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Dos titanes del espíritu: san Pablo y san Agustín. Su claro mensaje orienta nuestro camino, en ocasiones inseguro, y su decidido ejemplo ilumina nuestra vida, tantas veces angustiada entre los avatares de una época sin duda compleja. Hoy más que nunca necesitamos modelos de identificación, figuras sugestivas que nos muestren a Cristo reproduciendo sus rasgos. 
La actualidad de Pablo y Agustín está fuera de toda duda: son hombres para todos los tiempos, capaces de admirar y sorprender a quienes se acercan a conocerles, a dialogar con ellos. “Qué es mi corazón, sino un corazón humano”, escribía san Agustín. Hermanados en el amor de Cristo, Pablo y Agustín muestran abundantes similitudes que, juntos, nos regalan: * Conversión: san Agustín dio el último paso en su conversión leyendo a san Pablo, otro gran convertido. Lejos de ambigüedades, de reservas, de mediocridades, ellos se entregaron totalmente, poniendo la vida entera en manos de Dios. Sin guardarse nada, sin autoengaños, sin flojeras. Frente a nuestro cristianismo débil, por horas, vergonzante y catacumbal, ellos fueron de verdad testigos. Valientes, decididos, sin otro norte ni otra orientación que la Buena Noticia a la que habían abierto de par en par el alma y la vida. * Cristo como centro: para todo cristiano la referencia única y fundamental el Cristo, que no debe perderse en el confuso mar de los conceptos y las ideas, ni convertirse en el inevitable adorno de los fríos discursos sin alma. Pablo y Agustín fueron dos intelectuales que conocieron experiencialmente a Cristo, ellos fueron Cristo, como nos dirá san Pablo. Por eso son creíbles. Por eso son actuales. * Amor a la Iglesia: consecuencia lógica del amor a Cristo es el amor a la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa. Son imágenes en las que profundizaron tanto Pablo como Agustín y que nos demuestran su hondo sentido eclesial. Frente a los jueces inmisericordes que critican despiadadamente a la Iglesia desde el rencor, frente a los cobardes avergonzados de su propia filiación cristiana, frente a tantos egoístas que se sirven de la Iglesia sin servirla, Pablo y Agustín muestran siempre hacia ella un amor apasionado, intenso y creativo. Los bellísimos textos agustinianos sobre la Iglesia Madre son buena prueba de ello, lo mismo que las rotundas expresiones formuladas en las Cartas paulinas. * Apostolado incansable: la disponibilidad total a las necesidades de la Iglesia llevó a Pablo a convertirse en un peregrino perpetuo, en un fundador de comunidades, en un hombre dispuesto a donarse en el amor a Cristo. Lo mismo que Agustín. Si la Iglesia te necesita –dirá san Agustín- deja todo y acude a su llamada. En efecto: sé generoso con tus días, llena tu tiempo de verdad. Desgástate por amor y te reencontrarás. Regálate a los demás generosamente, totalmente, con el mismo amor con el que Dios te ha amado. Y tu vida tendrá sentido. * Testimonio renovador: al leer los textos inmortales de Pablo y Agustín, al conocer su vida, nos sentimos impulsados a renovar nuestra fe, a vivir el gozo infinito de ser cristianos. Pablo de Tarso y Agustín de Hipona. Hombres inquietos, buscadores incansables de respuestas, sensibles, emotivos, vitales, luchadores. Hombres que piensan, reflexionan y sueñan. Austeros, comprometidos. Compañeros de camino. Hermanos. Que ellos nos ayuden a seguir con alegría las huellas de Cristo, que debe ser para nosotros, como fue para ellos, nuestro amor y nuestra esperanza en el tiempo y para la eternidad.
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