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No sé, Madre, si entre las espinas hay alguna mía. No sé, Madre, si entre ellas alguna le produce tal dolor que le haga sufrir más. No sé, Madre, y siento temor y rubor cuando te lo digo. ¡Cuantas espinas desde entonces! No sé si son mías, Madre, pero sí sé que son nuestras y eso me hace temblar ante Él y mirarte de soslayo a ti, porque su dolor es tu dolor. 
Tu que habías pensado tantos y tan buenos planes para tu hijo. Tú que, como madre, queráis beberte el dolor y que Él no sufriese más, ahí le tienes. Ahí le tienes lleno de espinas de un mundo que no quiere verle en la impotencia del que nada puede cambiar sino redimir. Ahí le tienes lleno de las espinas de sus discípulos de entonces y de ahora huidos, dispersos, sin rumbo decidido. Ahí le tienes lleno de las espinas de una humanidad que no cree en ella y negándose lo niega a Él. Ahí le tienes en la violencia que se instaura en venganza y odio sin reservas, sin tiempo, sin perdón y sin olvido. Ahí le tienes dolido con un mundo que agoniza en pobreza y otro que agoniza en riqueza. Ahí le tienes, con la corona fija, quieta, sujeta. Ahí le tienes y… aquí me tienes. Aquí me tienes, mirándote a ti porque a El no me atrevo del todo. Porque estoy aquí y sigo llenado su corona de mis espinas y no sé como quitárselas y no puedo porque entonces quién asume mi dolor y no lo hace estéril ¿Quién asumiría mi pena y fragilidad y la convertiría en conversión y razón de vida? Aquí me tienes, Madre, te miro y te pido que, si puedes, le digas donde Tú sólo llegas, que lo siento pero que le necesito. Que lo siento pero que se lo agradezco. Que espero lograr no ponerlas algún bendito día. Sé Madre que entre las espinas hay algunas mías, pero también que lo amo profundamente y que el amor, a veces o casi siempre, no es perfecto y duele. Lo sé y como sé de tu amor no dejes de mirarme para que pueda pedirte perdón y te siga pidiendo que pongas mis palabras en Su Corazón.
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