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El Rosario de Ecclesia Digital - 5º Misterio Gozoso: El Niño Jesús perdido y hallado en el templo Imprimir E-Mail
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Escrito por Ángela C. Ionescu   
viernes, 02 de octubre de 2009

Me perdí en Belén. Cuando me di cuenta de que no veía a nadie de mi grupo, que no sabía adónde habían ido ni lo que correspondía hacer ni en qué lugar, me preocupé bastante. Perderse en Oriente no es lo mismo que hacerlo en Europa Occidental.  En una esquina del cruce de varias calles, en medio del tumulto habitual, que es mucho y que para quien lo vive por primera vez (no era mi caso) parece una guerra inminente, empecé a pensar lo que podía hacer en aquella situación: coger un taxi hasta Jerusalén, llamar por teléfono (¿desde dónde?) a la residencia de las franciscanas, buscar a alguien con aspecto europeo entre aquella multitud…

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Y en paralelo, mi pensamiento iba insistentemente a la Virgen y ponía mi zozobra al lado de su angustia cuando buscaba a su Niño  entre el barullo de la caravana que volvía de Jerusalén. No era la misma situación, desde luego, pero sin argumentos, sin razones ni demostraciones lógicas, sin contraponer nada, yo me colgaba de las faldas de la Virgen sin decirle ni una palabra.

Y recordé de pronto que el misterio gozoso del Niño perdido y hallado en el Templo había sido siempre mi preferido. Tenía, y tengo, pequeñas historias, antiguas y recientes, siempre de gratitud, siempre dichosas, en relación con él. Como pequeños guiños que sólo en lo íntimo se perciben y sólo en lo íntimo se sabe lo que son y significan. Sin palabras, sin explicaciones, sonrisas en el alma, regalos que ni se piensa en demostrar.

El alboroto del lugar parecía cada vez más confuso y estrepitoso. De repente, vi en una esquina a uno de los sacerdotes de mi grupo que iba a cruzar la calle con un niño Jesús de escayola, rollizo y sonrosado, en brazos. Grité su nombre casi entre burbujeantes carcajadas y eché a correr hacia él. Siempre le guardo enorme gratitud por haber aparecido en aquel momento.

 “¡Me ha encontrado el Niño Jesús!”, me iba diciendo a mí misma.

Hoy, años después, a los pies de la Virgen, le digo a su Niño los versos de un amigo, hace mucho perdido en el tumulto, y no de Belén:

“Y si te pierdo, Dios mío,

te pido que me encuentres”.

 

 

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