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Durante este Año Paulino hemos recordado también, con gran alegría y un inmenso agradecimiento a Dios, los cincuenta años de la elección del papa Juan XXIII. Muchos son los aspectos que parecen separar a estos dos grandes cristianos. Fogoso, vehemente, impetuoso, ardiente y apasionado uno; tranquilo, afable, bonachón y sosegado el otro. Antiguo fariseo uno, clérigo chapado a la antigua el otro. 
El mensaje de Pablo surge de una mente preclara iluminada por la gracia, el de Juan brota directo de un corazón que no envejece. La fe cristiana se expresa en el Apóstol con la fuerza de los convertidos, en el Papa con la sencillez de lo vivido desde la infancia. El conocimiento de uno tiene fuertes raíces urbanas, el otro posee la sabiduría del campesino. El Espíritu santo impulsó a uno a dilatar las fronteras eclesiales, al otro a iniciar un inesperado proceso de revitalización de esa misma Iglesia. Grandes viajeros ambos, buenos conocedores de gentes e intérpretes de situaciones ambos, renovadores ambos. Dos modelos de identificación. Dos verdaderos santos.
Cualquiera que sea nuestro carácter o nuestra historia, todos estamos llamados a la santidad de la que, como dice el Vaticano II, Cristo es autor y meta. Al constatar su evidencia en dos personalidades tan diversas como san Pablo y el beato Juan XXIII nos sentimos animados en el camino de la vida, en nuestra peregrinación cotidiana. Tú y yo podemos ser santos, es más, debemos ser santos, desde la identificación con Cristo. Sólo entonces seremos de verdad cristianos. En ocasiones hablamos de la necesidad de vencer las dificultades externas, de superar los tremendos obstáculos que nos apartan del camino de la felicidad: el consumismo, el hedonismo, el laicismo, el individualismo feroz. Sin embargo el mayor peligro es interno. Sí, muchas veces pensamos que la santidad es algo demasiado elevado para nosotros, que nunca podremos ser santos, que es un tema para almas elegidas, para los otros. Y, en la práctica, abdicamos de la santidad, que es tanto como cerrarnos a nosotros mismos las puertas de la dicha. Debemos recordar que nadie nace santo. Pero todos los santos han querido serlo, han deseado con toda el alma crecer en el amor. Ser santo, ¿por qué no? “La voluntad de Dios es vuestra santificación”, escribía san Pablo en la Carta a los Tesalonicenses.
El secreto de san Pablo y de Juan XXIII no es otro que la confianza absoluta, total y definitiva en el amor de Dios manifestado en Cristo. “Si alguno afirma que es cristiano, pero no se santifica, lleva un nombre que no significa nada”, escribía el papa Juan. Tal vez el problema esté en que somos cristianos sólo de nombre: nos aferramos a códigos y normas, recitamos axiomas y multiplicamos citas, nos envolvemos en el vistoso y siempre vacío ritualismo, preferimos las seguridades del despacho a comprometernos con el hermano que sufre, hasta llegamos a confundir el servicio con el poder. Pero nos olvidamos de amar. Por eso no encontramos a Dios, que es Amor, ni somos significativos. Por eso no renovamos nada. Por eso, a pesar de los títulos, no somos cristianos. Por eso no somos felices. Releamos, hermanos, y meditemos el inmortal himno a la caridad de la Primera Carta a los Corintios.
El Apóstol de las gentes y el Papa que bajó del pedestal. Dos hombres que se dieron a los demás. Cada uno de ellos, en una época diversa y de un modo muy diferente, supieron encarnar el rostro del Dios-con-nosotros, que asume las luces y las sombras de la historia humana. “Por donde pasan los santos, dejan algo de Dios”, decía Juan XXIII. Gracias, queridos Pablo y Juan, por mostrarnos, cada uno a vuestra manera, el rostro de una Iglesia fraterna, servidora, implicada en el mundo. Una Iglesia sencilla y viva, una Iglesia acogedora, creíble, de brazos abiertos y corazón encendido, que construye el presente mirando al futuro. Una Iglesia que es nuestra familia y nuestro hogar. Gracias por darnos la seguridad de que, a pesar de todo, siempre puede florecer una nueva primavera. Y llegará, sin duda alguna. Llegará.
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