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Pablo: Compañero de tareas evangelizadoras y amigo. Toda tu vida fue un darte sin medida. Fue fidelidad al Espíritu que nos invita constantemente a configurarnos con Cristo.

Tu vida fue un seguimiento radical de Cristo, a modo de desposorio, de amistad íntima, de enamoramiento definitivo. Este talante apostólico te llevó a una generosidad evangélica, sin fronteras en el corazón: Fue la actitud del peregrino que vive el éxodo total de dejarlo todo para anunciar a Cristo a todos en toda circunstancia. Hablaste en las sinagogas y en las plazas públicas. Te calificaron de “charlatán” o de “vendedor ambulante de divinidades extranjeras”, y esto “porque anunciabas a Cristo y este resucitado”. Allí descubriste que ser apóstol no es tarea fácil. Tu vida se llenó de tribulaciones y contradicciones. El mensaje que predicabas no era entendido; no hiciste rebajas, si, no hiciste rebajas. Tu siembra de la palabra de Dios era con sudor y lágrimas. Sin embargo como apóstol no traicionaste a Cristo y a su Evangelio. No importa que no vieras el fruto inmediatamente. ¡Cuantas veces nos pasa a nosotros lo mismo¡ Dios no ha envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por él, nos dijo el Maestro. He ahí lo que se nos pide a nosotros como nuevos apóstoles: La lucidez respecto al mundo al que va a anunciar el Evangelio, y el coraje, para no caer en el desánimo del anuncio. Confiando en la fuerza liberadora de la verdad, Pablo apóstol y amigo, sabías que un anhelo de verdad en el hombre llega a las profundidades del corazón y que la vanidad puede encubrir pero no destruir. Y no descaíste, no te desanimaste, no volviste la vista hacia atrás, sino que continuaste buscando las nuevas posibilidades de anunciar el Evangelio. Amén.
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