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Señor Jesús: Tu presencia en la Eucaristía comenzó con tu entrega en la Última Cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres. Estamos en una actitud de adoración y silencio. Por medio de ti y en el Espíritu Santo.

que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro sí unido al tuyo. Contigo ya podemos decir: Padre nuestro… Tu unes el cielo con la tierra y tu amor se derrama en toda la creación. Tú, Jesús, te hiciste hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo todo de la nada. Tu Sumo y Eterno Sacerdote: Al entrar en el santuario eterno mediante la sangre de la Cruz, devuelves al Creador y Padre la creación entera, creación redimida por ti. Lo haces a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia para gloria de la Santísima Trinidad. Este misterio de fe devuelve a las manos del Padre creador de todo, todo lo redimido por ti. Verdaderamente te adoramos y te alabamos junto con los ángeles. Que toda nuestra vida sea una constante bendición. Él pronunció con amor nuestro nombre desde toda la eternidad. Él nos hizo existir desde la nada y nos mantiene a cada instante en el ser, nos hace crecer y nos conduce hacia la plena realización. Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana. Esta opción será nuestro mejor canto a ese Amor de los amores que nos posibilita tenerte entre nuestras manos. Y gracias a ti, Señor Jesús, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de amar y de servir. Amén.
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