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3º Misterio Luminoso: El anuncio del reino de Dios llamando a la conversión. (Mc 1, 15, 21; 2,3-11) María: La Iglesia ve en ti el ejemplo fiel de todo cristiano. Clama ante el corazón misericordioso de Hijo Jesús la ayuda para que nuestros corazones puedan responder a la conversión del Evangelio. 
Ilumínanos los caminos que debemos recorrer para acoger la invitación de realizar lo que nos dice tu Hijo Jesús. Jesús comienza su actividad apostólica invitándonos a la conversión. Predica el Reino; no es un reino humano; es el reino interior de la gracia que nos introduce en la comunión trinitaria, que nos hace participes de la vida divina, hijos adoptivos de Dios y herederos del Cielo. Es un reino que ha de iluminar al mundo. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Que tú, María, seas la luz en nuestro caminar para saber responder a ese cambio del corazón y de la mente. Para acoger el Reino anunciado por tu Hijo es necesaria la conversión. Jesús comienza su predicación diciendo: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos”. Necesitamos convertirnos, dejando el pecado como condición para ser partícipes de su Reino. Necesitamos vivir en tensión de conversión tratando de superar el pecado y los afectos desordenados para perfeccionar nuestra vida para santificarnos como hijos del Reino. Tu Hijo sigue buscando colaboradores que continúen la predicación del Reino y la llamada a la conversión por los caminos del mundo y a través de los tiempos. Llamó a Simón Pedro y a Andrés: “Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres” . También llamó a Santiago y a Juan que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron” . Jesús sigue llamando hoy a nuevos colaboradores para su Reino. María: Que sepamos responder con generosidad a esta llamada. Madre: Enséñanos a acoger la palabra y la vida de Cristo que nos salva, enséñanos a comprometernos a la santidad con una conversión sincera y danos la fidelidad a la vida de la gracia, para ser colaboradores de la obra de Cristo, fieles a la Iglesia, en medio del mundo. Amén.
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