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En una gran exposición internacional dedicada a los "Apócrifos. Memorias y leyendas más allá de los Evangelios", que se encuentra actualmente en la Casa de exposiciones de Illegio, pequeño burgo a 4 kilómetros al norte de Tolmezzo, acurrucado entre las verdes montañas de la región de Friuli-Venecia-Giulia, se haya expuesto un gran cuadro de Giovanni Guercino titulado Cristo Resucitado se aparece a la Virgen (1630). 
De por sí ya el título es muy llamativo y, sobre todo el que este tema haya sido tratado por uno de los grandes maestros de la pintura. Sin embargo, los evangelios al hablar de la Resurrección del Señor no refieren ninguna aparición de Jesús resucitado a su Madre. Cabe, por tanto, preguntarse: ¿Cómo vivió María ese momento crucial de la Historia de la Salvación, ese paso de Jesús de la muerte a la vida, qué sintió en aquella noche oscura? María fue bien consciente, en su vida, de que “una espada le atravesaría el corazón”. Con esa espada dentro vivió siempre. Al final, mientras Jesús estuvo clavado en la cruz, María se sintió también clavada en el patíbulo con él. Cuando lo bajaron de la cruz, lo pusieron en sus brazos: María parecía revivir la emoción de cuando era niño y quería sentarse despreocupado en sus rodillas. ¡Ahora estaba muerto! María tocó la muerte con sus propias manos: era verdad, era atroz, estaba frío como las losas de la tumba. Pero Jesús era la Vida: y si la Vida atraviesa la muerte, la muerte ha sido vencida: ¡la muerte… ha muerto! María volvió a casa con estos pensamientos y encendió la lámpara del sábado: miraba aquella luz que luchaba contra las tinieblas e iba de una esquina a otra de la habitación. ¡Qué largo fue aquel viernes, qué larga se le hizo aquella noche! Con el corazón la pasó junto al sepulcro, junto a su hijo: ¡… Esperando! En la mañana del sábado, Pedro, Andrés, Santiago y Juan y Tomás… fueron a la casa de Marcos… a respirar el aire del “cenáculo”, a buscar un recuerdo de Jesús, a detener el eco vivo de aquellas palabras apenas pronunciadas pocas horas antes. Se juntaron todos en torno a María y miraron juntos la lámpara aún encendida y… en un cierto momento pensaron todos lo mismo: ¡la lámpara es Jesús! Su luz no puede extinguirse, su luz volverá a brillar, porque Él había dicho: “Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Pasó aquel largo sábado, el sábado más largo de la vida de María… y llegó de nuevo la tarde y cayó otra vez la noche y la pesada oscuridad cargada de tristeza. Pero la lámpara estaba allí sin apagarse: estaba allí… luchando contra las sombras, deteniendo la oscuridad, impidiendo que las tinieblas ahogaran la fiesta de la luz. Y cuando las luces del primer día después del sábado comenzaron a despuntar, María velaba y esperaba: ¡esperaba… a él! De repente una luz, improvisadamente, envolvió a María como en el día de la Anunciación y una voz dulce oyó en lo más profundo de su alma, una voz que la llamaba como ‘¡madre!’. ¡Era Jesús, era él, era su misma voz! María sintió resonar las notas del Magnificat dentro de su corazón… fue sólo un instante: Jesús debía continuar, debía recorrer las calles de la ciudad, tenía que llegar al camino de Emaús y al camino de Damasco, debía dirigir sus pasos de peregrino de la luz y del amor en todas las latitudes de la tierra hasta los confines del mundo y en todas las épocas de la historia. A María le bastó aquel rayo de luz y el eco de una voz que le decía: “¡Madre!”. Luego le contaron a María que, en aquel día, Jesús entró en el Cenáculo, les hizo ver a los Apóstoles las heridas de la pasión y les dijo: “¡Paz a vosotros! Como el Padre me ha mandado a mí así os envío yo a vosotros”. ¡Qué valor! A María ya nada le causaba asombro: Dios es Amor infinito y, por tanto, es valor infinito, es un desafío ante toda clase de miedo y bondad tenaz e indomable. Pasaron algunos días y continuamente le llegaban noticias maravillosas: se ha aparecido cuando estaba Tomás y le ha reprochado su falta de fe, se ha aparecido a la orilla del lago de Galilea… Y le ha pedido a Pedro: “¿Me amas más que estos?” Se lo preguntó por tres veces no para reprobarlo sino para confirmarlo por tres veces en la gran misión de apacentar su grey. Cuando Jesús fue apresado en Getsemaní, los apóstoles lo abandonaron y huyeron. Tras el final catastrófico de Jesús, la tarde del Viernes Santo, los apóstoles volvieron a sus casas, a sus redes y a sus ocupaciones anteriores; pero ya nada volvería a ser como antes, porque aquel Jesús condenado a muerte injustamente, Dios, en virtud del poder del Espíritu, lo había devuelto a la vida y en cualquier rincón donde se encontraran se haría el encontradizo con ellos, su vida había cambiado totalmente: ya estuvieran pescando, ya estuvieran remendando las redes, ora se hallasen reunidos en el cenáculo, ora fuesen de camino… Finalmente, un día, después de recibir la fuerza de lo alto, los apóstoles se dispersaron por el mundo. María los vio alejarse con sus pobres sandalias, con su vestido de trabajo, con sus bolsas sin dinero. Eran pobres… pero caminaban ricos de Dios, estaban llenos del Espíritu de Jesús resucitado. Eran pocos, tan sólo doce para millones de personas, eran débiles, sin mucha instrucción, pero partieron alegres con el corazón lleno de Evangelio, lleno de Jesús y anunciaron que Jesús está vivo, que ha resucitado, que es el Señor de la historia. Se convirtieron en voceros de la Resurrección del Señor. Y, desde entonces, la misma historia se repite y llega hasta nosotros. ¡El Señor ha resucitado! Con su martirio, los apóstoles, sellaron esa verdad que aún hoy sigue conmoviendo la historia: ¡Dios no es Dios de muertos, sino de vivos! Fr. Alfonso Ramírez Peralbo Roma – Postulación General OFMCap.
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