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Hoy, Corpus Christi, celebramos en España el «Día de la Caridad». Este año viene marcada por la crisis económica que nos está afectando con tanta virulencia, que puede pasar a la historia como «el Corpus Christi» de la crisis. 
No es una operación fraudulenta que el «día de la Eucaristía» celebremos el «día de la Caridad» y que nos sintamos urgidos a paliar los efectos de esta crisis. Porque hay una relación esencial entre Eucaristía y caridad. «Cada celebración eucarística –dice Benedicto XVI- actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y por cada hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad hacia el prójimo». Por otra parte, cada vez que comulgamos en la Eucaristía, todos participamos en un mismo y único Cuerpo y de este modo, todos quedamos convertidos en un único Cuerpo, el Cuerpo eclesial de Cristo. Lo dice san Pablo, con una fuerza inaudita, en la primera carta a los Corintios. «Porque todos comemos del mismo Pan, todos somos uno». La Eucaristía reduce a unidad lo que es múltiple. Es un movimiento centrípeto que va desde la diversidad a la unidad y desde la diferencia a la igualdad. De ahí que lo que san Pablo aplicaba al Bautismo, se puede aplicar, incluso con mayor motivo, a la Eucaristía: «Ya no hay judío ni gentil, esclavo o libre, varón o hembra», porque todos hemos sido insertados en un mismo cuerpo y hecho cada uno miembro de los demás». Por eso, cuando la participación eucarística es verdadera, tiene siempre repercusiones sociales. Unas veces llevará a la reconciliación a dos esposos que han reñido o a dos amigos que se han ofendido. Otras, hará que el que tiene comparta con el que no tiene. Otra, que el que necesita medios económicos pero es rico en tiempo y simpatía, que reparta ese tiempo con otros para hacerles la vida más grata. Otras, en fin, hará que el médico u oficinista de turno trate con la misma delicadeza al emigrante que al paisano. La caridad es una parte constitutiva de la Iglesia. Tan importante como la Palabra y los Sacramentos, pues el Señor ha querido fundarla sobre este trípode. Por eso, la Iglesia no excluye a nadie de su amor ni a nadie considera extraño. Ella sabe que su Maestro le ha entregado la misión de salir a todos los caminos del mundo para curar a los hombres y mujeres maltratados por la enfermedad, la pobreza, el hambre, la marginación. La Madre Teresa de Calcuta salía a las calles y basureros de esa ciudad a encontrarse con todos los miserables de la tierra, los curaba y los llevaba a su casa para que muriesen acompañados, al menos, de su cariño. Por eso mismo todos los misioneros de nuestra tierra han ido a los cinco puntos cardinales a entregar su vida, su juventud, su tiempo y sus ilusiones a favor de unas personas que no eran cristianas y que, en no pocos casos, lejos de agradecérselo se lo pagarían con el desprecio y hasta la muerte. Los cristianos no queremos ni podemos quedarnos impávidos ante tantos compatriotas nuestros que se han ido al paro o no encuentran trabajo o carecen de lo necesario para sobrevivir, para pagar la hipoteca o el alquiler del piso. Vayamos más allá de las cifras frías y descubramos rostros llenos de dolor –¡ojalá no de desesperación!-, de angustia, de tristeza. Si Jesucristo saliera hoy a nuestro encuentro pidiéndonos pan, trabajo, hogar... haríamos lo imposible por ayudarle. Pues, aunque a veces no sea fácil reconocerle, de hecho sale en el pobre, en el necesitado, en el que está sufriendo el zarpazo de la crisis. Él mismo nos lo dijo: «Lo que hicisteis a uno de estos, a Mí me lo hicisteis». Día del Corpus, día de la Eucaristía, Día de la Caridad: tres en uno. Y unidos de modo inseparable. (14 de junio de 2009)
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