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Quiero empezar esta reflexión con el tercer misterio doloroso y terminarla –en otra entrega- con el quinto glorioso. Hay una relación muy estrecha entre ambos. Los une el enunciado: Jesús coronado, María coronada. Aparentemente son dos coronas muy diferentes, pero sólo aparentemente porque van de la mano, en uno y en otra. 
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer les dijo: “dominad la tierra”. Hombre y mujer llamados a ejercer el señorío sobre todo lo creado, empezando por ser señores de sí mismos. Era una vocación a la libertad y al dominio. Sin embargo, Adán y Eva se dejaron dominar por Otro, renunciando a su vocación de criaturas, las principales pero criaturas y pretendiendo ser dioses. El desenlace ya lo conocemos: los seres humanos buscan desesperadamente, sin acabar de conseguirlo, dominarse unos a otros, dominar la naturaleza, dominar las enfermedades, detener el camino inexorable hacia la muerte. La corona de espinas del que va a ser crucificado, el nuevo Adán, anuncia su triunfo. El va a ser el hombre nuevo que va a realizar en plenitud la vocación primigenia: dominar el universo y la historia. El es el camino. La corona de espinas es el camino. Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y muerte de cruz. Las espinas que la tierra ha producido fruto del pecado se clavan en la frente de Aquel que se hizo en todo como nosotros menos en el pecado. Ahora toda rodilla se dobla a su Nombre y toda lengua proclama que él es El Señor. La corona sangrante es el icono de lo que ha sido su vida: la victoria sobre el príncipe de este mundo, sobre el legalismo farisaico, sobre la enfermedad y la muerte, conseguida mediante el sometimiento total a la voluntad del padre, el anuncio de la verdad y la donación de la vida. Señor Jesucristo, amado del alma, dame la luz suficiente para ver, espontáneamente, inmediatamente, en cada espina cotidiana un momento precioso para sintonizar contigo, un pasito adecuado en el camino de mi vocación al señorío y a la libertad, un gramo de oro para la corona del triunfo. María, madre del rey coronado de espinas, cuya sangre bebo en el Sacramento, enséñame a caminar por la vida contemplando a tu Hijo en quienes llevan con amor su corona, porque ellos son los que heredarán la tierra y reinarán en el Reino.
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