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Yo soy Juan Antonio Fernández García y para mí San Pablo es, en primer lugar, mi modelo de respuesta vocacional. Su particular “sí” al Señor, camino de Damasco, me mueve a vivir mi vocación sacerdotal con gratitud y responsabilidad. Las cálidas palabras que dirige a Timoteo, “reaviva el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos”, actualizan cada día, en mí, la ordenación presbiteral que recibí hace ya dieciocho años.
Además, en segundo lugar, para mí San Pablo es Apóstol de vocaciones, porque reza y trabaja constantemente para que los cristianos de las comunidades que ha formado descubran su vocación, ya que, como dice a los Efesios, “el mismo Señor dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros”. Es claro su deseo de suscitar vocaciones. En estos tiempos de crisis vocacional, San Pablo es el mejor aliado para revitalizar la mía, la nuestra, y mover a otros a que escuchen y respondan a la llamada de Dios, especialmente al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada.
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