas”. Las espinas que la tierra produce fruto del pecado se han clavado también en la Inmaculada. Espinas que no dejaron de punzar en su corazón de madre durante toda su vida. La espada que profetizó Simeón estuvo precedida y acompañada de miles de espinas: “él pensó repudiarla en secreto”, “no había lugar para ellos en la posada”, “Herodes quiere matar al niño”, “hijo, ¿por qué nos has tratado así?, mira que tu padre y yo estábamos angustiados”, “mujer, qué nos va a ti y a mí”, “fueron a llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales”, “lo empujaron hasta el borde de un barranco con intención de despeñarlo”… Ese ha sido el camino por el María ha llegado a ser la Coronada como reina y Señora de todo lo creado. Ahora es la mujer eternamente bella, llena de gloria y majestad. Ella nos muestra el camino a recorrer para “dominar la tierra”: ser la esclava del Señor, estar de pie junto al crucificado. Es la madre que nos acompaña en los fracasos que son triunfo y en los triunfos aparentes que son fracaso. María, reina y señora, mujer y sierva del Señor, madre, alcánzame del Espíritu Santo la humildad que hace grande, la renuncia que da la libertad y el dominio, la aceptación alegre de las espinas que me coronan de gloria. Señor Jesucristo, a cuya derecha está la Reina coronada de estrellas, que, rindiéndome ante ti cada día, sea alabanza de tu gloria y camine por el mundo en la libertad que me das tú, mi Rey y Señor.
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