|
Señor Jesús: Deseamos recordar tus palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí». 
Participar en la Eucaristía causa, pues, una doble inhabitación, Tú, Señor Jesús, en mí y yo en ti, y una compenetración que nos permite ser como una prolongación o imagen transparente de ti: Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros te recibe, sino que también tu nos recibe a cada uno de nosotros... En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que tú, Señor, y nosotros tus discípulos "estamos" el uno en el otro: Permaneced en mí, como yo en vosotros. Y esta misma gracia nos exige esforzarnos por seguir e imitarte, para que tu palabra configure toda nuestra vida, para que puedamos decir cada día con mayor verdad: Ya no somos nosotros quienes vivimos, Sino que eres tú quien vive en nosotros. Participar en cuerpo y en tu sangre nos capacita para imitar tu preferencia por los más pobres y al mismo tiempo, nos exige que sepamos descubrirte en ellos, según tus mismas palabras: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» . Cada vez que participamos sacramentalmente de tu vida eucarística recordamos aquellas fuertes palabras de la literatura cristiana: «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”. Señor Jesús: ¿De qué serviría adornar la mesa del altar con vasos de oro, si tu muere de hambre en nuestros hermanos? Enséñanos a dar primero de comer al hambriento, Y después con lo que nos sobre, adornaremos tu mesa. Señor Jesús: Que cada vez que participemos en tu mesa tengamos ojos abiertos para comulgar con los gozos y esperanzas, alegrías y tristezas de los hombres de nuestro tiempo. Que nada humano nos sea indiferente. Amén.
|