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Es imposible definir el amor, como también lo es fijar su medida. Sólo se conoce mediante la experiencia. Y en eso consiste la más hermosa y auténtica realidad de la vida: amar y ser amado. Tal vez este planteamiento pueda sonar extraño en un mundo sin alma, caduco y gris, que de tantas formas estridentes grita su soledad, su insatisfacción y su vacío. Pero sería terrible que también resultara insólito entre los cristianos, cuyo rasgo característico no es otro sino el amor. ¿Es que nos da vergüenza? ¿Es que nos da miedo? 
Debemos tener muy claro que el cristiano no es el activista ni el erudito; no es el que musita oraciones ni el que oficia ceremonias; no es el que se adorna con títulos ni el que preside encuentros de variada importancia. Todo esto puede ser humo y vacío, puede ser falsedad y sinsentido. El cristiano es el amante, el que se atreve a confesar su fe y a querer apasionadamente a los demás, porque él mismo ha sido amado primero de forma absoluta, gratuita y desde siempre. Sin razones ni límites. Sin merecimientos. Así debemos amar tú y yo. Así debemos amar los cristianos. Esta es la exigencia básica e imprescindible para cualquier renovación personal y comunitaria en la Iglesia. ¡Y cómo cambiaría todo! “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12), nos pide Jesús. Y Él nos ha amado hasta el punto de darse totalmente, hasta ofrecerse como alimento, hasta fundirse con nosotros para transformarnos en Él. Por eso, si no comemos su carne, no podemos tener vida (cf. Jn 6,52). Porque no sabremos ni podremos amar. El amor es un intercambio de las personas en lo más profundo de sí mismas, es una donación, una transformación en el otro. Cristo asume nuestra fragilidad, nuestra miseria, nuestro pecado y se nos da en su entera realidad personal: no sólo lo que tiene, sino lo que es. Así somos Cristo, así somos Iglesia. Eucaristía… acción de gracias. Sí, ¡gracias, Señor! Tú no te has detenido ante mi pobreza ni ante mi gran debilidad, a ti no te desanima mi egoísmo, ni te frenan mis cotidianas traiciones. Me sigues buscando, me sigues amando, vienes a mí como alimento. ¡Qué gran misterio! “Qué tengo yo, que mi amistad procuras...” Señor, dulce Señor, te pido con toda el alma que llenes mi vida con tu amor infinito, con tu amor desbordante. Para que pueda ver, para que me pueda curar, para que llegue a ser de verdad servidor y testigo de tu Evangelio, en la alegría de la fe. Dame, Señor, tu Cuerpo y tendré vida, porque seré amor y sabré amar.
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