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“¡Que la lengua humana cante este misterio!” La Eucaristía, es ante todo, el misterio escondido de Dios. Ningún otro sacramento, ni ninguna otra acción de la Iglesia es tan mistérica como la Eucaristía. Sin embargo no es algo que se celebre a escondidas, algo que se reparta en celebraciones ocultas a unos iniciados. 
No es, tampoco, algo que sólo se administre a quien conoce el secreto oculto del dios de turno. La Eucaristía tampoco es misterio por la forma de celebrarla: se hace en pleno día, en medio del pueblo, junto a la alegría de quienes participan, elevando a Dios las plegarias de los más necesitados de su presencia; o se celebra en la soledad de una capilla fría en el invierno de cualquier pequeño pueblo sin apenas participación de los fieles. Siempre es misterio. La Eucaristía es misterio porque contiene el misterio de Dios: Cristo. Él es la revelación del misterio de Dios guardado desde antiguo. Él es la plenitud del proyecto salvífico de Dios para la humanidad. Y ese misterio se encuentra en la Eucaristía, porque en ella está presente realmente Cristo en cuerpo, alma, sangre, vida y divinidad. El misterio de Dios es que ha querido salvarnos del pecado, de la soledad del egoísmo, de la división del odio, de la lujuria, de la envidia, etc. y ha enviado a Cristo para hacerse hombre, y así restaurar nuestra naturaleza humana. Misterio es la encarnación, misterio es la cruz, misterio es la resurrección. Y todas estas dimensiones del misterio se concentran en la Eucaristía. El cuerpo de Cristo asumido en la encarnación, muerto y resucitado está en la Eucaristía y por eso podemos contar con su presencia. El sacrificio de la cruz se hace presente y podemos unir nuestros sacrificios al suyo e incluso ofrecernos nosotros mismos como Cristo en la Cruz. Podemos participar del poder transformante de la resurrección e igual que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre del Señor nosotros podemos transformarnos en Cristo para transformar nuestro mundo en el reino de Dios.
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