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Nos recuerda el Papa, muy sabiamente, en Sacramentum Caritatis 17, la idea del Vaticano II, que “la Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana”, de la actividad misionera propia del cristiano. La Eucaristía es la raíz, el impulso a la misión. En ella nos encontramos con Cristo vivo, presente y eficaz bajo la especie del pan y del vino. Es Cristo, el mismo Cristo que anduvo por los caminos de Galilea, el mismo Cristo que eligió a los doce y a los discípulos y los lanzó a la misión: “Id a todo el mundo…” 
Esto nos dice Cristo en cada Eucaristía: “Id” y “no temáis, yo estoy con vosotros”. El encuentro en cada celebración eucarística con el Cristo vivo es el que nos actualiza este mensaje y este imperativo. Es el que nos lanza a la misión, al mundo, a anunciar a todos los pueblos que Cristo vive y que sobre todo que Cristo nos ama. Pero esta misión nos devuelve a la Eucaristía. El encuentro con Cristo está en la Eucaristía de una forma real y eficaz. Por ello, de ella salimos y a ella volvemos. Toda misión nace de la mesa del altar y ha de volver a la mesa del altar. Es un círculo, sí, pero es un círculo que se expande, es un círculo cuyo centro es el amor. El amor de un Dios que se queda con nosotros para que nosotros lo anunciemos. Dios ya no va añadir nada más que lo revelado, a lo que nos ha dado: todo. Ahora la misión es nuestra, es anunciar, es vivir, es misionar cada hogar, cada pueblo, cada ciudad…ahora nos toca a nosotros empaparnos de la Eucaristía para así lograr que cale a todo lo que nos rodea.
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