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EL día 4 de agosto de 2009, se celebró el 150 aniversario de la muerte de san Juan María Bautista Vianney, el santo cura de Ars. Esta efeméride nos anima a recordar la vida de este gran santo que la Iglesia proclama y venera como patrón del clero diocesano.

Juan María Vianney Beluse nace el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, próximo a Lyon (Francia); y falleció en Ars el 4 de agosto de 1859 a los 73 años. Destacó en su familia por comportarse piadosamente, fruto de los ejemplos y de las enseñanzas de su buena madre, que le apoyará incondicionalmente en su decisión de hacerse sacerdote para el cuidado de las almas. Los años de su infancia son trágicos para Francia. Estalla la sangrienta revolución de 1789, con terribles consecuencias para la Iglesia. Sus bienes son expoliados y sus miembros son perseguidos y guillotinados a cientos. Las fiestas religiosas son abolidas, las procesiones prohibidas, y los templos cerrados. Las Misas se celebran en casas y almacenes, de noche y con miedo a ser descubiertos y detenidos. Esta situación fue el motivo de que nuestro protagonista recibiera la primera comunión clandestinamente a los 13 años. La educación sufrió también un duro golpe. Ningún miembro de congregaciones religiosas podía ser elegido como maestro. Y nadie podía enseñar sin haber prestado juramento a los principios de la revolución, y sin haber obtenido el certificado de civismo. Estas circunstancias determinan que en el pueblo de Juan María, no haya regularmente un maestro y que asista poco a la escuela. Hasta los 13 años colabora en el cuidado y pastoreo del ganado, y a partir de esa edad se suma como uno más a las tareas agrícolas de la explotación familiar. A los 19 años es admitido a la escuela de vocaciones de Ecully, regentada por el Rdo. BalIey. Era el mayor de los aspirantes y el de peor expediente académico, pues desconocía por completo el latín y su cultura general se limitaba a lo aprendido en tres años escasos de escolarización. Con casi 21 años, recibe el sacramento de la Confirmación y escoge como patrono protector al santo precursor del Señor. En adelante firmará como Juan Bautista María. En 1809 es reclutado por el ejército de Napoleón para participar en la guerra de España. Una serie de circunstancias providenciales le condujeron a una deserción no buscada y se libró de participar en la contienda. Acudió al seminario de Verrieres para estudiar filosofía, pero sus escasos conocimientos de latín y sus pocas dotes de retentiva, supusieron un contratiempo importante en sus estudios. Su calificación en ciencia fue de «muy endeble». Con 27 años y un pobre bagaje académico, acude al seminario de Lyon para estudiar teología. A pesar de su heroica dedicación y aplicación, el parco conocimiento de la lengua latina, que era la oficial en aulas y exámenes, le impedían avanzar en las asignaturas. Las razones de su mentor, que no está dispuesto a que se pierda una vocación tan deseada, consiguen que sea admitido a recibir las órdenes menores. El argumento presentado ante el Vicario General es sencillo y contundente: Es un modelo de piedad. «¿Un modelo de piedad? Pues bien, yo lo admito. La Gracia de Dios, hará lo que falte». El 13 de agosto de 1815, con 29 años, es ordenado sacerdote en Grenoble, al carecer de titular la diócesis de Lyon. Con la credencial correspondiente se presentó solo ante el anciano obispo, que no puso pegas a la ordenación de un diácono forastero al que no acompañaba ni un solo familiar ni ningún amigo. Los dos primeros años de su ministerio los pasó como coadjutor de su querido maestro, el Rdo. Balley, en la parroquia de Ecully, donde fueron ejemplo para los fieles y compitieron en entrega, piedad y austeridad. Al fallecer éste, fue destinado a la capellanía de Ars, donde comenzó a ejercer su ministerio el 13 de febrero de 1818. Con el tiempo, Ars se erigiría en parroquia y nuestro santo contaría con un coadjutor. La aldea de Ars, se halla en el departamento de Ain, a 35 kilómetros de Lyon, y contaba en la época con 230 habitantes. Era una población pobre, donde los años revolucionarios habían mellado la buena disposición religiosa de sus gentes, con lo que la dejadez, el descuido y la indiferencia eran la tónica general de la feligresía; aunque también había almas profundamente cristianas. Desde el primer día, se dedicó por completo a la salvación de las almas que se le habían confiado. Para ello utilizó las mejores armas: oración constante -apenas dormía-; ayuno continuo -se pasaba días sin comer y cuando lo hacía, se despachaba con una patata cocida, un mendrugo duro de pan, y un vaso de agua-; penitencias insistentes -con autoflagelación y cilicios-; y caridad ilimitada -pues no sólo daba limosna sino que alguna vez llegó a dar los propios pantalones, y en varias ocasiones los zapatos nuevos-. Su celo le llevó a predicar contra las tabernas, los bailes, y los trabajos en días de precepto. Esto le acarreó la enemistad de envidiosos y calumniadores, que no dudaron en hacer pintadas ofensivas en su puerta, en darle cencerradas por las noches y en remitir al obispo cartas anónimas injuriosas. Pero él no respondió con reproches. Este calvario hubo de soportarlo durante diez años, pero ni sus fieles parroquianos ni sus compañeros en el sacerdocio dieron jamás crédito a las infamias levantadas. Pero no todo eran espinas en la parroquia de Ars. A su alrededor crecieron también almas piadosas, cultivadas con esmero por este desgarbado jardinero que en su inocencia, exhibía su belleza interior y lograba que las personas que dirigía espiritualmente, derramaran abundante perfume en su entorno. Además de piadoso contemplativo, fue un sacerdote activo y caritativo. Emprendió obras que transformaron la Iglesia de Ars; pero su «obra» predilecta fue la fundación de «La Providencia», un internado para acoger a niñas abandonadas que también servía de escuela para las menores de la aldea, y donde la educación primaba sobre la instrucción. Su fama de santidad se propagó por toda Francia. Por su intercesión se realizaron prodigios, pero él se lo atribuía a santa Filomena. Las multitudes intuyeron pronto su santidad y acudían en peregrinación a Ars; pero quien sabía bien que era un instrumento de Dios era el demonio que, salvo en los últimos años, no dejo de importunarle y molestarle físicamente. A él acudían de todas partes almas en busca de perdón, consuelo y consejo. Su espíritu observador, la frescura de su imaginación, y lo fino y atinado de sus reflexiones superaba con mucho su desconocimiento del latín, sus escasos estudios teológicos y sus nulos conocimientos científicos. Era evidente que poseía algo superior a la ciencia humana y que estaba asistido por la Gracia divina. Vianney era un penitente extremado y por su intercesión se realizaron milagros. Pues bien, ambas circunstancias confluían en su confesionario. Éste fue su tormento más atroz, pues pasaba de 11 a 12 horas diarias en un incómodo recinto, sin apenas movilidad, con frío en invierno y calor en verano. Y también fue fuente de milagros, pues estaba asediado día y noche (nunca dormía más de tres horas) por penitentes que se convertían a la virtud; por almas afligidas que quedaban consoladas, y por los pecadores más recalcitrantes que se volvían a Dios. «Es muy hermoso ser santo. ¡Pero cuanto le ha costado al cura de Ars!» Son palabras de una feligresa que encierran una gran verdad. Aunque desde pequeño se sintió inclinado hacia Dios, debió esforzarse para lograr su propósito. Pero aunque sus sentidos y su corazón se rebelaban, jamás hizo su voluntad y logró encamar de forma continuada y heroica las virtudes de humildad, pobreza, desprendimiento, paciencia y mortificación, para el bien de las almas. El clero diocesano no hallará mejor modelo a quien imitar en su ministerio, ni mejor intercesor a quien dirigirse para que Dios bendiga su apostolado.
Tomado de la revista Sembrar. 13 a 26 de septiembre 2009. Nº 893
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